Hoy me refiero a la seguridad desde el punto de vista de un ciudadano. No de a pie, gracias a Dios, porque quizá al cruzar un puente o una avenida arriesgaría la compañía de alguna pandilla de cleferos queriendo llenarse el buche con un desayuno, amén de un pote comunitario de inhalante, a costa de mi billetera. Tampoco vayan a creer que ir al centro en vehículo da inmunidad. ¿Cuánto aumenta la bilis al confiar un último modelo al cuidador confabulado con venteros de cosas robadas? Cuando el infeliz dueño vuelve adonde está su 4 x 4, ya le habrán sacado el cerebro electrónico, un ojo biónico y un equipo estereofónico, que no pagará el seguro.
Mi experiencia sobre la seguridad ciudadana en locales públicos viene de haber abusado durante años del privilegio varonil del viernes de soltero. Luego siguieron otros en que alimenté sueños de pequeño industrial en algún bar, rumiando mis pocos triunfos y muchos fracasos con otros solitarios. Prefería la compañía de mi médico de cabecera de bar. Charlar con un gringo en la ilusa tarea de mejorar la economía del ´pobrecito´ cocalero chapareño con la exportación de bananos a la Argentina; se marchó a Afganistán a convencer que sembrar trigo era más lucrativo que contrabandear leche de bulbos de amapola. Alguna vez fui testigo de reyertas, de esas en que Mongo le dio a Burundanga, Burundanga le dio a Bernabé, como cantaba Celia Cruz. Evoco la folía de uno al que se le dio por sentarse en mesa rinconera, en compañía de una fragata cuyo babor, estribor, proa y popa desguazábamos como avezados marinos; al año recaló en el bar lamentando un proceso de reconocimiento judicial de paternidad.
Afuera la rueda de la vida rodaba cada vez más delirante. Porque el fenómeno de los tiempos ha sido un acelerado proceso de migración interna, que en pocos años ha convertido un país rural de economía de subsistencia, en uno mayoritariamente urbano donde los anillos de villas, que otros países llaman callampas, favelas o barriadas, ponen sitio a gobiernos municipales inermes de atender las necesidades de infraestructura.
La inseguridad ciudadana tardó en llegar, pero llegó, sin que el hecho de que ocurriera 40 años antes en Lima o Caracas hubiese inspirado previsión en nuestros obtusos gobernantes. Cuatro décadas pasaron desde una visita a Bogotá, donde paseaba por la Carrera 9 en compañía de una colega, cuando fui testigo de un mozo cortando la correa para robar la máquina fotográfica a un turista. Quijote boliviano que soy, quise intervenir. Aún duele el pellizco con que mi amiga me disuadió, alertándome de que habría otro maleante, cuyo rol sería cortarme la cara por metiche, con una navajilla de afeitar que llevaba entre los dedos.
Treinta y cinco años después, mi hija mayor había retornado de la docta y hermosa Salamanca, en España. Iba camino a un café con servicio de WiFi que le permitiría acceder a la biblioteca de su universidad desde el Prado cochabambino. Desde un taxi blanco, emblemático hoy de sinnúmero de asaltos, le jalaron la computadora portátil. Como la tenía en bandolera no la pudieron arrebatar, pero rompieron su pantalla y rasmillaron a la estudiosa arrastrándola veinte metros por la bandeja central de la avenida, hasta que un viandante la socorrió. Eran las cuatro de la tarde.
El sociólogo francés Durkheim estudió la base de la estabilidad social: los valores compartidos por una sociedad. Estos valores que conforman la conciencia colectiva son los vínculos de cohesión que mantienen el orden social. La desaparición o el debilitamiento de ellos conducen a una pérdida de estabilidad social o anomia y a la ansiedad e insatisfacción en los individuos. Bolivia transita por un período de anomia social y la inseguridad ciudadana es uno de sus rasgos.
Si bien el rápido proceso de urbanización tiene mucho que ver al agravar necesidades insatisfechas de la gente, el sentido original de anomia es el griego ´sin ley´. Por tanto, la permisividad es una de sus características.
No es sólo cosa de viejos recordar que en otros tiempos los bailes empezaban al caer la noche y terminaban al toque de las doce. No se llegaba al extremo de la ebriedad que hace posible que ´pildoritas´ aderecen los tragos para bolsiquear al borracho. Si los locales nocturnos cerraran a las dos de la mañana, ¿hubiese ocurrido la insulsa muerte de una joven que revoloteaba la noche, cuando le perforó el cerebro la bala perdida de un pandillero imitador de alienaciones de otros países? Dan risa los agentes municipales en las chicherías, donde en la mañana siguen los beodos obcecados en poner fin al stock de brebaje adulterado. ¿Por qué no proveerles hachas, para que cual los Intocables de los años 20 en Estados Unidos, aparte de vaciar la chicha rompan los toneles de madera y las abrazaderas de metal?
No se puede meter a la chirola, o como yo deseara, restituir el cepo colonial en las plazas públicas, para escarnio de borrachos y pegadores de mujeres, pero por lo menos fijen límites horarios más seguros. Los niñitos de papá no incurrirían en desmanes, con norma municipal clara y contundente, cuyo estricto cumplimiento mediante un proceso de concienciación, aliase a los medios de comunicación que no deben quedar al margen, a instituciones del orden que se hagan respetar, y a padres de familia que no confundan el amor paternal con tolerancia socapadora.
Puntualizo que la inseguridad ciudadana desencadena procesos de desconcentración administrativa, antesala de autonomías regionales. La seguridad ciudadana debería ser cosa del municipio, no de una Policía Nacional que tiene tareas más urgentes. Pero ante la magnitud del fenómeno, restriego en mi cara un manojo de sardonia: por fuera río con escepticismo, mientras la ansiedad me corroe por dentro.
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