Pasadito caliente es la forma popular con la que las radios FM se refieren a una música antigua, pero que sigue haciendo bailar a los vetecos en las noches de clásicos en la Gold Discotek o en el Love City. Vuelta y media, el Gobierno nos presenta sus pasaditos calientes en materia de política económica y de desarrollo. Son unos coñichis de ideas de los años 50 camuflados en presentaciones sofisticadas de Power Point, que coquetamente se adornan con una wiphala para darle el tono de new age andino.
Al inicio de la gestión se presentó, con la pompa de rigor, el Plan Nacional de Desarrollo, cuya idea fuerza rezaba en aymara: suma kamaña (vivir bien). A más de dos años de administración, la implementación del Plan corre una dudosa suerte. Ahora, el Vicepresidente ha relanzado un museo de grandes novedades, denominado… redoble de tambores, sicuris a todo pulmón y coro ñustas vírgenes en mi mayor. ¡Chacha chanchan! Estado nacional productor. En la propuesta, el Estado, a través de empresas que van desde el sector petrolero hasta el cartón, comandará la nueva era de felicidad económica del país.
Como es de rigor en un acto de inicio de campaña electoral, se colocó la discusión del tema estatal de manera simplista y maniquea: ahora, por el sólo hecho de su anuncio, la propiedad pública será eficiente y comenzará a dar sus frutos en materia de desarrollo; al contrario de la propiedad privada neoliberal, intrínsecamente dañina y responsable de todos nuestros males.
Esta forma de encarar el tema de las empresas públicas versus privadas cae en el mismo reduccionismo de la ideología del Consenso Washington, que, al revés, sostenía que las empresas capitalizadas funcionarían automáticamente mejor por el sólo hecho de transferirlas a manos privadas. En este último caso era la magia de la mano invisible; en el primero, es el sahumerio de los buenos deseos que producirá el milagro de la producción.
Obviamente, la realidad es otra. La experiencia internacional muestra que para que una empresa, sea privada o pública, genere excedentes y valor para su comunidad, y sea competitiva tanto en el mercado interno como externo, es fundamental el tipo de arreglo institucional que la cobija. Quiere decir que su desempeño no sólo depende del tipo de propiedad, sino de varios elementos adicionales que ahora los describimos: 1) La estructura de mercado en que actúa la empresa. Si opera en un ambiente de competencia, sus resultados serán diferentes al caso de que tenga algún tipo de monopolio, ya sea en la compra de insumos como en la venta de sus productos. 2) El tipo de gobierno corporativo que desarrolle, es decir, cómo está organizada la relación entre los dueños de las empresas (si fuera estatal, todos los bolivianos) y los grupos de interés (consumidores, proveedores, trabajadores, financiadores) que la circundan, y los gerentes de la empresa. 3) El sistema de incentivos y restricciones que enfrentan las empresas, tanto del mercado como de la acción de la política pública (política industrial, impuestos, política de precios, mecanismo de regulación y supervisión). 4) El stock de capital humano con que cuenta el país, y el trato que se brinda a éste dentro de las empresas; de manera más operativa, el peso que se dé al conocimiento técnico versus la influencia política o condición étnica en el manejo de los recursos humanos dentro de la empresa. 5) La tecnología gerencial y organizacional con que cuentan las empresas, su conexión con el sistema universitario. Además, el sistema de promoción interno (meritocracia, concursos), los incentivos a las innovaciones y desarrollo tecnológico, también son muy importantes. 6) Los mecanismos de financiamiento existentes en el mercado para las empresas, desarrollo bancario, recursos públicos, mecanismos bursátiles, para mencionar los más importantes.
Todos los anteriores puntos dependen de un desarrollo institucional complejo tanto para que funcionen las empresas estatales como públicas. Obviamente, para este diseño institucional no hay recetas, depende de propuestas concretas de políticas de desarrollo.
Concentrémonos en el caso de las empresas estatales que ahora renacen y vayamos más allá de la ingenuidad de suponer que por el sólo hecho de ahora pertenecer al Gobierno y estar en manos, dizque, de los parientes de San Francisco de Asís, éstas serán rentables automáticamente. A rigor aún falta responder a muchas preguntas: ¿Cómo se diseñará un sistema de gobierno interno y gerencia que evite la apropiación de las rentas de la empresa estatal por grupos burocráticos y políticos inescrupulosos? ¿Cómo se evitarán las sobrecargas de impuestos o transferencias a las empresas, como en el pasado? ¿De qué manera se establecerán misiones y objetivos coherentes dentro de las empresas? ¿Cómo se resolverá el dilema de que las empresas sean rentables y al mismo tiempo tengan la tentación de hacer política social? ¿De qué manera se atraerá al mejor capital humano del país para trabajar en estas empresas? ¿Cómo se diseñará mecanismos de control y supervisión transparentes para las nuevas empresas estatales? ¿De qué manera se desarrollará un sistema de gobierno corporativo con los controles y supervisiones que nos garanticen a todos los bolivianos que las empresas están siendo manejadas de manera transparente? ¿Cómo se evitará que la empresa se vuelva una piñata de empleos y rentas?
Los pasaditos calientes en materia de desarrollo que el Gobierno nos presenta requieren ir más allá del mero discurso. Más aún, las causas justas que el presidente Morales defiende merecen mejores ideas y propuestas y no así recalentaditos del viejo estatismo.
*Gonzalo Chávez es economista.
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