Escribo estas líneas desde la bahía de Halon Bai en el noreste de Vietnam, en medio de un mar de verde profundo y unas gigantescas rocas en las que uno puede presentir al dragón que desciende desde el cielo, como recuerda la vieja leyenda de un emperador de hace varios siglos que preanuncia la épica de una batalla y una victoria y la construcción de la saga del pueblo vietnamita. Es como si estuviera mirando al puma y al cóndor garrudo en las aguas azules del lago, que, como en el mito, vislumbran el nacimiento de nuestra civilización.
Es en la distancia de espacio y de tiempo en que uno debe ponerse si quiere leer el presente con tranquilidad, sobre todo con la mente despejada y el alma limpia, tan necesarios en tiempos de tribulación.
Hace apenas unas horas estuve reunido, junto a otro ex jefe de Estado latinoamericano y un equipo de economistas del “Emerging Markets Forum”, con el Primer Ministro de Vietnam. El jefe de gobierno de un pueblo que evoca la epopeya de dos guerras victoriosas, que luchó durante más de un siglo para sacarse de encima al colonialismo y que derrotó a la altiva primera potencia del mundo hace apenas treinta y dos años, basado en la fe nacionalista y la ideología marxista.
Hanoi es una ciudad grande pero relativamente tranquila (salvo por las miles de motos que circulan alocadas en medio de un mar de bocinas). El único referente inequívoco del viejo socialismo, es el mausoleo al padre de la Nación, Ho Chi Min, tan oscuro, tan tenebroso, tan artificial y distante como el que se abría en el frontis del Kremlin en la Plaza Roja, dedicado a Lenin.
El Primer Ministro, vestido con un pulcro pero sobrio terno occidental y una corbata clara, nos recibió con la bandera roja de la gran estrella amarilla a sus espaldas, pero no habló de socialismo. No pronunció una sola vez el término. El mensaje era muy simple: “Seguimos trabajando intensamente para terminar de pasar de la economía planificada a la economía de mercado. En menos de quince años, decía orgulloso y lo repitió su Ministro de Planeamiento e Industria —la palabra planeamiento suena en ese contexto a un anacronismo—, hemos reducido la pobreza de un 70% a menos de un 20% y lo hemos hecho porque ahora estamos abiertos al mercado internacional y garantizamos cada día más la inversión extranjera”. El Ministro de Planeamiento me preguntó sobre qué opinaba Bolivia del Banco Mundial, frente a él estaba uno de los asesores del Banco que asistió a la reunión internacional que Vietnam recibió con gran alegría. ¿Qué le podía responder? En los días que corren, el Banco Mundial no es una institución que nuestro gobierno aprecie demasiado. En cierto modo era una conversación surrealista. El ministro vietnamita orgulloso de la estrecha cooperación entre su país y el Banco Mundial y el ex Presidente boliviano tratando de decirle que en Bolivia el actual Gobierno considera que las políticas del Banco Mundial nos han llevado y nos llevarán al desastre. No entendió. “Lo importante no es de dónde viene el dinero, sino cómo se usa”, me espetó.
Pocas horas antes, paseando por un mercado popular de Hanoi (muy parecido a nuestra nutrida Huyustus o a las Siete Calles) vi varios emblemas occidentales, el más obvio, el de la Coca-Cola. Eso no quiere decir que Vietnam, como China, no mantenga un sistema político férreo y cerrado y que repita la fórmula del discurso único y monocorde, pero quiere decir que su pragmatismo se revela en las cifras reales y en los paisajes de prosperidad, industrias y crecimiento por doquier, tanto en las ciudades como en el área rural.
Desde estas aguas maravillosas uno puede sentir las aguas turbulentas y desgarradas del país, la retórica de los discursos, la agresividad en los ojos de nuestros políticos, las amenazas, la violencia apenas contenida y no puede menos que preguntarse, ¿por qué ese empeño mezquino y diminuto de almas diminutas que creen que el principio y el fin de todo está en el marco de nuestras fronteras?
Asia tiene más de medio centenar de países. Sólo dos de ellos tienen un tercio de los 6.500 millones de habitantes del planeta. Más de dos docenas de ciudades asiáticas tienen cada una más población que Bolivia entera, su promedio de crecimiento frecuentemente supera el 8% (es el caso de Vietnam, que dicho sea de paso, tiene una población de casi 80 millones de habitantes), y en Bolivia descubrimos la rueda y la pólvora y el agua tibia todos los días…
Los discursos de nacionalismo inflamado suenan a ecos que rebotan como los tambores y se pierden ahogados en su propio ruido. El debate sobre el futuro está siempre teñido de ideología y particularmente de un falso sentido épico. Menos palabras y más pragmatismo con un sentido claro: Buscar sin prejuicios una vida mejor para nuestros compatriotas, nos haría mucho bien. Fue aleccionador saber que a miles de miles de kilómetros de distancia, ninguno de los ciudadanos de a pie a quienes les pregunté sobre Bolivia sabía donde estaba nuestro país, algunos escuchaban el vocablo por primera vez, algún otro me preguntó si Brasil era un estado de los Estados Unidos. Lo que sí sabían es que hay un jugador de apellido Crespo, otro que se llama Robinho, otro Ronaldo y otro Messi…¿Y Maradona?, pregunté “¡Ah, Maradona is god!”, es que los asiáticos en Vietnam, o en Camboya, o en Tailandia, aman el fútbol y lo único que identifica a nuestro continente es el fútbol.
Por eso pienso, desde este paisaje que Margarite Durás retrató con tanta intensidad en una historia de amor de dos almas condenadas y en los juncos de la Indochina que transportó al cine Catherine Deneuve para recordar los años en que esta región se llamaba Indochina en la mente de los colonizadores franceses, que nos hace falta reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestras pretensiones, sobre el lugar que creemos ocupar y el que realmente ocupamos, sobre la “trascendencia irreversible e histórica de lo que hacemos”.
Si pudiéramos adivinar que igual que el dragón, o el puma o el cóndor garrudo, no somos sino un suspiro de la historia, quizás tendríamos más claridad para actuar con un sentido más humano, menos mediocre y menos pretencioso.
*Carlos D. Mesa G. es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
Dos mujeres valientes
Hay semanas, pocas, en que las noticias internacionales logran competir con las nacionales. Una de esas raras semanas fue la que acaba de pasar, que produjo la reunión del Mercosur ampliado en Tucumán y el rescate de Ingrid Betancourt en Colombia.
Betancourt libre
Primeras planas de periódicos, “prime time” de televisiones y radioemisoras, charlas de café y consideraciones diplomáticas en las cancillerías
¡Y tu mamá también!
La pelea verbal entre Alan García y Evo Morales no está a la altura del estilo y la clase de Madame Betancourt, quien es una verdadera jeune fille rangée de mejor familia aún que Simone de Beuvoir.
La Paz y Río, ¿ciudades gemelas?
Qué tienen en común ciudades como La Paz y Río de Janeiro, además de dividir en dos mi corazón? Pasé buena parte de mi primera juventud en la cidade maravillosa.
Business is business
Se dice que, a principios del siglo pasado, cuando le preguntaron al entonces presidente Theodore Roosevelt si su país debería hacer negocios con otros que tengan una ideología diferente a la de Estados Unidos, éste contestó “business is business”
Las FARC, en caída libre
Con su precisa e incruenta artimaña de comandos, propia de una desbocada ficción cinematográfica, que ha conducido a la liberación de Ingrid Betancourt y de otros 14 rehenes