Llegó de Francia en 1966, a los 26 años de edad. El cine de Ukamau, al que se unió como fotógrafa, le fue abriendo el corazón hacia un país que hizo suyo a través de la imagen y de los cuerpos escultóricos.
Texto: Mabel Franco Fotos: Andrés Rojas Archivo La Razón
Danielle Caillet decía en una entrevista de los años 70, sobre la batalla de las mujeres por lograr la igualdad, que en Bolivia había un escenario distinto respecto a una competitiva Europa. Ella, francesa casada con un boliviano —Antonio Eguino—, tenía en ese momento la convicción de que ´la lucha de sexo es un lujo que se pueden dar las mujeres en los países industrializados´; pero que en Bolivia ´es preciso que mujeres y hombres se integren en una lucha común contra el analfabetismo, la enfermedad y la dependencia´. Presentaba así su documental Warmi (1978), una película que ella calificaba como femenina, no feminista.
Ya en los años 80 y 90, la mirada de la videasta y cineasta fue matizándose y hasta definiéndose por eso que, más allá de los rótulos, es un alegato por las mujeres en una sociedad que ella percibió como negadora de sus potencialidades. Así lo hizo saber Caillet en un encuentro al que las videastas convocaron en el Goethe-Institut, en 1991, para compartir preocupaciones sobre su trabajo en Bolivia.
Este cambio es evidente cuando se aprecian los videos que hizo en las últimas décadas de su vida. Uno de ellos, Nacer hombre, poema visual sobre la obra homónima de Adela Zamudio.
Sobre este proceso es posible debatir a raíz de una exposición de homenaje a su memoria, montada por la familia Eguino Caillet y Espacio Patiño que de La Paz —dosde estuvo las últimas semanas— se irá a Cochabamba (2 al 20 de julio) y de allí a Santa Cruz de la Sierra (29 de julio al 15 de agosto).
Esa conciencia de mujer, de artista, no negó lo que para Caillet era muy importante: la familia, la amistad, el grupo. Esto resulta evidente en su obra escultórica, parte central de la muestra itinerante, donde las series dedicadas a la familia, a la pareja o a los ´cumpas´ hablan de ese valor fundamental: la solidaridad, la comunidad.
Una artista boliviana
Danielle Caillet nació en Romans-sur-Isére (Francia), pero ´Bolivia fue mi cuna artística, en mi paso por los Andes´. Una cuna a la que llegó con 26 años y que la vio crecer durante 33, hasta su fallecimiento el 1 de noviembre de 1999.
Sus estudios de fotografía y cine, realizados en Estados Unidos, los aplicó en cintas bolivianas como Yawar Mallku (Jorge Sanjinés) y Chuquiago (Antonio Eguino), cuyas fotos fijas llevan su firma.
Su primer corto, Warmi, premiado en el Festival de Bilbao (España) con el Trofeo de Plata, fue seguido por una serie, Nosotras, videos en los que retrató a Marina Núñez del Prado, María Luisa Pacheco, Maritza Wilde, Matilde Casazola y Guiomar Mesa.
La exposición homenaje permite, luego de casi una década de la muerte de Danielle Caillet, recordar a esta artista que, pese a la importancia de su obra múltiple, parece perdida en la frágil memoria de los bolivianos. Pesa mucho para ello el hecho de que no existe un museo de arte contemporáneo, donde se pueda revisar y refrescar el nombre de los creadores. Y también el que las piezas, en el caso de la franco-boliviana, estén en colecciones particulares.
Para la exposición homenaje se ha hecho una labor casi detectivesca para ubicar a propietarios de las esculturas, obtener el permiso para exponerlas y, de paso, llevarlas de viaje por el país.
Una parte de las piezas está en poder de la familia de la artista, hay algunas en la colección del Museo Nacional de Arte, y el resto fue adquirido por particulares que se enamoraron de sus cadenas rotas, de su gato encerrado, de sus alegres cumpas, de la belleza acentuada por el sentido del humor.