Analistas, columnistas, politólogos… todos se lanzaron como un enjambre de abejas detrás de la miel, para regodearse en el “análisis” de las declaraciones del presidente Morales, esas que usted ya habrá visto más de cien veces, y que dicen que “…si es ilegal, le meto nomás”. En el vendaval de voces escandalizadas y horrorizadas, hubiera querido escuchar alguito más allá de la pechoñería señorial y sermonera, pero nada, todos se detuvieron en el grito al cielo y en la obviedad de la apología del delito.
No quisiera dar la falsa impresión de estar intentando atenuar o dulcificar lo dicho por el Presidente, menos aún de defenderlo con la típica “lo que pienso que en realidad quiso decir...”. Lo digo sin ambages: creo que lo que ha dicho el Presidente es lógico y políticamente correcto. Me explico. El MAS llegó al Gobierno con un claro mandato, expresado en una votación sin precedentes, para un cambio estructural del sistema político y del modelo económico. En buen romance, el encargo de los electores no fue otra cosa que una revolución. Bajo esta premisa, es natural que toda la institucionalidad, erigida en los últimos 20 años en torno a un modelo económico y una democracia liberales, sea eventualmente una camisa de fuerza.
La ruina de nuestra estatalidad no es obra del actual gobierno, sino producto de años de decadencia de un sistema pervertido hasta su agotamiento. Evo Morales llegó a la Presidencia de un país con una institucionalidad severamente corroída e insuficiente para responder al momento histórico. Eso es justamente una crisis de Estado, y para resolverla se requiere de un largo proceso de construcción de una nueva institucionalidad. En el camino, todos los actores están forzando los jirones de la legalidad, y esto genera esa sensación de desasosiego generalizado.
No creo que la mayoría de los bolivianos que votó por Evo Morales, lo haya hecho para que éste administre o mejore el modelo en crisis; esa era una falsa expectativa de quienes no pueden comprender el proceso constituyente en marcha hace más de 10 años, y que se expresaba en comentarios como: “Me parece muy bien que un indio haya ganado las elecciones, ya les tocaba y ojalá le vaya bien, pero que no se le ocurra cambiar las cosas…” Lo que no se quiere entender es que el problema en Bolivia no pasa por la economía, el problema radica en la reproducción histórica de un sistema racista no explícito. Las élites “blancas” dominantes fuimos autores de un país que excluyó sistemáticamente a las mayorías indias y cholas. Durante más de cien años los indios fueron pongos sin derecho a nada; la Revolución del 52 fue un intento de reconocimiento válido pero insuficiente, prueba de ello es que recién cincuenta años después nos sorprendimos con la primera chola diputada. Las evidencias de nuestro silencioso apartheid son abundantes, y negar esta vergonzosa realidad sería cinismo puro (o peor, cobardía).
El proceso actual tiene que ver con la realización del indio, tiene rasgos de reivindicación comprensibles, y seguro será el comienzo de la construcción de una nueva nacionalidad realmente mestiza. A los enchufados exclusivamente a la TV por cable, hay que recordarles que vivimos en un país en el que una inmensa mayoría vive una cultura distinta, en la que el liberalismo y la modernidad no significan gran cosa; quien no lo entienda, realmente no conoce dónde vive.
A no espantarse entonces con un resultado en el referéndum que de nuevo rebase ampliamente las proyecciones de las encuestas, que le dan al Presidente más del 60% de aprobación.
*Ilya Fortún es comunicador social.
De Juana en el espejo
Tiene que ser terrible mirarse al espejo y ver que eres Iñaki de Juana Chaos. Y salir a la calle y que la gente te reconozca como el asesino de 25 personas y como quien, estando encarcelado por esos crímenes
Error histórico de Evo
Yo le meto por más que sea ilegal. Después le digo a los abogados: si es ilegal, legalicen ustedes (…) por encima de lo jurídico está lo político”, dijo el presidente Morales sobre el referéndum revocatorio.
Sobre municipios productivos
La municipalización del país, como una profundización de la descentralización, no ha tomado en cuenta criterios de distribución territorial ni de población, y consecuentemente de recursos, ya que se basó en la división política existente con muy pocos cambios.
La democracia prescindible
He escuchado y he visto con asombro, impotencia y tristeza las declaraciones sueltas y risueñas del Presidente de la República, repetidas por aquí y por allá, en sentido de que ciertas disposiciones gubernamentales serían ilegales.