El lunes pasado el señor Presidente de la República se dignó a recibir al nuevo nuncio apostólico de Su Santidad el Papa, el arzobispo Mons. Luciano Suriani. En la fachada del Palacio Quemado, la guardia presidencial, con sus uniformes colorados, rendía los honores militares; saludo a la tricolor, la bandera nacional —todavía no a la wiphala— sables desenvainados relampagueaban los reflejos del enceguecedor sol altiplánico, sonoros himnos nacionales y otros saludos de rigor. Minutos antes, ambos personajes habían sostenido una conversación privada a la que nadie tuvo acceso. ¿Qué se dirían? ¿Que las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia boliviana son como una seda o como una ortiga? Al fin, todo fue perfecto, como prescribe el ceremonial de un Estado que se respeta. Sólo falló un ´pequeño´ detalle: Don Evo había hecho esperar seis semanas al representante personal de Benedicto XVI, hecho que nadie recuerda se hubiese producido en el pasado. O que puede que se registre en ciertos casos en que los países representados sostengan una relación hostil, pero que, sin embargo, pretendan guardar las formas acreditando embajadores en ambas capitales ¿Qué no hubo tiempo? El día es muy largo cuando se enciende a las cinco de la mañana y no termina hasta altas horas de la noche.
Me pregunto, y también pregunto a mis apreciados lectores, si la Iglesia Católica ha dado motivos para que el Gobierno boliviano la trate con malcriado desdén. (En todo caso hubo algunas caricias un tanto ásperas, pero con vaselina). Otro detalle ingrato: es usual que la prensa y otros invitados presencien el acto y puedan escuchar los consabidos discursos y hacer las habituales fotografías. Pues esta vez, una autoridad palaciega prohibió a los periodistas pisar el salón de la ceremonia para que dejara huella ad perpetuam rei memoriam, latinajo cuyo sentido conoce todo el mundo pero que un patán entendía como ´a la memoria del rey perpetuo´. Sólo permitieron el acceso a los reporteros gráficos. La foto que aparece en la prensa: Evo, con una expresión amarga, evita dar la mano al Nuncio.
¿Este era el tratamiento correcto al representante de la Iglesia que en tantos casos cumple misiones educativas, benéficas y sociales, las que no cumple el Gobierno a no ser cuando hay que regalar a manirrota (venezolana) para ganar votos populares? El hecho tiene mayor acritud en tanto el Departamento de Estado vaticano aceptó sin chistas al embajador que el presidente Morales le envió a Roma. A los pocos días de llegar a la ciudad eterna, la pimpante guardia suiza le rendía honores y había presentado las credenciales, sostenido la consabida conversación privada con Benedicto XVI, y posado junto al Pontífice para la foto. Me pregunto, como mínimo, ¿dónde está la reciprocidad tan exigida en el trato diplomático? Es que en la Cancillería de la plaza Murillo su jefe no lee libros. Y de verdad que hay que leerlos cuando se envían o reciben embajadores de estados superalfabetizados.
Quiero terminar certificando que antes de enviar este artículo al periódico no he molestado a la Nunciatura implorándole el hihil obstat. Mea grandíssima culpa.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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