Varios escenarios inauditos nos ha mostrado la vida en democracia en las últimas dos décadas; empero, ninguno tan particular como el presente, donde tenemos un partido de gobierno que asumió la conducción del Estado con un poco más del 53% de los votos en las pasadas elecciones nacionales, el cual sin embargo carece hoy en día de todo tipo de autoridad y credibilidad.
Después de estar acostumbrados a tener gobiernos parchados con acuerdos pactados entre gallos y medianoche, plagados de repartijas de poder a diestra y siniestra, un partido político que superó la mitad más uno de los votos válidos parecía ser un paso adelante en la consolidación de la ahora maltrecha democracia boliviana.
Pero, la realidad demuestra lo contrario. El partido de gobierno ha seguido la fórmula de los acuerdos trasnochados, convirtiéndose en una suerte de basurero de la nunca organizada y eterna secta de aquellos que siempre profesaron el ´de qué se trata para que me oponga´, llegando a formar una megacoalición antes de las elecciones.
¿De qué sirve tener un 53% guardado en la cochera, si al momento de hallarse en la encrucijada de no poder dar rienda suelta a las inalcanzables promesas electorales, se recurre a menos de cinco mil campesinos adormecidos por la hoja de coca y entorpecidos en su ´racionalidad´ por el alcohol y se procede a cercar el Parlamento, la Constituyente y demás escenarios para dar curso a las ilegalidades más descaradas de la era moderna?
Todo este desenfreno político-sindical ve aumentada su irracional conducta por la inutilidad de los partidos opositores, inútiles operadores que se han dejado engañar en más de cinco ocasiones por la falacia llamada ´diálogo y concertación´, mientras que en salones contiguos se aprobaban ilegalidades propias de la desgastada y carente de aprobación dirigencia sindical del siglo pasado.
¿Y si no es el famoso 53% lo que mantiene erguido al Gobierno, entonces qué es? La respuesta está en la apropiación del discurso que hábilmente han desarrollado los operadores de marketing del Gobierno, gritando ´nacionalizashión, cambio, imperio y transnacionales´ a los cuatro vientos; conceptos que por sí solos no tienen mayor valor que el papel en que están impresos.
Contar con recursos ilimitados del imperio venezolano, sumado a la apropiación de un discurso que sirve únicamente con aquellos que no tienen la habilidad de discernir entre la mentira y el engaño al que están siendo sometidos, dan como resultado una fuerza coyuntural sobre la cual apoyarse (...).
No todo lo que brilla es oro; y en política, en nuestro país, las fortalezas suelen ser simples coyunturas que no tienen sustento sólido, en especial aquellas construidas con parches de los restos de partidos desaparecidos y carentes de un discurso acorde a la realidad mundial.
*Alejandro Mariaca A. es administrador de empresas (Fragmento).
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