La inmigración es un temita que siempre me ha puesto medio nervioso. A veces siento que me incomoda hablar del tema en las sobremesas, en las que éste se ha instalado como un must. Escribir acerca de esto también me intranquiliza, me da cosa, pero no resisto la tentación de dejar salir un par de ideas que siempre me dan vueltas en la cabeza, y aunque no se trate de ninguna novedad, las expresaré sin ocultar el correspondiente e inservible tono de denuncia. Digo que se trata de un tema perturbador de por sí, porque más o menos todos tenemos algún familiar, amigo o conocido que ha decidido mandarse a mudar del país; cada caso que uno tiene la oportunidad de conocer de cerca, es un mundo particular, una historia humana única con todas las complejidades del caso. Qué difícil resulta entonces no caer en el error común de generalizar, y de meter a todos los migrantes bolivianos en el mismo saco.
Desde el momento en que se intenta estereotipar, o asignar características comunes a los migrantes, corremos el riesgo de ser indolentes e inclusive irrespetuosos de las razones y circunstancias de cada individuo. En estas cualificaciones arbitrarias se escucha de todo un poco, desde los que deducen que el éxodo de compatriotas significa una pérdida preocupante de lo mejor de nuestra sociedad, pues en teoría se trata de la gente más emprendedora, valiente y audaz, hasta los que saltan alegremente a la conclusión de que, en realidad, son gente frustrada por su incapacidad de alcanzar el éxito en su país; peor, que son comodones que no saben aprovechar las ventajas que tiene nuestro país, y que creen que en otro lado todo será más fácil, y mucho peor, que muchos son unos desalmados que no vacilan en separar y destrozar sus familias, para realizar sus sueños. Sé que es duro decirlo, pero me da la impresión de que, de alguna manera, la criminalización de la migración comienza por casa.
De cualquier manera, nada en el mundo justifica la posición de la Unión Europea expresada en la Directiva del Retorno. No caeré en la trampa de tratar de interpretar la norma buscándole eufemismos y atenuantes, como tristemente han intentado hacerlo algunos representantes diplomáticos. El mensaje de una Unión Europea compuesta por una mayoría de gobiernos de derecha viene como un cañonazo, y no es más que el principio. La Europa que en algún momento aceptó con un ojo cerrado la entrada de inmigrantes dispuestos a hacer el trabajo que sus ciudadanos desdeñaban, ahora en crisis, no quiere saber nada de morenitos. Lo ha resumido el presidente Sarkozy en su habitual estilo fascistoide: ´Europa no puede hacerse cargo de la miseria del mundo´.
Por Dios. Qué falta de memoria y qué falta de vergüenza en no reconocer el elemental espíritu de reciprocidad histórica. No hablo de la colonia, sino de episodios recientes y fresquitos, como la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial, cuando Latinoamérica recibió con los brazos abiertos a millones de europeos que escapaban de sus países con una mano adelante y la otra atrás.
Algo más. ¿Alguien me puede explicar cómo es que el mismo mundo libre y globalizado que pregona a los cuatro vientos el libre intercambio de mercancías, capitales e inversiones, prohíbe el tránsito de personas? ¿Cómo es posible pensar en un TLC con Europa, sin poner como condición absoluta la legalización irrestricta de todos nuestros migrantes? En este mar de incoherencias y mezquindades, me adhiero a las declaraciones del presidente Chávez, que puede darse el lujo de anunciar una represalia inmediata con el retorno de sus inversiones, al país que se atreva a denigrar a los migrantes venezolanos.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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