Tú revocas, él revoca, nosotros revocamos, ustedes revocan, ellos revocan…Yo revoco”. Este juego de conjugaciones es la metáfora de un juego de palabras vacías, de frases sin contenido, de artificios políticos en medio de la frustración y el cielo enrarecido de quienes están sumidos en la confusión, atrapados en sus insuficiencias, incapaces de responder con un mínimo de coherencia a su rol histórico, a responder las demandas de la sociedad y sus propios fantasmas, aquellos con los que llegaron a tener un poder que no saben usar.
Si la razón por la que Evo Morales llegó donde llegó era para cambiar el curso de las cosas, para transformar un país que necesitaba y necesita desesperadamente una transformación desde muchas de sus raíces, si la razón por la que llegó era para tomar todo lo bueno de lo construido y sumarlo a los cimientos que le tocaba plantar para edificar este nuevo tiempo, podríamos muy bien comenzar a afirmar que ni el Presidente ni su equipo entendieron el mensaje que les dio el país el 18 de diciembre del 2005.
No lo entendieron por la simple y sencilla razón de que jamás tuvieron claro qué es lo que les tocaba hacer, para qué los eligieron, qué crucial momento les tocaba encarar, y entendieron menos todavía que tenían en la mano todos los instrumentos que ninguno de su antecesores tuvimos desde hace más de medio siglo. Esa incomprensión fatal nos ha conducido a este aparente callejón sin salida. Aparente, porque, finalmente, la sociedad boliviana, como siempre en el pasado, acabará por encontrar una salida, aunque con un costo que todavía no somos capaces de calcular.
Muchas de las razones que explican esa miopía, a estas alturas más que evidente, es la suma de buenos deseos, impulsividad, irreflexión, falta de responsabilidad en la administración del aparato del Estado y por encima de todo, un quiebre dramático entre el discurso y la práctica. Ni el Presidente ni su gobierno quieren aceptar que no encaran el arte de gobernar con el mínimo requerido para hacerlo, con la mente abierta para aprender, con la conciencia de que hay que poner a un conglomerado humano del más alto nivel de eficiencia en puestos claves en lo técnico y que hay que contar con un equipo político que supere dos problemas: la ideologización cerrada a los desafíos del siglo XXI y la incapacidad de compatibilizar práctica sindical y callejera con alta política. Es perfectamente comprensible que precisamente por la falta de oportunidades, muchos de quienes hoy detentan poder carecen de la formación académica adecuada, pero es inaceptable que acaben jactándose de ello y convirtiéndolo en una virtud (en esa misma lógica perversa de suponer que ser pobre es una virtud). No, esas insuficiencias demandan un trabajo y un esfuerzo mayor de aprendizaje que el propio Presidente desprecia olímpicamente, con un estilo de gobierno en el que la hiperactividad pretende ocultar el horror al vacío que parece causarle el trabajo de gestión en el Palacio de Gobierno.
¿Por qué estas reflexiones en medio del zafarrancho del referéndum? Porque creo que esta nueva cita electoral es el disfraz de esta triste realidad, el disfraz de la incompetencia, el disfraz de la desorientación, la respuesta fácil para huir hacia delante, para jugar al falso día “D” (éste debe ser el quinto o sexto falso día “D” desde que comenzó el Gobierno). Ante la absoluta carencia de ideas sobre cómo resolver la crisis y la polarización, el enfrentamiento absurdo e irracional, la respuesta fácil es trasladarle el fardo al pueblo. Un fardo que se está llevando por delante lo poquísimo que nos quedaba de institucionalidad.
Lo más penoso de todo es que para seguir adelante en este sinsentido, nos enfrascamos en debates tan absurdos que cualquier observador externo no puede menos que mirar con lástima. Llevamos tres semanas discutiendo una obviedad, la “constitucionalidad” del referéndum. Lo único claro de este debate es que nuestros constitucionalistas se han graduado como maestros de la libre interpretación, de la chicana, antes destinada a los procesos civiles y penales, hoy usadas en el ámbito más conceptual y profundo de cualquier democracia, el referido a la Carta Magna. Si somos capaces, a partir de la inexistencia del árbitro tan cínicamente destruido por el Gobierno, de debatir días y días sobre los excesos, o la legitimidad de la “presunción de constitucionalidad”, si el Congreso puede algunas veces en medio de la ilegalidad forzada por el Gobierno y sus “movimientos sociales” que le permiten aprobar lo que le dé la gana y algunas otras aprobar engendros que insultan la inteligencia del ciudadano a partir de la calculada o no calculada estupidez de la oposición, normas que no hacen sino seguir destruyendo nuestras bases esenciales, eso quiere decir que no sólo el Gobierno ha perdido el norte (o quizás nunca lo tuvo), sino que todos estamos siendo arrastrados a un camino equivocado, taponado por problemas, intransigencias y la peligrosa sombra de la violencia. Sólo es posible aceptar este ejercicio ridículo de defender con ahínco la flagrante inconstitucionalidad de los últimos cuatro referendos y del quinto que tenemos en puerta. La ley ha sido rota sin contemplaciones por Gobierno y oposición y la defensa de esa ruptura es simplemente un ejercicio de cinismo.
El referéndum es una piedra más en este camino sembrado hacia el infierno. Está viciado de inconstitucionalidad, está sujeto a todas las dudas del mundo, el resultado será cuestionado por todos. Todos dirán que han ganado y que el otro ha perdido, todos se acusarán mutuamente de fraude, salvo quizás unos pocos cuya derrota sea un revocatorio inequívoco.
No se necesita ser un adivino para saber que sin referéndum o con referéndum, el 11 de agosto estaremos algo peor que el 9 de agosto. Ambas fuerzas en conflicto seguirán creyendo que pueden derrotar al contrario. La siguiente página será el referéndum constitucional y así hasta que finalmente la sensatez vuelva.
Me ratifico en la idea de que, en efecto, uno no puede ni debe escoger entre dos ciegos dándose de palos.
*Carlos D. Mesa G. es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
Triunfos de la droga
Si esto fuera un partido de fútbol, se podría decir que en el curso del último mes el narcotráfico se puso en ventaja sobre la Bolivia legal por 2 a cero.
Un Presidente y un monarca
El “cambio” que predican los gobiernos populistas se parece como mellizos. Lo he comprobado al extractar un artículo de Joaquim Ibarz, en el diario barcelonés La Vanguardia.
El líder, su pueblo y el cambio
Don Evo Morales se ha despachado una de antología, me refiero a su “si es ilegal le meto nomás”. Evo, a contrapunto del mundo romano, deja de lado la sentencia que dice que la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo
¿Quién manda en las empresas estatales?
Con brío renovado han vuelto a la cancha de la economía las empresas estatales prometiendo ser los ejes del nuevo modelo de desarrollo. Gran expectativa pero viejas preguntas.
Política y más política
Se dice que el Mariscal de Ayacucho, don Antonio José de Sucre, al dejar el país, herido por un atentado contra su vida, humillado, amargado y luego de sufrir un asalto armado camino a su destierro, al pasar por la frontera miró hacia atrás
El fin de la hegemonía americana
Fareed Zakaria, columnista de Newsweek, habla del “mundo posterior al dominio americano” para referirse al que nos aguarda en los próximos años. El primer cambio evidente al que se enfrenta EEUU tiene que ver con la aparición de un mundo multipolar.