El conflicto político en el país se asemeja al frente franco–alemán de la I Guerra Mundial: inmensas trincheras...a lo largo de kilómetros. El domingo 29 de junio, los electores chuquisaqueños asistieron a las urnas para elegir a su nuevo prefecto, luego de la renuncia de David Sánchez a finales del año pasado. Si bien se trató de un evento local, sus resultados autorizan una lectura nacional para medir las evoluciones electorales, y por lo tanto políticas del oficialismo y de la oposición a medio mandato del presidente Evo Morales y de los prefectos.
La primera conclusión, evidente, es que la elección de Chuquisaca confirmó la polarización política de Bolivia. La división en dos grandes bloques ya era perceptible en la presidencial del 2005 aunque en ese momento quedó algo oculta detrás del resultado del MAS, primer partido que ganaba con la mayoría absoluta de los sufragios. Sin embargo, un estudio atento de los datos mostraba que dos campos de peso relativamente equivalente se partían las preferencias de los bolivianos aunque un campo se había agrupado detrás de un solo partido y de un solo líder, el MAS de Morales, en tanto que el otro permanecía fragmentado en varias candidaturas. La Asamblea Constituyente confirmó esas estadísticas y demostró que el primer bloque concentraba de manera preponderante electores de las regiones occidentales y centrales, de las colonias agrícolas del oriente, de las áreas rurales y de los barrios pobres de las ciudades, deseosos de cambios fuertes en la conducción política, económica y social en tanto que el segundo bloque agrupaba sobre todo votantes del norte, del este y del sur, de las ciudades, de estratos más bien favorecidos, satisfechos con las orientaciones asumidas por el Estado a partir de 1985. El rechazo y el apoyo a la autonomía sólo tendieron a superponerse a esas líneas de contraste, menos por opiniones formadas sobre el asunto en sí que por la posición asumida por el Gobierno. La elección prefectural planteó esa división de forma muy simplificada: por un lado el MAS, por otro las fuerzas opositoras cobijadas bajo un manto cívico, el Comité Interinstitucional. Los indicadores subrayan que la polarización dominó los comportamientos: la participación, de aproximadamente 80%, fue alta y demostró una movilización de todos los sectores; los porcentajes de votos blancos y nulos bajos a pesar de que los candidatos tenían poco peso específico: baja notoriedad personal, escasa trayectoria pública, mínimo impacto de las personalidades a la hora del voto (ilustrado en el compacto apoyo de los barrios favorecidos a Savina Cuéllar, una postulante con un perfil social y político en las antípodas del candidato tipo que respaldan normalmente esos distritos). Por último, la propuesta de una tercera oferta, inscrita por AS, fracasó, sin espacio entre dos candidaturas claramente contrastadas.
La segunda conclusión, menos evidente, es que el equilibrio entre los dos grandes grupos se ha modificado poco en el transcurso de los últimos años. El conflicto político en el país se asemeja al frente franco–alemán de la I Guerra Mundial: dos inmensas trincheras se hacían frente a frente a lo largo de kilómetros. Quienes estaban en ellas tenían la impresión —ciertamente correcta— de estar en una batalla permanente, desgastante y de tiempo en tiempo de gran violencia, pero quien hubiese visto el escenario desde lejos y de arriba hubiese observado que en las trincheras efectivamente habían constantes combates pero que esas líneas se movían finalmente poco. Esa estabilidad resalta en el análisis de la elección prefectural. No se equivocan quienes observan la similitud de la votación para los candidatos a la Prefectura del MAS: D. Sánchez obtuvo 37,7% de los votos emitidos contra 41,3% logrados por Wálter Valda. El 2005, la suma de la votación por los candidatos de Podemos, UN, MIR y MNR dio 51,5%, Savina Cuéllar consiguió 48,5% (siempre tomando en cuenta los votos emitidos, no los válidos). Sin embargo, se debe ir más allá de la comparación entre las votaciones de Sánchez y de Valda para comparar los datos de Valda y de Morales el 2005 en la medida que en Chuquisaca se enfrentaron dos proyectos políticos distintos, más volcados a la política nacional que a los asuntos departamentales. En ese caso se puede señalar un retroceso del MAS de más de cinco puntos, que resulta quizá de dimensiones limitadas si se consideran los factores adversos que enfrentaba el oficialismo en Chuquisaca: un severo conflicto alrededor de la capitalidad de Sucre, un final accidentado de la Constituyente con muertos y heridos en esa ciudad, una dirección política y cívica cohesionada en su oposición a Morales. Ciertamente en otras regiones el rechazo al Gobierno ha sido igual o más intenso pero Chuquisaca se distinguía porque, sin formar parte de los territorios más firmes del MAS, le había otorgado en la presidencial 47,5% y su capital 48,5%.
