En el discurso oficial sobre temas macroeconómicos, todo lo malo que ocurre en el país tiene origen externo, la inflación es resultado de un incremento mundial de los precios de los alimentos y la caída en las inversiones privadas se explica por una conspiración de las empresas transnacionales. Más aún, si hay algún error en la gestión económica es responsabilidad de la maldita herencia neoliberal impuesta desde afuera. Y todo lo bueno es producto de la revolución en curso, es decir, la reducción de la deuda externa, el coñichi del Bonosol (Renta Dignidad), el aumento de las reservas internacionales, el superávit fiscal y el incremento de las exportaciones, para mencionar las variables que más salen en las propagandas, obviamente, es resultado de una gestión inmaculada y eficiente del Gobierno. En materia económica, el Ejecutivo está queriendo ganar indulgencias con Ave Marías ajenas. Veamos algunos casos.
La deuda externa, a finales de los años 90, estaba en torno a los 5.000 millones dólares. Hoy, es de 2.000 millones. ¿Puede la administración gubernamental actual atribuirse este logro? La respuesta es un rotundo no. Debemos menos a la comunidad internacional gracias al rock comprometido de Bono y su grupo U2, al movimiento de la Iglesia Católica: Jubileo y decenas de otras acciones de la sociedad civil mundial que abogaron por el perdón de la deuda externa de los países pobres. También fueron importantes las gestiones de gobiernos anteriores y la buena predisposición de los organismos interna- cionales. Así que esta indulgencia no le pertenece al Gobierno, los Ave Marías de la condonación de la deuda fueron rezados por otros.
La Renta Dignidad se ha convertido en la niña de los ojos del Gobierno. Se debe destacar la continuidad inédita de esta política social. Cabe recordar que esta transferencia de recursos para la gente de la tercera edad comenzó en 1996, con el nombre de Bonosol, y no es la primera vez que cambia de nombre. El Bonosol recalentado fue mejorado por el Gobierno actual, aumentó su valor y se ampliaron sus fuentes de financiamiento. Obviamente, tampoco la administración actual puede atribuirse, en exclusividad, esta medida. La Renta Dignidad es una prueba de que en Bolivia pueden existir políticas de Estado, que van más allá de los ciclos políticos. Así que un Ave María a la continuidad.
El publicitado superávit fiscal es un logro de política pública que tiene varios padres y una ayudita externa. La Ley de Hidrocarburos, elaborada durante el gobierno del presidente Carlos Mesa, y la renegociación de contratos, conocida como nacionalización, son responsables de los mayores ingresos fiscales. La empujadita de afuera vino de los elevados precios del petróleo y el gas natural en el mercado internacional. También tiene su cuota la buena negociación de precios del Gobierno con Petrobras. Sin duda que buena parte de esta vela le corresponde a la administración del presidente Morales. En este caso, sí rezaron algunos Ave Marías.
En los años 90, cuando el total de las exportaciones bolivianas pasaban de 1.500 millones de dólares, se cuenta que el gabinete económico abría botellas de champán para celebrar el logro. El 2007 y este año, las ventas al exterior sobrepasaran los 5.000 millones de verdes. Definitivamente un hito que se debe destacar. ¿Puede el Gobierno actual atribuirse este éxito? Nuevamente, no. Esto tiene que ver con la suerte y el fabuloso contexto internacional. Los precios de la materia prima están por los cielos, en gran medida por efecto Fu Man Chu y el síndrome Kamasutra. En los últimos 10 años, las economías china e hindú han crecido de manera significativa, jalando hacia arriba a los precios de varios minerales y el petróleo. Veamos algunos ejemplos. En los años 90, el precio del estaño rondaba por los 2,8 dólares la libra fina. En el 2008, el valor de mercado del “metal del diablo” llega a casi 10 verdes. La plata costaba 4,87 en los 90; en la actualidad, se cotiza en 17,87 dólares la onza troy. El oro pasó de 383 verdes la onza troy en los 90, a 915 dólares en el año que transcurre. Quiere decir que exportamos un mayor valor de producción, por el efecto precios. Porque, en realidad, las cantidades de los minerales exportados se han mantenido estables y en algunos casos se han reducido. Algo más espectacular pasa con los precios del gas y el petróleo. Este último, en los 90, no pasaba de 40 dólares el barril y ahora bordea los 140 Washingtones. Así, no obstante el ímpetu de nuestras revolucionarias autoridades, que los lleva a pensar que son responsables hasta del crecimiento chino, la verdad de los hechos es que el boom de las exportaciones es un golpe de suerte. Por eso las malas lenguas dicen que al Gobierno lo apodan de tortuga, porque es lento pero con una concha enorme. El aumento de las reservas internacionales es una consecuencia de las mayores exportaciones y el incremento de las remesas de los bolivianos que llegaron a la conclusión de que la única salida a la crisis de empleo en la patria es un aeropuerto.
La caída de las inversiones extranjeras directas (IED) es enteramente atribuible al clima de inseguridad jurídica que reina en el país desde finales de los 90 y que el Gobierno actual no pudo revertir. La cosa es complicada, especialmente, si nos comparamos con el vecindario. En el 2007, Perú recibió 5.000 millones de dólares... Chile, Brasil... Por estas tierras del Señor, las IED netas, según el BCB, apenas llegan a 200 millones en el mismo año. Así, compañeros(as), este muertito se lo cargan ustedes.
Evidentemente, la inflación actual que, anualizada, ya sobrepasó el 18 por ciento, tiene en parte su origen en el aumento de los precios internacionales de algunos alimentos, pero la falta de coordinación entre política fiscal y monetaria que propaga la subida de precios, el avivamiento de las expectativas inflacionarias, el exceso de gasto público, son made in Bolivia, y muestra la falta de gestión del Gobierno. Así que, lo que es del César, al César, lo que es del Evo al Evo, y no se vale apropiarse de indulgencias de la coyuntura económica con Ave Marías ajenas.
*Gonzalo Chávez es economista.
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