Los presidentes sudamericanos vuelven a encontrarse este lunes en la ciudad de Tucumán para la cumbre semestral del Mercosur. Es una buena oportunidad para debatir todos los problemas del bloque y evitar que los principios que inspiraron su creación sean olvidados.
Brasil y Argentina descubrieron a mediados de los años 80 que la integración podría permitir dar saltos cualitativos y que coordinando políticas económicas se podrían evitar los perjuicios del pasado. Se pensaba entonces que asumir posiciones políticas conjuntas habilitaría a la región como un interlocutor a ser tomado en cuenta en otras regiones y países. La tradicional rivalidad sólo perpetuaría el atraso.
Esa idea llegó a estimular no sólo grandes negocios en los primeros años sino también la idea de contar en la región con un marco jurídico común, con sistemas educativos más parecidos, con estrechos vínculos institucionales y, en algún momento, con una moneda común.
Pero últimamente no se habla de nada de eso y en cada país la prensa ya manifiesta un cierto desaliento no sólo con el Mercosur sino con las frecuentes cumbres al comprobar que las expectativas no se cumplen y que se gasta mucho tiempo y dinero en discusiones interminables y sin consecuencias prácticas. Los nacionalismos han ocupado el espacio de la integración en los últimos años.
Es natural que la prensa exprese ese malestar cuando hay una distancia cada vez mayor entre los gestos y las realidades. Si las diferencias entre presidentes son tan grandes, tal vez no sea lo más indicado tomarse una foto unidos y de manos dadas.
Entre los fracasos del bloque se destaca la incapacidad de concluir acuerdos de libre comercio con las dos regiones de destino tradicional de sus exportaciones: la Unión Europea y Estados Unidos, pero también en la fantasía que se convirtió la unión aduanera o la
coordinación de políticas macroeconómicas. Claro, es difícil llevar adelante esa tarea cuando unos quieren avanzar hacia la economía estatizada y otros creen en la economía de mercado.
La realidad es que la región está sufriendo los efectos de la falta de inversiones. Argentina es el caso más evidente, pues hace una década se esperaba que el gas argentino llegase para abastecer Brasil, y ahora, con precios congelados, el país se ve en la necesidad de importarlo. Por la misma razón, el gas boliviano no atiende ni a la mitad de la demanda regional.
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