El mito cuenta que el dios Apolo le concedió a Casandra el don de la profecía a cambio de su amor. Como ella no le correspondió, Apolo la castigó añadiendo al don que le acababa de conceder la maldición de que nadie le creería. De este modo, Casandra quedó encerrada en un círculo de locura, ya que era capaz de predecir los acontecimientos, pero sus augurios, como animales oscuros atravesando la noche, no eran vistos, reconocidos ni temidos por los troyanos.
Casandra, bella y oscura, era hija de Hécuba y Príamo, reyes de Troya; y hermana de París, quien se robó (de forma consentida) a Helena, lo que produjo la guerra entre Troya y Grecia. A la pobre Casandra, maldecida por el dios de quien era sacerdotisa, nadie le creía, quizá, en verdad, porque sólo predecía desastres, pero, ¿acaso anunciar la felicidad tiene buena prensa? Y su nombre quedó asociado al dolor y la impotencia. Dicen que en griego Casandra quiere decir ´la que enreda a los hombres´.
Desde hace varias semanas, en este periódico, diversos columnistas están tratando de expresar la preocupación de ciertos sectores de la ciudadanía respecto a la incertidumbre de nuestro inmediato futuro como país unitario y como apuesta por el sistema democrático. Por compasión con las y los lectores no voy a repetir los inagotables argumentos que se están esgrimiendo, pero recordemos que van desde listados de acción política para enmendar la vorágine de desinstitucionalización en la que estamos inmersos, hasta propuestas de cómo votar en los referendos que sobrevienen.
En estos nuestros propios tiempos del cólera es frecuente escuchar que las demandas por reconocimiento a la diversidad étnica y la inclusión es la carne del Caballo de Troya a la boliviana. Desde otro lado de la acción y las opiniones, también se escucha que los fracasos de la gestión de gobierno son un invento de la oligarquía, la oposición y el imperio.
Entonces, resulta que esa ciudadanía a la que se está apelando para que vote —premio o castigo— en los próximos, sucesivos y aparentemente interminables torneos electorales, es tan poco apreciada en su raciocinio y capacidades de informarse, entender y decidir, que se le puede vender cualquier obelisco. De hecho, las probables campañas electorales de nuestro futuro inmediato parecen la receta con que los contendores pretenden sustituir la responsabilidad de manejo del Estado y una necesaria concertación política.
¿Qué nos está pasando para que los buenos consejos, las recetas componedoras y las invitaciones al diálogo se descalifiquen tildándolos de ingenuidad y, por lo tanto, comprobada ineficacia política y augurios inconsistentes? Una especie de voz de Casandra, pero al revés, y en el mismo tono maldecido; es decir, hablando con palabras que, de cualquier forma, se va a llevar el viento.
Con todo, y ya puestos y dispuestos a convivir alucinadamente entre los mitos y sus personajes, sigo prefiriendo que intentemos dirimir nuestras históricas disputas voto a voto y no a golpes y chicotazos. Así es que bienvenidas las campañas, aunque nos quedemos sin gestión de gobierno.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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