Amalia Pando, que en los años 90 fue la reportera estrella de la televisión boliviana, temida y admirada por todos, ha dejado de ser la periodista incisiva de antes. Al menos, esa es la impresión que me dio cuando la semana pasada cabildeó con el Embajador de Cuba, personaje al que se le pueden hacer muchas preguntas, precisamente por los cambios que tienen lugar en la isla, pero no. Lo que se transmitió fue más bien un coloquio zalamero, tan empalagoso que en un momento creí que la fierecilla había sido domada y que terminaría sentada en las rodillas del diplomático caribeño.
Pero el miércoles pasado me he topado una vez más con una Amalia agresiva y tajante, sólo que la he escuchado recordar los terribles sucesos de enero del 2007 de una manera no sólo desaprensiva, sino totalmente deshonesta: Ha dicho que luego de cuatro días en que los racistas y terroristas cochabambinos golpearon con sus bates de béisbol y sus palos de golf a los indios, rompiéndoles las cabezas, éstos habrían reaccionado y dado una feroz muerte a un joven perteneciente al grupo de los abusivos.
Ha mencionado este terrible hecho —que avergüenza y enluta a todos los bolivianos— para ilustrar sobre lo que podría pasar si el pueblo, ese pueblo que ama a Evo por sobre todos las cosas, reaccionara ante los constantes desaires que Su Excelencia recibe y que, según ella, tan estoicamente tolera por el bien del país. ¿Se ha dado cuenta, Amalia, de que ese tipo de apreciaciones son incitaciones a la violencia?
La semana anterior a la frustrada toma de la embajada estadounidense, Amalia hizo también una sui géneris interpretación respecto al informe que el embajador Greenlee habría enviado a Washington sobre los sucesos de octubre del 2003. El informe indicaba que se habían dado casos de autoeliminación (no debemos olvidar que la primera víctima alteña se voló a sí misma con dinamita, y hubo luego un grupo de ´heroicos´ ciudadanos que, robando gasolina, perdieron la vida porque un cretino prendió fuego en las inmediaciones de la estación de servicio saqueada), pero Amalia dio a entender a su audiencia que el informe minimizaba el asunto de los muertos al extremo de sugerir que se había dado un suicidio masivo.
Lo que me preocupa es que Amalia, que es una voz de alto vuelo, entre cada noche en las salas y en los dormitorios de miles de bolivianos, y se quede por casi dos horas sembrando odio con falacias o, peor aún, con medias verdades. No es la única, pero es la más prominente; y, dicho sea de paso, no está ayudando al mentado cambio. Y es que ningún proceso será más sostenible si se da con violencia y si está fundado en mentiras. Me pregunto: ¿dormirá Amalia tranquila?
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O sea, dicen unos cuates que el Gobierno está pensando implementar un Juancito Pinto II para los jóvenes. ¿Qué onda es esa, men? Es pues, una lana extra para la muchachada.
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