Un centro cultural con un coliseo, museo y hostal es la nueva morada de la danza afroboliviana que crece a sólo media hora de Coroico.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Ángel Illanes
La tierra del café vibra. Las siluetas de los niños Henry, Mayeli y Mayvelín bailan y cantan al ritmo de la caja y el tambor mayor en la espesura verde de los Yungas . “Esta saya que cantamos/ llévense como recuerdo/ de Tocaña”, suena la bienvenida en la comunidad donde ahora la saya tiene su propia casa.
Un pequeño salón y a la vez almacén era improvisado para los ensayos de la Saya Afroboliviana hasta hace unos cinco años.
“Antes, esto era un pajonal, donde además secábamos la coca recién cosechada”, cuenta Basilia Candela Barra Pinedo, una mujer morena que bordea los 70 años, mientras los tres niños de color danzan el baile de raíces africanas en el nuevo Centro Cultural Comunitario en Tocaña, a media hora de de viaje del municipio turístico de Coroico en La Paz.
La Saya realiza cerca de 72 presentaciones por año. Públicos de Uruguay, Perú y Chile, entre otros países, bailaron al compás de la caja y el tambor mayor, pero nunca pudo hacerlo en su propio inmueble. Ahora, los turistas de todo el mundo podrán verlos también en el Centro Cultural de Tocaña, inaugurado este mes gracias al aporte del Gobierno de los Estados Unidos mediante la agencia para el desarrollo Usaid, a través del Proyecto de Desarrollo de Comunidad Integrado.
Desde un pequeño salón
Una pequeña planicie se encuentra en la entrada a Tocaña. Desde ese sector se ve gran parte del trópico de Nor Yungas y, justo al frente, Coroico. “Esta es la comunidad negra yungueña”, expone Desiderio Vásquez, dirigente de la Central Agraria de Coroico que agrupa a 100 poblaciones.
Hasta el 2003, los comunarios secaban las hojas de coca en ese sitio. “No había nada aquí antes, sólo existían pajonales y algunos árboles”, recuerda Basilia Candela, una chola yungueña con el rostro bañado por el sol radiante.
El espacio donde se seca la coca es conocido por todos los yungueños como “cachi”, la palabra no es aymara ni quechua, pero es el lugar elegido para aquella labor que viene luego tras la cosecha.
Fue ahí donde los impulsores de la Saya Afroboliviana decidieron construir el 2003 el Centro Cultural Comunitario de Tocaña. Pronto, una sala para presentaciones y ensayos, y algunas sillas sirvieron para recibir a algunos turistas en las presentaciones de la saya, pero el espacio quedó pequeño. El crecimiento del movimiento cultural y el interés por conocer la tierra de la saya en los Yungas hizo que el 2006 representantes de la comunidad solicitaran al Gobierno de Estados Unidos la ampliación y remodelación del centro. La obra demandó una inversión de 444.000 bolivianos. Una contraparte la pusieron también los comunarios.
Aquello que fue un salón tiene un centro para recibir a turistas, un museo y un hostal turístico de los que 32 familias se beneficiarán directamente y toda la comunidad de manera indirecta.
“Aquí, primero fortaleceremos la cultura afro con presentaciones y así rescataremos algunos fondos para que vengan más turistas”, promete Vásquez enfundado en una blusa blanca adornada con cintas rojas, amarillas y verdes, y un sombrero negro con una cinta roja.
Uno de los principales retos de los afro es recrear en el nuevo centro cultural una antiquísima ceremonia fúnebre. “Ya lo tenemos todo planeado, ahora que tenemos más espacio haremos eso y más”, sostiene Desiderio.
Baile sin edades ni credos
La saya es mágica. Esa quizá sea la razón por la que hasta el párroco Freddy del Villar, que bendijo la obra, se pone a bailar cuando la caja y el tambor mayor empiezan a sonar junto al rasguido de la coancha que acompaña a la contagiante danza mientras los morenos afroyungueños mueven caderas, manos y hombros.
Si hasta hace algunos años se decía que los niños y jóvenes tenían dos opciones para divertirse: ir al río a nadar o jugar al fútbol, ahora Desiderio Vásquez Larrea agrega una más.
“El bailar la saya, porque todos llevábamos esta danza en la sangre. Aquí te mueves, lo mismo que pasa con los árboles cuando se agitan con la brisa yungueña”.
Los niños son la semilla
Henry, de cinco años, aún no sabe qué será de mayor, pero quizá la saya haya decidido por él. No lleva puesta la blusa y el pantalón blanco, menos el sombrero negro que lucen los mayores, pero eso no le importa. La cuestión es moverse. Henry aprendió de su padre Juan Vásquez algunos pasos, pero lo básico lo heredó por los genes de sus progenitores.
“Es fácil nomás, sólo tienes que moverte al ritmo del tambor y soltar las manos”, formula Henry con una sonrisa franca.
Algo similar pasa con Mayeli, de cuatro, hija de Maricruz Ballivián, y Mayvelín, también de cuatro, hija de Teodora Zabala, quienes transmitieron a sus pequeñas el amor por el baile que trajeron sus abuelos desde África.
Los tambores suenan, las polleras se agitan con el viento cuando las cholas de Tocaña dan vueltas sobre sí, al igual que Mayeli, la niña a quien sólo le falta el sombrero para asemejarse a sus mayores. De fondo el coro canta:
“Tocaña está muy contento/ con todos sus visitantes/ Padre Jesucristo/ padre de este mundo/ te pedimos/ que te acuerdes de tus hijos/ en especial de los ancianos/ los niños pobres y también de los huerfanitos”.
Muy solemne a lo lejos está el Rey Afro, Julio Pinedo, coronado en diciembre del año pasado.
“Pronto vendrá y estará con nosotros en el Centro Cultural”, promete, Jorge Medina, director ejecutivo del Centro Afroboliviano para el Desarrollo Integral y Comunitario con sede en La Paz.
Los afro pretenden que su rey presida alguna de las ceremonias y presentaciones en las nuevas instalaciones de Tocaña.
Los tambores y el canto de la saya se oyen aún con más fuerza en el corazón del nuevo coliseo desde donde invitan a bailar y, tras cerca de una hora de danza, los niños Henry, Mayeli y Mayvelín retornan a sus casas, pero a su modo: Mueven brazos, caderas y hombros al ritmo de la saya, esa que hipnotiza a cualquiera.
UBICADOR
Ubicación. Tocaña está a media hora de viaje desde Coroico en Nor Yungas, La Paz.
¿Cómo llegar?. El pasaje de La Paz a Coroico varía entre 15 y 25 bolivianos, para llegar a Tocaña se contrata un coche que cobra entre 150 y 200 bolivianos.
¿Dónde quedarse? En Tocaña, La Posada de Marcelino cobra por noche entre 15 y 25 bolivianos.