No sabemos si todos los miembros del MAS tienen la misma óptica respecto a la imagen que ofrece el Presidente de la República en el exterior, pero estamos seguros de que más de uno se debe espantar, como nos espantamos el resto de los bolivianos. Al Canciller no le podemos pedir que se alarme por nada, porque para él, un campesino teólogo de deidades andinas, todo está en estudio, nada es grave y todo es cósmico. Todo deviene del caos y volverá al caos. Es lo que llamamos un ´pancho´. Y tampoco podemos pedir que los palaciegos que rodean a S.E., aquellos muchachos de avería que jamás pensaron ni pisar el Palacio, se inquieten por las expresiones de don Evo, porque ellos mismos utilizan expresiones pandilleras, barriobajeras, confusas, de imposible interpretación. Y es natural, debido a que se han desenvuelto en un medio donde las palabras no tienen mayor valor que su sonido. Entonces, se las oye, pasan y se olvidan.
Pero eso es tolerable en las barriadas, en las aglomeraciones donde las palabras surgen para ocupar un tiempo determinado, aunque no expresen nada. Nadie de los asistentes espera entender nada. La cosa es que las voces sean altisonantes e ininterrumpidas, sin vacilaciones. Allí es donde quien más grita y amenaza con el puño vibrante, y quien más dice que quiere morir por el jefe y la causa, recibe los mayores aplausos y termina convertido en líder. Lo hemos visto, por ejemplo, en concentraciones en El Alto, cuando un desconocido ha tomado la palabra, ha arremetido contra una empresa, ha quemado algunas llantas provocando humaredas, ha movilizado gente desposeída hacia la ciudad, y ha terminado jurando como ministro. Un ministerio que le ha durado lo que le duró su poco esfuerzo por llegar a la cima, y que se lo quitaron otros con sus mismas calificaciones, es decir, ninguna.
Los jefes masistas que se dan cuenta de esto —que los hay por cierto— no van a tratar de acallar a los alborotadores ambiciosos porque pueden salir mal parados, hasta ultrajados. Pero deberían esforzarse porque S.E. no caiga en exabruptos criticables. Alguien tiene que decirle a S.E. que lo que habla en cualquier rincón del país queda registrado en los medios. Y que los medios lo van a difundir a los cuatro vientos. Pero hay que advertirle a S.E. que la labor de los medios es ésa: informar sobre lo que dice o hace el Presidente. S.E. debe entender que si él afirma algo y la prensa lo reproduce, no es por hacerle daño a él, sino porque están esperando que hable para divulgarlo. Es su tarea.
No acaba S.E. de reunirse con el secretario adjunto del Departamento de Estado norteamericano, señor Shannon, y no acaban, ambos gobiernos, de anunciar una nueva agenda, cuando S.E. ya está, otra vez, denunciando a los estadounidenses de conspirar en su contra. No acaba de mandar callar a su desaliñado embajador en Washington, que tuvo la indiscreción de reconocer que el Palacio Quemado se enteraba de la correspondencia electrónica de la embajada yanqui espiándola, cuando vuelve a la carga con que existen ´pruebas´ de conspiración gringa. S.E. tiene fijaciones mentales sobre las que, al parecer, vuelve periódicamente. Por lo menos tiene tres claras: el imperialismo yanqui, Perú y la oligarquía cruceña.
S.E. ha dicho muchos disparates en lo que va de su administración. Algunos quedarán en la historia como los que le atribuyen a Melgarejo, con la diferencia de que a Melgarejo le achacan demasiadas anécdotas como ciertas, mientras que a S.E. le graban diariamente todo lo que sale de su boca. A propósito, para espanto nuestro y de las naciones que todavía se fijan en nosotros —el mundo civilizado ya se olvidó de Evo Morales— su último disparate sobre la ilegalidad con que gobierna ha sido francamente atroz. Nos ha quitado el aliento a los bolivianos y debe haber causado pasmo entre nuestros vecinos. Y nos da la razón a los bolivianos y desazón a los extranjeros cuando quiere embutirnos una Constitución a su amaño o un referéndum torcido. ¿Para llamar a sus abogados después?
*Manfredo Kempff S. es escritor y diplomático.
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