Como es de dominio público, la inflación general a mayo del año que transcurre, demasiado rápido en mi humilde opinión, ha llegado a 7,49% y, lo que es más preocupante, el aumento de precios acumulado está en 16,8%. Este resultado se obtiene midiendo la inflación de mayo del año pasado a mayo del 2008. Son datos oficiales, por si aca. Si usted cree que las malas noticias acaban aquí, tiene dos alternativas. Una es agarrarse de su silla y, si está en su cama, adoptar la posición fetal; o más bien puede parar de leer esta columna, en este instante. Después no se queje que no le advertí.
Para los que optaron por el camino tortuoso de seguir en mi compañía, cabe informarles, con hondo penar, como dice el vals peruano, que la inflación de alimentos en los últimos 12 meses llegó al 30%. Esta es la razón por la que usted, a pesar de la intensa y cara propaganda del Gobierno, tiene mucho mes al final del salario. O puesto a la moda del new age andino, alguien se comió el chuño puti de su apthapi.
Existen varias explicaciones del fenómeno. Desde el árbol del poder se opta por revivir un viejo adagio colonial, a manera de consuelo: “mal de muchos, consuelo de tontos”. En otras palabras, se nos dice que la inflación es resultado de un aumento generalizado de precios en el mundo, por lo tanto, este asuntito de que los precios de los alimentos van por el ascensor en tanto los salarios van por las gradas, es algo que está ocurriendo en Burundi, Estados Unidos y aquí. Somos víctimas de la globalización. Así que, compañeros, pecho de bronce a estribor y una cucharadita de resignol, el remedio clásico de los bolis: una mezcla de resignación con autogol. Pero frente a la explicación de la conspiración externa, un(a) amo(a) de casa se preguntará qué tiene que ver el poto con el pantalón. Independiente de su origen, la inflación de 30% al año se viene comiendo nuestros salarios en los mercados. Alguien dirá, repleto de razón: “De qué me sirve saber si la inflación viene de Asia o es made in Bolivia. Lo que importa es que mi salario real ha bajado y por lo tanto, mi bienestar familiar”. En efecto, aquellos que tienen un haber de Bs 1.000 al mes y que destinan un 70% de su ingreso a la compra de alimentos, la inflación ya les ha birlado 210 bolivianos. Ahora, a otras personas que destinan sólo el 50% de su sueldo a alimentos, entonces el impacto es de 150 bolivianos menos. En el índice de precios al consumidor (IPC) recién modificado por el Gobierno, el peso de los alimentos es de 39%. Si usted es de las personas que gasta este porcentaje de plata en el morfe diario, lamento informarle que la susodicha inflación ya se comió 120 pesos. Esta es la verdad de la milanesa. El resto es puro cuello oficialista.
Ahora, alguien podría echar el grito al cielo y decir: ¿por qué el INE ha bajado el precio de la ponderación de alimentos que en el anterior IPC era del 49%? Si uno parte del supuesto que no hay felino encerrado, esto podría significar que hubo una mejora en la calidad de vida de los bolivianos, desde 1990. Justo en el periodo neoliberal. Cabe recordar que la encuesta de hogares, para calcular el nuevo IPC, se la aplicó el 2003, dos años antes de que llegue el paraíso económico que nuestro Vicepresidente pregona.
Por lo tanto, estamos frente a un dilema difícil. O aceptamos que hubo una mejora en los ingresos de las personas en los años 90, porque según este índice la gente destina menos de sus ingresos al consumo de alimentos y les sobran recursos para celulares, heladeras y otros bienes durables, o admitimos que en la revisión del IPC hubo una manito negra medio revolucionaria. O, como se dice en la jerga de los estadísticos, se cocinaron los datos de alimentos.
Pero volvamos a los hechos duros y concretos. La inflación acumulada de alimentos al mes de mayo del 2008 es un pesado fardo sobre los más pobres en Bolivia. Y las políticas antiinflacionarias del Gobierno no han funcionado. Punto; o si quiere, punto caramelo, para dorar un poco la píldora. Huelga recordar que el oficialismo, en el corto plazo y para el caso de los alimentos, optó por acciones policiacas para controlar los precios, se puso a perseguir a las gallinas, cebollas, garrafas, chuños y soya. Congeló precios, puso cartelitos y prohibió exportaciones. Todo con mucho entusiasmo pero con falso afán, como lo demuestra el propio índice de inflación de alimentos acumulada que llega al tre-in-ta por ci-en-to. Alguien dirá: pero pudo ser peor. ¡Ufa! ¿qué alivio, no?
En la semana que termina, el Gobierno anuncia, orgulloso, los primeros resultados de su política de oferta de largo plazo para atacar la inflación de alimentos. Gran esperanza y expectativa. La Empresa de Apoyo a la Producción de Alimentos (Emapa) comercializará arroz a bajo precio. Los granos habrían sido recolectados de pequeños productores y procesados en el ingenio de la empresa estatal. Bueno, esperemos que esta política pública tenga mejor suerte que las medidas antiinflacionarias de corto plazo, que no funcionaron. Mientras, rezamos al San Expedito, el santo de los trámites, para que esta venta de arroz no genere burocracia, ocultamiento y corrupción, como en el caso de la harina importada. Además, cabe preguntarnos: ¿cómo se amplió la frontera de producción? ¿Se promovieron mejoras tecnológicas? ¿Y cuáles fueron? ¿Por qué sistema de riego se adoptó? ¿Cómo se financió esta producción? ¿Hubo subsidios? En caso afirmativo, ¿a quién se está ayudando? Todas estas interrogantes son relevantes para ver cuán sostenible es esta producción de arroz, y no vaya a ser otra acción gubernamental que gasta más dinero en propaganda que en la producción. Mientas tanto, sigo preguntándome: ¿Quién se comió el chuño puti de nuestro apthapi?
Contratos de mentiritas
El ministro de Hidrocarburos, Carlos Villegas, cometió un acto de coraje político. Sacrificó su prestigio personal para explicar por qué el gobierno boliviano firmó contratos para vender algo que no tenía.
Desperdicio de oportunidades
Pocas veces Bolivia se ha enfrentado con una serie de circunstancias más propicias para una explosión violenta entre los ciudadanos. Amigos que se enemistan, parientes que se distancian. La prensa independiente viene sonando llamados de alarma.
Camino a la violencia
La irresponsabilidad de la oposición y la insensatez del Gobierno están llevando al país a una situación de inminente violencia colectiva con impensables consecuencias para el futuro de los bolivianos.
Jesuitas hoy
Me toca escribir esta columna en plena asamblea de reflexión de jesuitas de Bolivia sobre el sentido de nuestra misión hoy aquí, dentro de la formulación actualizada que de ella ya se hizo a nivel mundial, a principios de este año.
Contar cuentos
Gracias a su inventiva prodigiosa y a sus sutiles artes de contadora de cuentos, Sherezada salva su cabeza de la cimitarra del verdugo. Arreglándoselas cada noche para tener a su esposo y señor, el rey Sahrigar, fascinado por sus historias, e interrumpiendo su relato cada amanecer en un momento particularmente hechicero de la intriga,