El segundo Choquehuanka fue el mismo y fue otro. También era un sabio querido y venerado por los suyos. El primero fue un sabio para su gente, conoció en profundidad las tradiciones de su pueblo y el alma de occidente. Gustó de la lectura a la cual dedicaba largas horas en la noche, descifrando legajos envejecidos, puestos sobre una mesa de tablones burdos, escondido en un rústico cuartucho. Ordenaba metódicamente los libros en hileras dispuestos con cuidado. Su favorito era un cartón repleto de signos raros y caprichosos, de múltiples colores.
Todos a su alrededor le guardaban consideración por sus consejos y su sabiduría. Su ascendiente provenía no de su edad; nadie sabía con exactitud cuál era, bordeaba los 90 años, aunque se mantenía erguido y lúcido. Tampoco de echar la suerte o hacer conjuros, mas algunos lo tomaban por brujo. Si bien él, tenía esas artes por inútiles. En una ocasión reprochó con afecto y respeto a una persona que las practicaba diciéndole: es en vano que las haces. He visto al patrón pisotear y deshacer tus hechizos con su caballo. Sus advertencias y predicciones se apoyaban en la experiencia y la lectura; solían cumplirse, acrecentando su fama.
Jamás renegó de su identidad ni de su cultura, pero eso no significó casarse con un pesado legado de supersticiones o creencias mágicas. No se aventuraba a hacer profecías mesiánicas que pudiesen dotar de plan y sentido a la vida de sus coterráneos, desprovista de casi todo. Daba mayor confianza a la educación y a la responsabilidad. Aquellas anticipaciones venían de una existencia larga, recorrida y traqueteada, así como de los rudimentos de las ciencias contenidos en sus libros. Algunos resentían su proximidad espiritual con los blancos. Mas en toda ocasión buscó atenuar los excesos de la dominación de éstos sobre su raza.
El rostro surcado de arrugas, con una mirada tranquila y cansada, quizá escondía la tirantez que dividía su corazón entre la valoración de la dignidad del hombre, su apego a la justicia y la opresión abusiva, cruel, que sufría su gente, aunque estaba convencido de que cambiaría con el tiempo.
Dejarían de ser siervos para convertirse en pares de sus amos.
Pero en el momento de la prueba mayor, su mundo saltó en pedazos cuando la perversidad, la lujuria de los patrones fue más allá de todo límite. Asesinaron a la bella Wuata Wara, su protegida. Dudó de la ´Voluntad Soberana que debería ocuparse del sufrimiento y tribulaciones del hombre´. Había que castigar el mal. Ahí la acción de los dioses le pareció distante y la educación, que apreciaba, casi fútil.
Su discurso tomó acentos darwinistas. Había que matar para sobrevivir, así como la naturaleza mata a los impotentes y los débiles, y se plegó al pedido de castigar con la muerte a los culpables, no sin una intensa rasgadura interna. Lloró y sintió su alma destrozada por la determinación.
El segundo Choquehuanka fue el mismo y fue otro. También era un sabio querido y venerado por los suyos. Se había ganado ese cariño por la generosidad con la que les aconsejaba y apoyaba. No fue más un lector. No supo leer ni escribir, y hasta desconfió del valor de tales habilidades, sobre todo porque quienes las aprendían renegaban de su pueblo y hasta se servían de ellas para explotarlo. Su renombre se forjó en la experiencia de toda una vida. Tampoco se dejó enredar en las especulaciones cosmogónicas de su entorno, que después tentaron a muchos de los de su estirpe. Al igual que su antecesor, trató de atemperar la condición de sus coterráneos, inclusive violentando su ánimo conciliador y sus ideales.
Cuando llegó la noticia del crimen de los patrones, comprendió la incontenible sed de venganza de los peones por el asesinato de Wuata Wara, casada y preñada de Agiale, un mozo de la hacienda, garrido y valiente. Pero, a diferencia de su predecesor, puso con su alocución a la comunidad, desbordante de odio y rabia, frente a la responsabilidad de sus actos. El perfeccionamiento de su arenga radicó en forzar una decisión autónoma entre vivir mañana libres o quedar como esclavos porque tienen bienes e hijos que cuidar, en la urgencia de la elección y las consecuencias. Esa era la función del mentor. Ahí estuvo el drama de esos personajes de A. Arguedas, como ya se dio cuenta el lector, reelaborados de Wuata Wara a Raza de bronce en más de 20 años.
Por eso parece extraño el juicio de Vargas Llosa, afirmando que aquellos son de museo porque expresan mecánicamente la fuerza de la naturaleza o de la cultura, sin embargo, no fueron así. Los desgarres y sufrimientos como la sabiduría, resultado de las tensiones entre la fusión y el distanciamiento con su gente y del conocimiento de los otros, los hicieron profundamente humanos. Padecieron por su libertad y dignidad, a pesar de la dura condición de servidumbre que llevaban. Creyeron en el futuro más que en el pasado, que no lo negaron, o en la determinación de la raza y la tierra. Tal vez estaban en avance sobre la época, como entrevió el autor.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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