Érase una ciudad cuyo alcalde, que además de aspirar a puesto de mayor altura política, todavía le quedaba humor y tiempo para embellecerla con parques y jardincitos. Pero cada vez que la urbe sufría la invasión de las frecuentes campañas electorales cambiaba de fisonomía, como ocurre con una elegante dama que cambia su habitual indumento por el disfraz de una harapienta pordiosera. Un buen día —no tan bueno— el alcalde despertó viendo que el paisaje de árboles y flores que contempló el día anterior, cambió: la ciudad se había embadurnado de repelentes “afiches” (afrancesamiento), “posters” (anglicismo) o carteles (castellano en buena ley) y pintarrajeada con los multicolores y multisignos de los partidos/opciones, incluido el del alcalde jardinero. Carteles y pintadas competían en mal gusto, según el nivel de progresismo del partido que publicitaban. Total, un repulsivo paisaje infra-urbano. Repulsivo, por el mal gusto de los diseños y por la falsedad de sus promesas.
La ciudad recibirá así el aniversario 199 de la gesta libertaria de Julio. Justo cuando hábiles comunicadores habían puesto en marcha una campaña interesante de educación para erradicar los malos hábitos de los ciudadanos, que sin miedo ensucian las calles, burlan los semáforos y ponen en riesgo su vida y la de sus compatriotas.
Y a la vista de tales adefesios, a los que no había prevenido a tiempo, el alcalde sintió vergüenza ya que una parte del mamarracho era de su propio partido que no había sentido miedo de ensuciar de tal manera la ciudad. “¡Hasta cuándo pues, me pone rojito de vergüenza!”, exclamó el “burgomaestre” (germanismo), muy paceño “pues” en su lenguaje y muy pudoroso en su vergüenza tardía. ¿Y qué decir de un Estado que se reconoce como democrático, sin un Poder Judicial completo? ¿Y con un proyecto de nueva Constitución mal nacida que no hay por dónde salvarla? ¿Y el derroche de petrodólares para los empobrecidos bolivianos? ¿Nacionalizaciones, autonomías y estatutos? y ¿la dignidad de pordioseros que extienden sus manos en la propia vereda del Palacio Quemado? ¡Hasta cuándo pues!
Así, el rubor del alcalde debería aplicarse a muchos otros. Propondré algunos, sin miedo alguno. Al sometimiento de Evo Morales a Hugo Chávez. Al descrédito de Bolivia ante el mundo a causa de su mal gobierno. A la calificación de Bolivia ante entidades internacionales como el primero de la lista de “riesgo país” en América Latina. Rubor que debería colorear el rostro de los maniobreros de extravagantes referendos nacionales o autonómicos; con trampa y opositores despistados incluidos. Más vergüenza debería producir una Corte Nacional Electoral que huela a fraude o una política internacional perfumada de impertinencias, nada versallescas. Ridículo resulta pretender ganarle la guerra a la mayor potencia del mundo confrontándola con el poder de la coalición Cuba-Venezuela-Bolivia. El último motivo de rubor que me atreveré a escribir hoy: asegurar que Evo Morales durará 100 años en el Palacio.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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