Sin contar con datos científicos y simplemente a ojo de buen cubero, me atrevería a decir que Bolivia es uno de los países más politizados del mundo. Entiendo por tal a un país donde el tema de predominante preocupación y charla es la política. Y no quiero significar ´lo político´ que es todo aquello que conviene a la ´polis´ o sea a la colectividad organizada, sino que, entiendo como ´política´ a los discursos, arengas, consignas, maniobras y piruetas encaminadas a la conquista y conservación del poder en beneficio de un determinado grupo y al gran jefe. Me ceñiré pues a ´la política´, tratando de identificar a las especies que navegan en este ´politicosmos´. Veamos: los militantes de primera fila. Los violentos. Los militantes moderados. Los meros simpatizantes. Fuera de este casillero, abundan los indiferentes, nomeimportistas, mamfutistas, o los ´vaya yo caliente y ríase la gente...´. Todavía hay otra especie: los oportunistas o por mal nombre, tránsfugas, a quienes podemos encontrar en cualquier parte, sin que ellos se ruboricen. Los adictos al que mejor pague.
Dentro de esta amplia gama se producen altibajos, cuando los moderados se exacerban o los entusiastas se desinflan, o cuando los rectilíneos dirigentes de hoy, mañana dan un salto al lado con escandalosa incoherencia.
Los militantes de primera fila ponen especial acento a la relación ciudadana. Los violentos al calabozo. Los moderados y tibios eluden tensiones insanas para el hígado. Lo mismo que los simpatizantes. Los indiferentes, o por otros nombres, nomeimportistas, menefreguistas, manfutistas, son quienes suelen pasarla mejor.
Muchas de las sociedades actuales están compuestas por una inmensa mayoría de individuos de las características arriba descritas. Delincuentes descontados. Así puede confiarse en que esa sociedad irá alcanzando sus objetivos de civilizada prosperidad. Se da por sobreentendido que no faltarán altos y bajos. Sin embargo, la media resultante será habitable. Pero ésta no es la actual circunstancia en que vivimos los bolivianos. No se necesitan grandes esfuerzos para demostrarlo. Vivimos en la confrontación, la incertidumbre, en la escasez y la precariedad.
Pues bien, a fuerza de complicar las cosas e incluso de poner en riesgo nuestro patrimonio, en Bolivia, la mayoría de los políticos y ramas anexas ha conseguido modelar un ciudadano amorfo o, si usted quiere, una especie de insípida papa hervida, al que le da lo mismo cualquier condimento de corruptela, escándalo, atentado y acciones terroristas ejercidas desde el Estado.
Hace más de una década, ese manojo de gente se dividía en izquierda y derecha. Cayó el Muro de Berlín y los dos bandos procuraron desatarse. Se pintaron de centro, sea a la derecha o a la izquierda. Las cosas iban de bien a regular, hasta que aparecieron los populistas con ambiciones hegemónicas de autoritarismo, donde conviven algunos ex derechistas y ex izquierdistas.
Así, Bolivia se encuentra metida en este huracán que, aún cuando sea tan sólo aire, toma fuerza destructora. Mientras unos militan ardientemente, los otros viven en un limbo individualista; ejerciendo sus efímeros liderazgos sindicales, sus profesiones/aficiones, comercio/contrabando, finanzas, y a todos les va muy bien. Felicidades.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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