Quedarse con la boca abierta; es lo menos que se puede hacer después de lo ocurrido con la Policía el lunes 9. Vulnerar la institucionalidad al punto máximo de manejar a la institución del orden con el más absoluto desorden, orillándola al nivel de los caprichos y los amarres políticos es la esencia del título.
Cuando se observan las imágenes de lo ocurrido en la embajada estadounidense, donde la Policía resistió estoicamente los golpes, piedras, palos, petardos y hasta gases lacrimógenos por parte de algunos de los marchistas más radicales afines al MAS, que buscaban la toma física de la legación diplomática molestos por el asilo político para Sánchez Berzaín, sin conocer que desde la Cancillería boliviana se hizo muy poco en este tema, la sorpresa ataca de inmediato. Y más al escuchar, casi en simultáneo, al Ministro de Gobierno criticando a los muchachos verde olivo, por su incapacidad de prevención y su agilidad de represión. ¿Cuánto más debió entonces esperar la Policía?, ¿debió dejar que se procediera a la toma de la embajada?, ¿mirar para otro lado y dejar que la euforia nos trajera un conflicto de Estado a Estado?, ¿dónde estaba el Viceministro de Coordinación con los Movimientos Sociales? Son algunas de las preguntas que me hago tratando de meterme también en la cabeza del jefe policial Víctor Hugo Escóbar, destituido por actuar en el marco de las leyes y la CPE y, claro, por haber osado reprimir a los compañeros del MAS.
En un Estado tan debilitado como el nuestro, las instituciones son las primeras víctimas del manoseo y del manejo caprichoso. Esto suena extraño cuando entendemos que el Gobierno debería ser el primero en recomponer esta anomalía sin tratar de sacarle ventaja. Me volvieron a la mente las acciones de la ministra Alicia Muñoz, que decapitó al Comando de Cochabamba en el 2007 por haber defendido la Prefectura de la furia promocionada de los cocaleros contra Manfred.
Más allá de la sorna y la ironía con la que se puede calificar esta forma tan peculiar de manejar el país, llevando adelante las distinciones odiosas a las que ya estamos acostumbrados, entre los masistas y los no masistas, entre los que piensan diferente al presidente Morales y los que le dicen Sí a todo, por un acto de grandeza sería bueno ir pensando en respetar nuestras instituciones. Cuando una autoridad desconoce los méritos dentro de la carrera y asegura que no basta con ser primero del curso para ocupar cargos de importancia constatamos, con gran pena, que el otro requisito había sido en la Bolivia moderna y actual el practicar las genuflexiones propias de los llunkus.
Respeto, reconocimiento, valores, institucionalidad, apego a la ley, trabajo responsable, forman parte del cotillón de esta chacota institucional en la que vivimos y cuya invitación —que se reserva el derecho de admisión— es la de ser compañero del MAS o de los movimientos sociales. Nuevamente le pido a ´Mi Presidente´ que ponga orden, por el bien de los bolivianos, que aún —lo digo con más esperanza que argumentos— estamos a tiempo.
*Jorge Tejerina E. es periodista y abogado.
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