Don Evo Morales se ha despachado una de antología, me refiero a su “si es ilegal le meto nomás”. Evo, a contrapunto del mundo romano, deja de lado la sentencia que dice que la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo; y plantea que el inca del siglo XXI no sólo no debe respetar la ley, sino que debe proclamarlo.
Mi amigo Puka, en su columna del viernes, se ha rasgado las vestiduras ante esta aseveración y ha dicho que con esto el Presidente da luz verde a los bolivianos para ser: evasores de impuestos, contrabandistas, narcos, falsificadores, cacos, piratas y demás lindezas. Discrepo con Puka, porque creer eso sería como suponer que el problema de la sobrepoblación en los países católicos tiene que ver con la prohibición papal de usar medios anticonceptivos no naturales. Seamos honestos: don Evo, con esta apología del desprecio a la legalidad, no ha descubierto la América, y no ha dado ideas nuevas a nadie. Lo cierto, y lo trágico, es que en realidad nos estamos enfrentando ante la variante más burda de lo que es la política boliviana de los últimos tiempos. Evo es Presidente de Bolivia porque las mayorías se sienten identificadas con él; Evo va a ganar el referéndum (si es que éste tiene lugar) por el mismo motivo.
El Presidente ha sido sincero en un tema que no debería sorprendernos; aunque, eso sí, debería seguir avergonzándonos. Y se ha lanzado con una proclama con la que una inmensa mayoría se puede identificar: los bolivianos despreciamos la legalidad. El contrabando, el producir y el vender insumos al narcotráfico, el evadir impuestos, el dar coima y el robo, sea de cacos o de banqueros, es parte de nuestra “cultura” y de nuestra realidad. Que Evopueblo se abanique en la legalidad es, pues, un punto más para que la gente lo sienta cercano. ¿Actuaron los anteriores gobiernos de una manera distinta? Sí y no. No, porque no fue una casualidad que uno de los abogados más crápulas de la plaza terminara como figura influyente del ancient regime. Y sí, porque hubo un esfuerzo verdadero para institucionalizar al país, esfuerzo que ahora está siendo echado por la borda.
Lastimosamente, este desprecio por la legalidad no cambia con alfabetizaciones express, ni con propaganda las 24 horas del día y mucho menos desaparecerá gracias a un supuesto cambio de protagonistas, porque los que vienen no son, por el simple hecho de que semejante cosa no existe, la reserva moral de la humanidad; no cambiará ni con una nueva Constitución. Sólo puede empezar a cambiar cuando quienes detenten el poder político digan que sí les importa la legalidad. Don Evo y los suyos, perdieron su oportunidad.
*Agustín Echalar A. es periodista independiente.
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