El paradigma de la conducta humana que asume que ciertos factores influyen directamente en una opinión política y que la conducta final es coherente con dichos factores y opinión, es engañoso. Por lo que lo único coherente es establecer que los factores en relación a la opinión y ésta en relación a la conducta no son directas ni lineales. De ahí que una monja puede ser mafiosa, un profesor de ética corrupto. Si no aceptamos el carácter aleatorio y conmutativo de las opiniones/creencias sobre las decisiones que determinan nuestro accionar y si no entendemos la forma en la que juegan los incentivos, los valores y los contextos sobre nuestras creencias jamás podremos alcanzar a diseñar instituciones ni políticas anticorrupción efectivas.
Lo bueno y lo malo, valorado en primera persona, pueden ser muy distintos cuando nos toca opinar sobre la conducta ajena o de las instituciones y doblemente desigual si todavía es en público, por lo que es fácil tropezar con incoherencias y vivir sosteniendo un sistema corrupto aunque seamos los que más repudiamos este flagelo. Tampoco deberían sorprender las constantes acusaciones sobre la doble moral. La solución al problema, entre muchas, pasa por determinar un marco singular de conducta en cada institución, que sea aceptable y, sobre todo, verificable y susceptible de una persecución efectiva a fin de terminar con el problema de la corrupción en la burocracia y en lo político. Pero si en lugar de fortalecer las instituciones nos encargamos de perseguir a sus ex responsables sobre la idea de que todo lo anterior fue malo y todo lo bueno aunque malo es legítimo, jamás llegaremos a extirpar este mal.
Si en este cambio tan profundo y radical lo único que escuchamos es que lo malo y corrupto reside en la oposición, las transnacionales, los q’haras o el capitalismo, difícilmente se podrá avanzar un paso adelante. La ideología enceguece el problema real y hace las veces de escudo que sepulta la responsabilidad de tratar este déficit de transparencia. Lo propio ocurre con el control social. Hemos cambiado los ojos vendados de Temis por las miradas amenazantes de forajidos que más allá de justicia, bajo este método, buscan conseguir sus intereses mezquinos la mayoría de las veces. Es cierto que entraba luz a la vendada Temis, pero es mucho más cierto y más difícil distinguir, entre la multitud, a los rufianes. Si encima tenemos un exceso de retórica ética a la hora de buscar salidas para alcanzar mayor rectitud y transparencia, fácilmente no llegamos nunca. Los valores públicos no salen simplemente del corazón, pero casi siempre se recurre a este tipo de simplificaciones de telenovela.
En la vida real no vemos la voluntad política por revisar ciertos aspectos en el financiamiento de los partidos y el control de sus fondos. Todavía peor es la situación de las agrupaciones ciudadanas y de los movimientos sociales. No se entiende razonablemente cómo los partidos están ahora de últimos y viceversa. Ni se controlan ni se desentrañan las fuentes de financiamiento menos tangibles, pero todavía más dañinas para la democracia. El clientelismo y la prebenda no están acabados sino desnudados ante todos y sin vergüenza. Ni modernizaciones ni respeto a las instituciones. Ninguna declaración sobre los dilemas éticos a los que los funcionarios se ven seriamente enfrentados día a día. Ni pugnas entre deberes ser ni pautas para entender cómo es que ahora todo está cambiando. Sólo discursos ensordecedores y persecuciones de película.
Luego nos quejamos de la democracia que tenemos e intentamos experimentos que nos conducen a la nada. En fin, parece que la magia de la democracia se simplifica al para qué cambiar las cosas si todos conseguimos alternadamente beneficiarnos de la corrupción. Es triste, pero el poder está vinculado a la corrupción y ahí, todos bien gracias corrompiendo por acumular más de éste.
*William Kushner D. es máster en Gobierno y Administración Pública.
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