Se dice que el Mariscal de Ayacucho, don Antonio José de Sucre, al dejar el país, herido por un atentado contra su vida, humillado, amargado y luego de sufrir un asalto armado camino a su destierro, al pasar por la frontera miró hacia atrás, para maldecir a Bolivia y a los políticos bolivianos, al acusarlos de sacrificar el futuro del país por la mezquina e incansable búsqueda del poder.
Al parecer, la pérfida maldición del Mariscal todavía nos acompaña hasta nuestros días. En efecto, en las últimas elecciones, cuando el país pidió el cambio, lo hizo fundamentalmente pensando en los políticos que a través de los años tanto daño le hicieron a nuestra querida Bolivia. Lo hizo también pensando en que el país podía asumir un nuevo liderazgo el que, sin lugar a dudas, se podía trabajar por el engrandecimiento de Bolivia y de todos los bolivianos. Y, por supuesto, no menos importante, lo hizo pensando en que la nueva administración podía eliminar las viejas prácticas de la corrupción política, que también significan el hacer un mal trabajo, el hacerlo a medias y de una manera ineficiente, el hacer malos contratos, el no cumplirlos, el asumir malas decisiones o determinaciones o el llevar a personas incapacitadas a la función pública; es decir, todo aquello que le cause pérdidas y rémoras al Estado y a la sociedad boliviana en su conjunto.
Y ¿qué tenemos después de dos años y medio de la actual administración de gobierno?, política y más política, todos los días. Una insaciable e incansable lucha por ocupar todos los espacios de poder, a cualquier costo y a cualquier precio, inclusive utilizando el aparato estatal y gubernamental para cumplir esta poco loable tarea.
Cuando, en realidad, hay tanto que hacer por el país. Por ejemplo, desarrollar el sector rural, donde vive el 40 por ciento de la población y donde el 95 por ciento de la población se encuentra debajo de la línea de la pobreza. Lamentablemente, este sector todavía se mantiene en las mismas condiciones de miseria, en las que se lo dejó después de la Reforma Agraria de los años de 1950.
Cómo no invertir en tecnología y capacitación del sector agrícola, para evitar que el campesino boliviano siga utilizando el arado egipcio, inventado hace más de cuatro mil años; sobre todo, en circunstancias en las que los mercados internacionales han incrementado significativamente su demanda por granos y productos alimenticios inorgánicos. Ahora que contamos con importantes recursos provenientes de la venta de gas, no debería haber excusas para hacer algo por este sector, donde están concentrados los mayores bolsones de pobreza del país.
Cómo no invertir en infraestructura para el turismo, cuando Bolivia tiene la variedad climática más grande del mundo, los parques nacionales con la mayor biodiversidad de flora y fauna de todos los continentes. Tiene, además, turismo de montaña, de trópico, de lagos y salares, de pantanal y amazonia; sin desmerecer el turismo arqueológico, histórico y cultural de la bella Bolivia. Por si los políticos todavía no se han enterado, un turista es una fuente de trabajo, recordándoles además que sólo el Cusco recibe más de un millón de turistas al año.
Cómo no invertir o dejar invertir en el sector minero de Bolivia, cuando todos los textos de geografía que se estudian en las escuelas del mundo reconocen a Bolivia como el país que cuenta con una de las mayores riquezas minerales, no sólo del continente americano, sino también del propio mundo. A pesar de esto, mientras las inversiones del sector minero en el Perú han sido de 39 mil millones, en Bolivia apenas han sido de algo más del uno por ciento de esta cifra.
Sin embargo, los bolivianos parece que no entendemos. Tal como va la agenda de la política del país, tenemos la impresión de que todavía tendremos dos años y medio más de “política y más política”. Si sumamos este plazo a los dos años y medio que pasamos practicando esta actividad, llegaremos a una media década perdida, de hacer y seguir haciendo esta poco honorable e ignominiosa actividad, que en Bolivia se ha convertido en una verdadera profesión o un deporte de práctica nacional...
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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