Mientras algunos tiran bombas en Yacuiba, otros gastan cheques venezolanos para seguir en el poder y unos defienden sus prefecturas; cuando algunos quieren el retorno del Focssap, cuando no pocos siguen charlando con las FARC, en tanto crecen los cocales y el Estado se hace de la vista gorda; mientras se lanzan discursos confrontacionales y belicosos para levantar a unos contra otros. Mientras todo eso sucede en la esfera de la política, en otros campos de la vida real hay otros que tratan de hacer avanzar al país, que se rajan el lomo trabajando entre Uyuni, el desierto contiguo, en Laguna Colorada, Jirira o Tahua. Todo esto en el salar de Uyuni, que es uno de los tesoros paisajísticos del país.
Ya sea entrando por Uyuni (dos horas) o haciéndolo por Jirira (una hora) se llega a un hotel de sal ubicado en Tahua, que pertenece a la cadena de hoteles ecológicos Tayka. Luego de horas de polvo por carreteras mal hechas, uno puede toparse con la belleza del Thunupa, volcán que protege a todos quienes viajan al salar. Inmersos en esa extraordinaria laguna o mar de sal, cuando el asombro por la belleza no ha pasado, luego de que no se puede creer que haya paisajes de esa dimensión, se puede pasar inmediatamente a pedir albergue en un alojamiento, en una posada, o se puede hacerlo tocando las puertas de un hotel. Pero, no de un hotel cualquiera, sino de uno de sal —sí, de sal— ubicado en la población de Tahua, al lado de muchos chulpares y pucaras.
Ya al abrir las puertas del hotel, los ojos no pueden dar crédito a lo que uno ve: la elegancia, calidez, los diseños arquitectónicos hechos con un extraordinario gusto. Quince habitaciones con vista al salar, calefacción solar, comedor de primera, chimenea de leña del lugar o calentadores a gas para no pasar frío. Cada habitación pulcramente arreglada, con todas las comodidades de cinco estrellas, en lugares donde uno ni siquiera pueda sospechar que puedan haber tantas comodidades, y que las haya justo al lado de ese inmenso salar que obliga a la reflexión y al respeto. A toda hora, a pocos kilómetros del hotel se puede dialogar con los flamingos, pasear la Isla del Pescado con sus grande cactus —material utilizado para parte de los muebles del hotel—, sus cuevas y su disposición a recibir quien llegue por la zona.
En pleno comedor, sentados en sillas de sal, dos jóvenes profesionales bolivianos, Vladimir Lazo y Ernesto Rossel, cada uno enfundado en sus overoles, se la pasan horas enseñando, capacitando a los trabajadores de la comunidad para hacer de ese hotel de sal un lugar inolvidable. Y pasan muchas horas más pensando cómo administrar mejor los recursos que dan el BID y la Fundación Prodem para el funcionamiento del proyecto de los hoteles ecológicos de la zona. Al ver a esos jóvenes, llenos de fe, dispuestos a dar todo su esfuerzo para que el turismo nacional y extranjero llegue a Bolivia; al verlos con tanta paciencia transmitir sus capacidades a la comunidad, uno siente envidia por su trabajo, pero ante todo siente que hay futuro en este país.
*Carlos Toranzo R. es economista y analista político.
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