Se viene el referéndum revocatorio y, claro, la guerra sucia y el coro celestial, denuncias y contraataques, alusiones y desilusiones. Este mes seremos víctimas de esa parafernalia convertida en tortura mediática, aunque sólo durará tres semanas. Por eso, prefiero buscar otros motivos para transcurrir estos días y nada mejor que recordar a Julio, el gran Cortázar, en su mes releyendo algunas páginas de su maravillosa narrativa. Cómo no evocarlo retratado en esa célebre fotografía con gato blanco reposando en sus brazos mientras esa mirada parece escribirnos. Cómo no recordar al grandullón que no envejecía y guarda reposo en una tumba reluciente como la nieve; adornada con una figurita de madera que quiere ser un cronopio, ese ser tibio y desordenado que cada vez que se encuentra con una tortuga saca las tizas de colores y sobre la redonda pizarra de su espalda dibuja una turada o una golondrina.
Cuando visité el cementerio de Montparnasse, en París, me acordé que veinte años atrás cometí el atrevimiento de escribirle una carta a Julio para decirle que era posible narrar de otra manera su cuento titulado ´Carta a una señorita en París´. Nunca me respondió, obvio, y después me enteré que recibía kilos de correspondencia y, seguramente, elegía alguna carta para clavarla en la pared con un alfiler, como acostumbraba hacer alguna de sus tías con las fotos de sus parientes, pero apuntando a la cabeza.
Me pasé, como tantos, buscando sus huellas en la rayuela de la vida y después de recorrer el puente que cruzaba la Maga encima del río que atraviesa la Ciudad Luz, me puse a caminar por la calle Cochabamba en Buenos Aires, para seguir jugando el juego. Diez años transcurrieron entre uno y otro momento pero ese detalle no importa, como no importa el océano que divide esos mundos: salta lenin el atlas. Este es uno de sus típicos palindromas que se leen de ida y vuelta, seguramente escrito cuando él daba ´La vuelta al día en ochenta mundos´.
Quizás ese juego se debía a mi necesidad de volver a verlo, porque leer sus libros no bastaba. Verlo otra vez como aquella tarde en México cuando pude acompañar con mi silencio su lectura de Queremos tanto a Glenda. Pasó a mi lado, cosas del destino, y me quedé tieso maldiciendo no tener una copia de la carta-cuento que había depositado en un buzón unos meses antes. Pero sin sufrir porque, me dije diciendo, los cronopios no guardan copias de las cosas importantes, ni recuerdan el número de su pasaporte y se dan de cabeza contra los letreros por mirar la luna.
Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces y de tantas páginas de Julio me quedo con algún fragmento de Lucas, sus luchas con la hidra, que nos dice: ´Ahora que se va poniendo viejo se da cuenta de que no es fácil matarla. Ser una hidra es fácil pero matarla no, porque si bien hay que matar a la hidra cortándole sus numerosas cabezas (de siete a nueve según los autores o bestiarios consultables), es preciso dejarle por lo menos una, puesto que la hidra es el mismo Lucas y lo que él quisiera es salir de la hidra, pero quedarse en Lucas, pasar de lo poli a lo unicéfalo. Ahí te quiero ver, dice Lucas envidiándolo a Heracles que nunca tuvo tales problemas con la hidra y que después de entrarle a mandoble limpio la dejó como una vistosa fuente de la que brotaban siete o nueve juegos de sangre. Una cosa es matar a la hidra y otra ser esa hidra que alguna vez fue solamente Lucas y quisiera volver a serlo´. Así de simple.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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