Desde fines de los 60 y sobre todo desde que en los años 80 se recuperó la democracia, los diversos pueblos originarios de Bolivia han ido recuperando conciencia de su identidad por diversas vías. Los primeros tiempos no fueron fáciles. Tanto en los partidos de derecha como en los de izquierda había mucha susceptibilidad frente a esa dimensión étnica, que rápidamente descalificaban como “racista”, sobre todo con los que adoptaban actitudes más militantes bajo el lema: “como indios nos explotaron, como indios nos alzamos”. Era un lema más anticolonial que racista, pero igual se los condenaba. Puede que haya cierto racismo reactivo también en los de abajo, cuando se alzan. Pero no nos engañemos. El racismo de partida y el más estructural se impone de forma más sistemática desde quienes mantienen mayor poder político y económico.
Esa discriminación aparecía incluso en sectores populares más urbanos. El líder katarista Jenaro Flores, por ejemplo, relata que en sus negociaciones para entrar en la COB observó varias veces que Lechín se dirigía a algún dirigente campesino, le daba dinero y le decía: “Compañero, ¿puedes comprarme cigarrillos?” y el otro sumisamente iba a cumplir ese servicio. Jenaro se dijo: “Nosotros entraremos en la COB, ¡pero no para ir a comprárselos cigarrillos a los mineros!” Pasó un tiempo y en otra reunión Lechín ya le dio dinero a él para que fuera a comprar cigarrillos. Jenaro acercó su pie y le dijo: “¡Cómo no, compañero Lechín! Pero antes, ¿puedes lustrármelo tú mi zapato?”.
Pasados los años llegó la primera cholita al Parlamento, después Víctor Hugo, el primer vicepresidente aymara —que igual debió tragar saliva muchas veces por desplantes y desprecios de sus propios correligionarios— y finalmente, Evo, su gente y sus constituyentes salieron limpiamente elegidos. Esta notable emergencia originaria ha despertado la última mutación de ese virus racista.
Su característica más sorprendente es que, en este nuevo contexto, ya no se camufla ni se las da de científico. Vuelve a parecerse —aunque, por suerte, sólo en algunos sectores— a aquel racismo atávico y sin refinar anterior a 1952. A veces se trata más que nada de la típica violencia e intolerancia verbal o física propia de choques entre grupos sociales exaltados, linchamientos, etc. Pero, por nuestra propia composición étnico social y porque ahora los poderosos de siempre se sienten más amenazados en sus privilegios ante el mayor poder de los hasta hace poco marginados y acallados, se le cuela también con frecuencia una fuerte carga adicional de racismo.
Llama la atención cómo han resurgido con saña formas de racismo que ya parecían enterradas. Lo hemos visto sobre todo en esas juventudes más militarizadas y con toques fascistoides primero en Santa Cruz, después en Cochabamba, que se gloriaba de ser la ciudad más intercultural del país, y sobre todo en Sucre, desde la fase final de la Asamblea Constituyente, en la que se aliaron algunas de “las mejores familias” de esta ciudad y los sectores más reaccionarios de Santa Cruz; allí las más hostigadas fueron las cholitas e indígenas constituyentes. El 24 de mayo dio un paso más en un acto vergonzoso frente a la Casa de la Libertad. 20 días antes en el Plan Tres Mil de Santa Cruz un “collita” sufrió esa terrible paliza colectiva llena de insultos propinada el 4 de mayo por jóvenes cruceñistas que gritaban: “¡Mueran, raza maldita!, ¡pa’ que aprendan que nada tienen que hacer en Santa Cruz!... ¡Son mierda!”.
La mayor exasperación se debe a que ahora convergen y se acoplan demasiadas polarizaciones en una: la de clase: unos mucho más ricos vs. los otros pobres; la geográfica: Santa Cruz vs. La Paz, Sucre vs. La Paz, la ciudad contra el campo; la política, entre gobierno y oposición, que quiere dar otra vuelta a la tortilla… Entonces el condimento racista que se le añade —entre collas y cambas, indígenas y blancos (que ahora se dicen casi todos “mestizos”)— ni se mimetiza. Aparece en toda su crudeza. ¿Cultivamos embriones de Ku Kux Klan?
La convivencia intercultural es un valioso tesoro que íbamos depositando en una frágil vasija de barro. Ya casi se quebró. ¡Urge repararla y fortalecerla entre todos!
*Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.
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