Desde el atentado de Yacuiba que se maneja el concepto de “terrorismo de Estado”, es decir, de la violencia promovida por el poder; es lo más grave que le puede ocurrir a nación alguna. Con la institucionalidad quebrantada, el sistema democrático se debilita.
Entre las preocupaciones que son muy grandes en la Bolivia actual, inquieta la aparición de grupos de choque, ya observados en épocas dictatoriales o cuando irrumpió el temido Control Político de la Revolución Nacional. Aquéllos respondían, esencialmente, al terrorismo de Estado, lo que es intolerable y trae graves consecuencias a la sociedad.
Durante la primera mitad del siglo pasado, en Europa hubo regímenes nazi-fascistas que conformaron y alentaron, como apoyo callejero, a milicias de choque armadas, representadas en la Alemania hitleriana por los “camisas pardas” de las S.A. o los “camisas negras” italianos de Mussolini.
En Argentina, como una muestra, se desarrollaron organizaciones de choque como los llamados “descamisados” de Perón y, años después, los grupos terroristas del ERP y Montoneros, que provocaron la “guerra sucia” y fueron exterminados, casi en su totalidad, por la inclemente dictadura militar argentina. Algo similar pasó en Chile con el MIR, que corrió una suerte parecida a la subversión en Argentina.
En Bolivia, concretamente en Santa Cruz, viene actuando un grupo paramilitar, la Unión Juvenil Cruceñista (UJC), ligada estrechamente al Comité Cívico de ese departamento. La UJC surgió por los años 50 del siglo pasado con el propósito de reclamar por las regalías del 11% de la producción petrolera y, por lo tanto, para enfrentar al gobierno de entonces, que no cumplía con la ley dictada por el presidente Germán Busch a favor de los departamentos productores de hidrocarburos.
La UJC tuvo que replegarse ante las milicias campesinas armadas del MNR. Pero, la UJC siempre estuvo presente, como arma ofensiva, en los grandes acontecimientos cruceños, y hoy ha cobrado renovada fuerza, llegando a acometer contra instituciones como la Policía.
Pero lo grave es que en todas las regiones del país se están conformando fuerzas de choque. Una es la anunciada creación, en Santa Cruz, de la Unión Juvenil Popular (UJP), que responderá a la Central Obrera Departamental y al MAS. Esta agrupación, donde se alistarían mayoritariamente campesinos de las zonas de Yapacaní y San Julián, tiene como propósito enfrentar a la UJC y como meta que el presidente Evo Morales pueda llegar hasta la Plaza de Armas cruceña. Hasta ahora, el Primer Mandatario ha viajado frecuentemente a la capital oriental, pero sólo a los barrios marginales alejados del centro o a las provincias.
El panorama se torna peligroso porque, de la misma manera, se están conformando grupos de choque en Chuquisaca. En este contexto, no quedan el margen los afamados Ponchos Rojos, que, surgidos en el altiplano paceño, pretenden extender su influencia al resto del país. Tampoco El Alto está ausente de estos propósitos; y menos el Gobierno, que ha convertido en auténticas milicias a los llamados “movimientos sociales”.
Desde el atentado de Yacuiba que se maneja el concepto de “terrorismo de Estado”, es decir, de la violencia promovida por el poder; es lo más grave que le puede ocurrir a nación alguna. Con la institucionalidad quebrantada, el sistema democrático se debilita día tras día y, en última instancia, oficialistas y opositores, impotentes ante la crisis, van transfiriendo a las calles sus respectivas responsabilidades de decisión.