La tercera conclusión es que detrás de la estabilidad de las cifras globales hay dos importantes evoluciones. Por un lado, en la capital, Valda retrocede con respecto a Sánchez de 39,4% a 23,6%, vale decir casi a la mitad y con respecto al apoyo a Morales la caída resulta aún más drástica. Hay razones que explican el desafecto hacia el MAS y hacia Morales, mencionadas arriba, en especial la negativa a aceptar la capitalidad plena para Sucre. Empero, se puede señalar que de una manera más general el desgaste gubernamental se da principalmente en las áreas urbanas. En ellas, Morales ganó gracias a los votantes populares, grandes sectores de clase media y grupos más pequeños de las clases privilegiadas, hoy esa alianza parece resquebrajada por el alejamiento de los núcleos que se adhirieron en la recta final al líder del MAS: los electores favorecidos y franjas de clase media, desilusionados con la gestión pública. Los estratos populares urbanos continúan respaldando al Gobierno: el quinto de sufragios conseguido por Valda en Sucre provino preponderantemente de ese segmento y es significativo dado el ambiente de escasa legitimidad institucional y mediática del MAS en esa ciudad. En los distritos centrales, los más tradicionales y acomodados, Valda superó con esfuerzo el 10%.
Por otro lado, el área rural se ha manifestado de forma amplia por el candidato del MAS, incrementando su respaldo de manera notoria de 35,3% a 66%, al punto de que ese aumento explica la estabilidad de las cifras globales. El voto urbano y el rural han abierto brechas y divergen fuertemente. Las manifestaciones de racismo que se produjeron en Sucre en los últimos meses, en especial con motivo de los festejos del 25 de Mayo, pueden ser razones particulares que reforzaron la votación del MAS. Esa clave de interpretación necesita ponerse en un contexto más amplio: en los últimos años, la política boliviana otorga una importancia creciente a la variable étnica. Las identificaciones étnicas se vuelven más relevantes y comienzan a guiar los comportamientos políticos y electorales de una manera que no lo hacían antes. Cuando el componente étnico adquiere preponderancia como causa de comportamientos políticos, los acontecimientos de la coyuntura política, económica o social pierden impacto para modificar las percepciones sobre los actores, lo que explica en buena medida la rigidez de las trincheras que separan los bloques descritos arriba.
Sin embargo, en Chuquisaca el concepto de “voto rural” pierde algo de su pertinencia pues es demasiado general, encubre realidades distintas. El MAS apabulló en ciertas provincias de Chuquisaca, como por ejemplo Yamparáez o Azurduy, donde reunió más del 70% de los sufragios, superando incluso la marca conseguida por Morales en esas circunscripciones. Esas provincias reúnen una población rural muy pobre, con algunas de las más dramáticas tasas de analfabetismo o de mortalidad infantil del país, con una limitada difusión del español, un elevado índice de autoclasificación de su población como indígena, un férreo control sindical. En cambio, en otras zonas rurales, en el sur de Chuquisaca o en el Chaco, los resultados, sin dejar de favorecer a Valda, aparecieron más equilibrados. La pobreza es menor, la identificación con las reivindicaciones indigenistas menos acentuada, la práctica del español más corriente, las formas sindicales o comunitarias de organización más laxas.
Por último, se debe anotar que la oposición ha atraído a su órbita a Chuquisaca, el eslabón más débil de la cadena electoral del MAS (de los cinco departamentos donde triunfó Morales, Chuquisaca era el que le había dado el triunfo más corto, donde el chaco, el sur y la misma ciudad de Sucre daban porcentajes consistentes a la oposición cuando no le entregaban la victoria). Ha sumado una prefecta para el frente de resistencia regional y, como muestran los datos de la encuesta de Fides, la idea autonómica ha progresado. La situación gubernamental es menos cómoda. La victoria opositora se ha dado gracias a esa estrecha zona gris donde las adhesiones al MAS o a la oposición no son inexpugnables: el bastión del MAS permanece firme y por ello el paso de un combate de bloques —como se dio en esta elección— a otro con dispersión de fuerzas —el caso más habitual— dejaría en situación confortable al oficialismo. El resultado de Chuquisaca ha alterado las correlaciones de fuerza sin provocar ninguna ruptura decisiva de las trincheras.
El resultado de Chuquisaca ha alterado las correlaciones de fuerza sin provocar ninguna ruptura decisiva de las trincheras.
*Salvador Romero B. es autor de la Geografía electoral de Bolivia, fue presidente de la Corte Nacional Electoral.
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