No es la primera vez que abordo un bus en la columna y en mis trayectos, esta vez para ocuparme de los voceadores. Ya van quedando pocos, son una especie en extinción tan vieja en La Paz como el transporte de góndolas. La mayoría son muchachos —una que otra chiquilla— simpáticos, matacambios, llenos de habilidades, capaces de cambiar una rueda en pocos minutos, gritando con sus voces todavía aniñadas y su inconfundible acento andino destinos sólo inteligibles para oídos entrenados, en esquinas vacías de público, únicamente para justificar el trabajo.
Probablemente ninguno de ellos ha escuchado hablar de una asociación de niños de la calle que pide revocar una ley que prohíbe el trabajo de menores. Las sensibilidades contemporáneas tienen horror de verlos, alejados de sus casas, de la escuela, cumpliendo horarios desmedidos por cuatro reales. La buena voluntad está ahí donde los medios faltan. Las medidas que chocan con la obstinada pobreza, con las familias deshechas, buscan ayudarlos pero, en muchos casos, sus previsiones les están haciendo la vida más dura y difícil que antes. Cada uno de los niños, que escuché en un foro reciente y que me hizo pensar en el asunto, cuenta su historia con envidiable sencillez, distante de cualquier melodrama de rigor en tales presentaciones.
Me pregunto si la paulatina desaparición de los voceadores es un efecto de esas disposiciones legales. Han sido frecuentemente reemplazados por cholitas, bien metidas en sus calzones; no matan el vuelto, pero suben el pasaje según la cara del cliente y son intratables sobre el tema. Las hay de todo tipo: mayores, con sus guaguas en brazos, y a menudo cara de pocos amigos; jóvenes, reilonas, dicharacheras y algo socarronas. El otro día, un muchacho pagó la factura de no saber con quién se topaba. La agraciada cholita cobradora le pidió cerrar la puerta, el joven sólo lo hizo a medias alegando que estaba dura, la respuesta llegó rápido diciendo que ése era oficio de hombres. Los usuarios, entre sorpresas y risas, tuvieron un diálogo picante y repleto de alusiones en doble sentido, hasta que el chofer, visiblemente celoso, le puso fin con una mirada severa que no calló otras observaciones que la cobradora hizo a las subidas y bajadas de los clientes.
No tengo nada contra las cholitas y su derecho al trabajo, pero creo que hay ocupaciones que podrían desempeñar con ventaja y menos incomodidades para sí mismas y los pasajeros. Como todos ellos, sufro la estrechez del espacio y la abundancia de polleras, aunque aprecio la vivacidad de las que la tienen. Lamento la ida de los chicos y chicas que se acomodaban mejor al vehículo, donde con seguridad algo aprendían de la vida de hoy a través de las charlas. Los bolivianos solemos ser muy púdicos con el cuerpo, pero muy impúdicos con nuestras intimidades, que fácilmente venteamos en público.
El trabajo infantil callejero ha existido siempre y ha acompañado a la sociedad en sus distintas etapas de evolución. El hambre y la necesidad están entre sus causas, pero no son las únicas y a veces ni siquiera las determinantes, como muestra la literatura desde el Lazarillo de Tormes (1554) hasta Guzmán de Alfarache (1599), siguiendo más tarde con V. Hugo, C. Dickens, M. Twain, para señalar los más conocidos, que han dado con esos pilluelos algunos de los héroes más atractivos de la novela.
Julián Marías ha sostenido que no fue el hambre la que inició la picaresca española, que sin duda existía. El Lazarillo podía ´comer las más de las veces lo más y mejor de sus amos´ que intentaban explotarlo, pero seguía corriendo las calles donde podía aprender la vida y mostrar su ingenio, su picardía que superaba a la de sus empleadores que también la ponían en juego, al igual que 50 años más tarde Guzmán de Alfareche, en una España profundamente cambiada, atraído por las aventuras callejeras, ocasión de cebarse con ´los torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosadas,´ que no le faltaban, y aplicar su agudeza y su amplio repertorio de mañas a costa de los demás, que le satisfacían tanto o más que colmar su apetito.
El tema se repitió con variantes en los personajes de la narrativa decimonónica y de principios del siglo XX. Gavroche de Los Miserables de V. Hugo encarnó el pillastre parisino, lleno de verba de acentuado color. La novela abunda en historias y personalidades fuertes como la del obsesivo inspector Javert o la del propio Jean Valjean, pero sus avatares, que eran los de la juventud callejera de entonces, no ceden en nada. Halló con su viveza los medios para sobrevivir siguiendo el ritmo de la gran ciudad. Como los otros niños abandonados, carecía de todos los bienes materiales, pero su independencia y su alegría de vivir eran su capital. Con ánimo participó en las barricadas de 1832 y cayó enfrentando a las balas de la soldadesca con una canción satírica que cito aproximativamente: No soy notario, la culpa es de Voltaire; soy un pájaro pequeño, la culpa es de Rousseau. En su inocencia puso a los intelectuales, siempre evasivos, ante su responsabilidad.
No trato de hacer la apología del trabajo de los niños, mucho menos de su explotación, pero admito que la calle salvó a más de uno que se encontró allí por necesidad, seguramente, pero también por las oportunidades de aprender oficios y de obtener el reconocimiento de sus habilidades. Fue y es sin duda una forma ardua y llena de sacrificios para salir del paso. Ojalá haya otros caminos para avanzar, pero sólo la ley resulta completamente insuficiente.
Mientras tanto, los cobradores y voceadores de buses están partiendo. Me gustaría pensar que es porque han encontrado algo mejor. Si así fuera, se podría decir que la sociedad está cambiando. Pa’ mejor, añadiría un chapaco alzau.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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