Paradójicamente, uno de los temas centrales del debate nacional de hoy es la cuestión racial. Precisamente cuando Bolivia tiene al primer Presidente que representa lo indígena de manera legítima (aunque no puedo menos que recordar al presidente Andrés Santa Cruz y subrayar que fue hijo de la cacica aymara Juana Basilia Calahumana y repudiado por los aristócratas limeños con el mote de ´cholo jetón´), el país ha exacerbado hasta grados intolerables su racismo. ¿Por qué?
En primer lugar porque Morales hizo exactamente lo contrario de lo que debía, asesorado por los ideólogos de un indigenismo del que nunca fue parte. Su identificación individual, comenzando por su apellido, es la de un mestizo que no habla ni aymara ni quechua, productor de coca, sindicalista y chapareño de alma y corazón, por mucho que su nacimiento se haya producido en un pequeño cantón orureño. Pero a despecho de esa realidad, desde el 22 de enero de 2006 no se cansa de hablar de la cultura portadora de los valores positivos, la indígena y la de los valores negativos, la ´cultura de la muerte´ como alguna vez calificó el canciller Choquehuanca a la cultura occidental. Habló del ´ahora nos toca a nosotros´, contra los quinientos años de opresión, quinientos años de gobierno indígena. Sazonó sus discursos con medias verdades o mentiras flagrantes sobre el pasado colonial que caricaturiza un momento dramático sin duda, pero en el que se gestó esta nación como territorio, población y horizonte.
Morales olvidó la fórmula mágica. Tender las manos, bien asentado en el pasado, pisando el presente, pero sobre todo construyendo el futuro con la premisa de unir los esfuerzos de indios, mestizos y blancos para lograr un mejor país. Algunos de sus ideólogos plantearon equivocadamente la idea de que la afirmación de la diferencia sólo era posible negando nuestro pasado occidental-mestizo y basando el andamiaje del nuevo Estado en las culturas e identidades apoyadas en la construcción artificial de 37 naciones, haciendo desaparecer por añadidura a la nación boliviana como entidad reconocida por la Constitución Política del MAS (Copolma).
Comencemos por recordar las cifras del censo del 2001 referidas a la ´autoidentificación con pueblos originarios o indígenas´ por parte de los bolivianos. De acuerdo con esas cifras, el 37,95% de la población no nos identificamos con ningún pueblo originario o indígena, el 55,94% se identifican como aymaras o quechuas. Las 35 ´naciones´ restantes reconocidas por la Copolma suman entre todas el 6,10% de la población y más de la mitad de ellas no suman 5.000 miembros cada una. Mientras el 38% de los bolivianos habitamos un territorio conformado por 37 naciones con las que no nos identificamos, el 6% tiene nombre, apellido —identidad en suma— y territorio en el espacio geográfico denominado de modo abstracto como Bolivia. Es un sinsentido, pero no el único.
Si la idea era la inclusión, la equidad y la igualdad de derechos y deberes, el ´plus´ que se les da en varios artículos a lo que la Copolma llama ´originario-indígena-campesinos´, rompe una idea básica, que es la construcción de igualdad con base a lo que Félix Patzi propone correctamente como la construcción de igualdad de oportunidades, ruptura de tabús étnicos y un proceso de alta movilidad social, pero que no se resuelve con una lógica de ´acción positiva´ válida para leyes concretas, pero no para la Ley de Leyes, en la que incluir el elemento racial, disfrazado de etnicismo culturalista, nos retrotrae a una lógica superada irreversiblemente en lo conceptual por el holocausto de la Segunda Guerra Mundial y la declaración universal de los derechos humanos. A veces es bueno recordar que por encima de todo, somos seres humanos.
Pero lo que Morales ha logrado sacar a la superficie es la caldera en ebullición que la Revolución del 52 había logrado tapar y que el aprendiz de brujo destapó sin medir consecuencias. La revancha histórica no es la mejor receta, ya nos lo enseñó Mandela. Los demonios del racismo han vuelto a habitar sin rubor nuestras calles y hemos sentido un profundo estremecimiento al descubrir almas y espíritus tan cargados de prejuicios, desprecio, actitud violenta, prepotente y de superioridad racial (que se acabaría en el minuto en el que esos ´blancos´ de cartón se mirasen al espejo) con acciones que nos degradan no sólo a quienes las practican, sino a todos. El Presidente, a su vez, impulsa los viejos odios y rencores. Las humillaciones seculares se responden hoy con amenazas y acciones de cerco a ciudades y más división entre unos y otros.
El hombre llamado a cerrar las heridas de la historia, prefirió meter el cuchillo en ellas con las consecuencias que estamos viviendo.
No nos engañemos, Evo no inventó el racismo, impulsó a los bolivianos a expresarlo brutalmente. Evo debió desterrarlo comenzando por él mismo. Parece que el Presidente no sabe lo que es abrir las manos, siempre tiene el puño cerrado listo para la pelea y parece que nadie le ha dicho que su cantaleta de que se lo crítica porque es indio, de que se lo quiere tumbar porque es indio, es ya una muletilla vacía de contenidos. Morales será considerado un buen Presidente o un mal Presidente por lo bien o por lo mal que lo haya hecho al concluir su mandato, no por su color.
Es hora de esclarecimientos. Debemos respetar e impulsar las culturas de los 37 pueblos indígenas (no naciones), debemos respetar e impulsar la cultura occidental y debemos aceptar sin complejos y con orgullo tener una cultura mestiza, que no es retroceder al 52, porque hoy la idea de lo mestizo está enriquecida y abarca el respeto a la diferencia, a la diversidad, a las múltiples culturas y múltiples identidades, como las que permiten, por ejemplo, que en la toma de nombre de una promoción de un colegio fiscal en El Alto, las jovencitas vistan tacones altos y traje sastre y no pollera, que es la vestimenta que usan sus madres, y que la música de ingreso de cada bachiller al acto vaya acompañada con los acordes de la banda sonora de la película Titanic.
*Carlos D. Mesa G. es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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