La Paz es una ciudad grande y agitada con una gran cantidad de personas solitarias. El club Medio Mundo abre una opción para hombres y mujeres tengan oportunidad de conocer gente.La Paz es una ciudad grande y agitada con una gran cantidad de personas solitarias. El club Medio Mundo abre una opción para hombres y mujeres tengan oportunidad de conocer gente.
Texto: Sandra Verduguez Fotos: Miguel Carrasco
Sábado, primeras horas de la tarde. Hace calor, las calles se ven menos transitadas y un aire de quietud anuncia la tregua del fin de semana. Es el descanso esperado por los que viven en pareja o con la familia, pero también el silencio y la soledad para quienes viven solos o solas, para quienes la quietud del hogar puede resultar más que reparadora, amenazante.
José Luis, un soltero de 45 años, guarda una de las tantas historias que, calladas y sin llamar la atención, miran de lejos la experiencia de aquellos que pasan la vida con compañía. “Preferí no casarme porque veo muchos matrimonios que han fracasado, veo gente de mi generación con dos o tres matrimonios, hijos regados por ahí y madres a cargo porque el padre desaparece. Pero soy un hombre solo, al igual que muchos otros que viven encubiertos en La Paz. Reconozco que somos muy conservadores, muy cerrados y no encontramos la forma de canalizar nuestra soledad”.
Un trago y una bocanada de humo dan paso a la reflexión de José Luis. “Aquí, la gente sola no se suicida como en otros países, pero se amarga, se vuelve alcohólica, drogadicta y tremendamente antisocial. Cuando te sientes solo tu carácter cambia, te llenas de frustraciones, de amarguras, de desencantos… si miras tu vida en retrospectiva es duro, porque a veces no te reconoces”.
Aurora es una mujer de 60 años que vive con una dama de compañía. Tiene una linda familia, hijos que ya han hecho su propia vida y nietos que la alegran durante el día. Pero al llegar la noche o el fin de semana, siente el peso de ser viuda. “En nuestra sociedad, los varones se mueren muy temprano y quedamos muchas mujeres viudas y solas que necesitamos un compañero, no para ir al matrimonio, sino para tener a alguien con quien ir al cine, al teatro o volver a la casa a las once o doce de la noche”.
A medida que relata, Aurora aumenta el volumen de su voz y enfática dice que en La Paz los hombres son sumamente tímidos, retraídos e introvertidos. “Es de no creer, pero la mujer es la que tiene que tomar la iniciativa. Una tiene que llamarlo, animarlo o decirle ‘hola fulanito, vamos al cine, están dando una bonita película’, o ‘¿te gustaría ir a este concierto?’, porque ellos no lo hacen y nosotros tendríamos que quedarnos esperando, ¿no es cierto?”. mira a una amiga que asiente como respuesta.
“El hombre se encierra en una soledad muy triste, más triste que la de las mujeres. Conozco caballeros que viven en una soledad espantosa, que se han dedicado al alcohol o a la droga y se mueren sin que nadie se entere”, termina con voz triste.
Un club para solitarios Hace 10 años, Deyli Mercado Cárdenas leyó un libro publicado por el Club de Solos y Solas de Buenos Aires y encontró anécdotas e historias de los matrimonios que logró en sus dos décadas de vida. Tiempo después, este libro la inspiró para abrir un club para solos y solas en La Paz. “No había un lugar para la gente que busca compañía o una pareja... veo que los de más edad buscan compañía y que los más jóvenes quieren una pareja y yo quiero darles esa oportunidad. Bauticé Medio Mundo al club porque quiero que represente a todas esas personas que están en busca de su mitad.”
El club se inauguró en la ex casa de campo Pachamanka, en Irpavi 2, pero era difícil llegar, sobre todo para las personas mayores. Ahora funciona en la calle 21 de Calacoto, en el número 8398 y sus reuniones continúan siendo los sábados en la tarde, pero con más concurrencia que antes.
La aventura del encuentro La reunión de los sábados está pactada para las cuatro de la tarde, pero las personas van llegando recién después de las cinco. El lugar es acogedor: la gente llega y se presenta con cautela... Hay varias mesas, pero casi automáticamente cada quien va uniéndose a grupos de acuerdo a su edad. Cuando el ambiente se distiende, empieza la charla y lentamente van saliendo a la luz experiencias de vida que en otras ocasiones tal vez no se comentarían. Son historias que van fluyendo sin descanso y que, cuando se cuentan, dejan de ser únicas y particulares. Tienen mucho en común con las demás y hasta parece que llegan a confundirse unas con otras.
El tiempo transcurre y la magia del lugar hace que hombres y mujeres emprendan un viaje inesperado, con pronóstico de conquista para unos o de amistad para otros. No es como en una página web: aquí las personas se encuentran físicamente, se ven cara a cara y escogen con quiénes pueden tener afinidad.
Poco después, ya en confianza, viene el intercambio de teléfonos y correos electrónicos para acordar la hora de llegada el próximo sábado o para encontrarse durante la semana. Son cerca de las once de la noche, la reunión termina y a José Luis le parece que este espacio será muy bueno para los solitarios de La Paz. Él ha venido a buscar una esposa y quiere ser el primer matrimonio del club. Al despedirse, Aurora recuerda al grupo: “yo necesito un caballero que comparta conmigo mis momentos de soledad”.