La señora que se rompe la espalda amasando salteñas o el empresario cementero tienen algo muy profundo en común. Todas las decisiones que toman, la causa de su desvelo crónico, el tiempo que le roban a la familia y el gusto por el logro y el beneficio, aguzan en sus almas la misma ‘emoción cazadora’; paradójicamente… equivalente a la del corrupto cuando imagina su presa, la concreta en la selva del Estado y finalmente cuando la corona con una ganancia real para él o para su partido, mientras destruye el progreso.
En el medio del Estado abundan las buenas ideas, al fin y al cabo, no existe una propuesta socioeconómica más atractiva que la de Marx. Sin embargo, cuando esas ideas se confrontan con la realidad de los procesos estatales para hacerlas “coronar”, como dicen los ‘narcos’, éstas terminan ahogadas en un mar de explicaciones e inculpaciones y peor aún, convertidas en triunfos inexistentes que sólo creen los miembros del partido. Cabe preguntarnos: ¿Por qué, cuando desaparece el impulso y la emoción del cazador, las presas se escurren y al final se desvanecen? La respuesta sólo requiere quitar una tilde: “Porque cuando desaparece el impulso y la emoción del cazador, las presas se escurren y al final se desvanecen”.
El corrupto recluta su mafia con eficacia en función de su costo/beneficio. El buen funcionario soviético, en cambio, contrataba a quien convenía al partido y hasta estaba dispuesto a ‘pagarle’ con la posibilidad de que desviara algunos recursos, no muchos, a su favor. Funestamente, la partida de caza planeada desde el Estado, está perdida de antemano ya que el cazador no utiliza sus mejores sentidos o argucias, y menos aún, carece de un equipo alineado con la emoción de un claro objetivo: ¡Conseguir la presa! El empresario, sin importar si es salteñera o cementero, evita —en ocasiones despiadadamente— todo desvío de su atención o de cualquier decisión, por nimias que parezcan. ¿Quién se llevó el contrato de las salteñas en el colegio cercano? Aquella que afiló y apuntó mejor sus flechas.
¿Cómo diferenciar un corrupto de un empresario si sus emociones y resultados parecen ser similares? El deshonesto, ‘traiciona la responsabilidad social’ que le otorgó el Estado, para lucrarse él o su grupo con eficacia. El empresario tiene precisamente ‘la responsabilidad social de lucrarse’, para generar riqueza y empleo relevante para él y la nación. Cuando un empresario paga a uno o a mil empleados un sueldo, tiene la certeza de que cada uno genera con precisión, bastante más de lo que devenga. No hay lugar a rémoras o resultados falsos.
Con esto en mente: ¿Un gobierno de pegas recomendadas o repartidas… contribuirá realmente a crear riqueza? ¿Qué tal que los salarios del Estado fueran proporcionales al cambio de los indicadores socioeconómicos específicos, medidos por Naciones Unidas?
*Jorge Zapp es consultor internacional.
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