Cuál será la doctrina de seguridad a nivel mundial que aplicará la Casa Blanca, ya sea que gane el afroamericano demócrata Barack Obama o el anglosajón republicano John Mc Cain? ¿Esa doctrina estará inmersa nuevamente en guerras prefabricadas que pusieron en seria duda la legitimidad del liderazgo mundial de Estados Unidos, o por el contrario se optará por un liderazgo moral de disuasión y negociación?
Las preguntas no se pueden responder sin previamente hacer una antesala en los efectos del 11-S, a partir del cual Estados Unidos asumió el papel de última barrera de seguridad y de garante de la estabilidad mundial para protegerla contra el terrorismo.
Estados Unidos se gestó como potencia mundial en una época en que era impensable separar soberanía y seguridad nacional. El nuevo orden internacional, aunque globalizado y lleno de perforaciones a la noción de soberanía, no afectó mayormente a la potencia del norte, puesto que su poderío militar y económico, sin rival equivalente, mantuvo la creencia en los estadounidenses de que la soberanía de su nación es un derecho natural y, al mismo tiempo, una consecuencia también natural de su seguridad nacional sin igual y susceptible de defender la primera y reclamar la segunda en cualquier parte del mundo.
No obstante este protagonismo autoimpuesto, la sociedad norteamericana se siente ahora más vulnerable que nunca, puesto que además de haber sido blanco de un ataque en un área urbana, el golpe sicológico que éste provocó no será fácilmente olvidado; fue capitalizado por la actual administración Bush y traducido en una especie de destino manifiesto e imperativo moral: ´Nosotros luchamos contra el mal (guerra en Afganistán e Irak) y prevenimos el mal (probable invasión a Irán, en caso de fracasar las negociaciones sobre el programa nuclear de ese país) en aras de defender la libertad y la democracia en todo el mundo´.
Al sintetizar la posición de conquista y dominio que ejerce la potencia del norte en el mundo, el profesor Zbigniew Brzezinski, comparando el Estados Unidos contemporáneo con la antigua Roma, señaló con gran perspicacia: ´Las potencias mundiales sin rival forman una clase aparte, no aceptan a nadie como igual y están siempre dispuestas a llamar amigos (o amigos populi romani) a sus seguidores leales. Ya no reconocen enemigos, sino simplemente rebeldes terroristas y estados canallas. Ya no luchan: solo castigan. Ya no declaran guerras: sólo crean paz. Y se sienten sinceramente indignadas cuando sus vasallos no actúan como tales´.
El papel de Estados Unidos está relacionado de manera directa con su naturaleza de líder global; no obstante, un liderazgo genuino debería entretejer una red amplia de cooperación internacional vinculante y de respeto a los organismos institucionales (como la Corte Penal Internacional), que se intenta construir a escala global. Dicho respeto rechaza la idea del poder por el poder y, además, garantiza que la noción de seguridad no sea impuesta y sí consensuada con los demás países del mundo.
*Juan Carlos Dueñas M. es abogado constitucionalista.
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