La política no es sólo una cuestión de intereses, sino de valores. Los índices de popularidad del presidente Morales no obedecen en su mayor parte, como cree alguna parcialidad de la facción gobernante, a una batalla ideológica ganada. Sobre todo, se explican por una derrota moral de las alternativas políticas. La moral es un capital que en política se puede gastar, ahorrar o derrochar. Como escribía Burke: “Los principios de la verdadera política son aquellos de la moral, extendidos”.
Evo tiene varios implícitos en una época de rebelión contra los abusos en la política. Los sobrentendidos que expresa —lo que es un asunto de apariencia y no de esencia— en términos de valores o de mensajes son, al menos: solidaridad, víctima, pobreza, honestidad, y ausencia de intereses particulares que defender, por oposición a los que antes lo hacían. Hay sed por la defensa del interés general, aunque eso no permita ver que Evo ha defendido en gran parte de su carrera el interés de una parcialidad.
Si a eso le sumamos que la intuición del MAS sobre la renta petrolera resultó acertada, contra toda la opinión educada sobre el tema, ha adquirido además el título de patriota. Y ya se sabe, sólo hay dos razones para que la gente se adhiera consistentemente a un ideal: la religión o la patria, como decía Tocqueville. No por nada, el Vice se ha engolosinado con la razón de patria.
Evo ha demostrado que en la moral de la sociedad boliviana todavía suenan las campanas franciscanas del paternalismo y de la necesidad de que los líderes se preocupen, o al menos lo aparenten, por la suerte cotidiana de sus gobernados, sea eso asistencia o clientelismo. No bastan números ni planes, no después del 2003.
La oposición boliviana adolece de una estrategia moral. Si Evo tiene ahorros, aquella está quebrada. Lejos de cultivar la crítica del Gobierno a partir del racionalismo (i.e. si las nacionalizaciones serán la causa de una catástrofe), le queda construir liderazgos con crédito, personal y político.
Una posible explicación del desdén que se tiene, en filas oficialistas y opositoras, por la moral, sea quizás una lectura parcial, cuando la hay, de los motores de la política. No se va a descubrir ahora que la política expresa intereses, pero también visiones sobre la justicia, la responsabilidad y los atributos del liderazgo. Un político sin prestigio difícilmente podrá acumular apoyo. No son suficientes las ideas geniales, si no tienen en quien encarnar. Inversamente, el prestigio encarnado puede alcanzar incluso para lo descabellado. Tengo pruebas.
Una visión maquiavelista en la vertiente movimientista, leninista de manual o Weberiana de policopiado, ha llevado a la convicción de que la política es sólo cálculo. También consiste, y esto se olvida, en propuestas en el ámbito de las creencias de la sociedad, que ciertamente no son intemporales. Se trata de equilibrar la moral, aunque sea aparente, de lo que se propone, con sus consecuencias. Cuando Weber aconsejaba al político construir una ética de la responsabilidad, no abogaba por el olvido de la ética de la convicción, sino por una cuidadosa amalgama de ambas.
Pongo como ejemplo el asunto de la erradicación de cocales. Si uno se atiene a la explicación tácita de los gobiernos que la defendían, puede encontrar que, al margen de la caricatura de que lo hacían por traidores, detrás se alojaba el razonamiento de que la ruptura con Estados Unidos podía tener consecuencias desastrosas. La ética de responsabilidad enseñaba, entonces, elegir el mal menor. No obstante, este razonamiento a partir de la ética de la responsabilidad olvidaba la moral de lo que se elegía: combatir a los cocaleros, que son pobres y por tanto víctimas, a título de una política que no era nacional y que eludía el sentido común local: la existencia de la coca es un asunto de la demanda.
Por el otro lado, el actual Gobierno ha preferido la conclusión opuesta, en la que se disfrazan complacientemente los premios a su electorado duro: tenemos una política propia, lo que es moralmente superior a lo anterior, al igual que no atacar al débil cocalero a nombre de la DEA, aunque interesadamente ignore las consecuencias.
Así también podría juzgarse la discusión sobre las nacionalizaciones emprendidas por el Gobierno: el Gobierno las reputa morales, como suficiente motivo para legitimarlas, y la oposición las critica a partir de las consecuencias que generarán. Archivar por mucho tiempo el análisis de los efectos no conduce a perpetuar el poder, para tragedia de los que así se antojan. Fundar toda consigna opositora en el racionalismo, sin atender a una construcción moral de lo que se propone, también implica resignar el liderazgo social.
El Gobierno parece tener, en todo caso, la película más clara. Si, haciendo esfuerzos, se observa el carácter de los mensajes que estos días el Gobierno despacha sobre sus prefectos rivales, verá que no se refleja mucho esfuerzo por discutir su programa, gestión o ideología, sino por descalificar su moral: “vendepatrias, mentirosos, privilegiados, deshonestos.” Es evidente, la oposición carece de referentes morales, a título de pragmatismo.
Y no es que el régimen no adolezca de flancos débiles en cuanto a la moral se refiere. No es difícil advertir que hay una tendencia exagerada en el régimen por “sembrar espinas” que está expresada en la ofensa, al sobregiro del discurso moralista vejatorio, dejando así abierta la puerta para que alguien enarbole, a su turno y con crédito público, el discurso de la unidad, la reconciliación y la paz, que también son valores sociales.
Puede que, en el futuro, si la economía se trastornare, su derivado moral, la responsabilidad, escale en la predilección popular, imitando a nuestra historia, en que la reconstrucción del Estado, conservadora o no, ha hecho, con éxito, bandera de la paz, la gestión, el orden y la responsabilidad. Ojalá que incluya a la justicia, si quiere perdurar.
El Gobierno, al entender la política sólo como el enaltecimiento, algo pérfido, de la propia moral y de la descalificación de los que no están con él, también olvida preceptos morales básicos, como contener el rencor y la revancha, que no son precisamente atributos que una sociedad busca en quien los dirija.
Un examen que sólo se concentra en propagar la inmoralidad del adversario, sin a su vez considerar las consecuencias que tiene en el electorado de éste, termina por enajenar a una porción importante del país hacia posiciones opositoras cada vez más difíciles de conquistar: un excelente caldo de cultivo para el nacimiento de una oposición que, sin déficit moral, sea capaz de conducir el sentimiento de exilio que el por ahora eficaz mensaje gubernamental ocasiona.
La autonomía, la más fuerte y legítima consigna opositora de estos días, no alcanza para cautivar a una parte del electorado del Gobierno, indispensable para pensar en que alguien sea alguna vez capaz de vencer al MAS, pues no deja de tener un tufo, veraz o atribuido, en términos morales, de intereses particulares, que el Gobierno ha utilizado sagazmente.
La necesidad de un liderazgo moral debería ocupar más tiempo en los gabinetes políticos, pues está probado que ninguno de los bandos en pugna en el país podrá vencer sino es capaz de persuadir a una porción de los electores que hoy están en manos de sus antagonistas, salvo, claro, el caso bélico, al que algunos parecen tan valerosa, claro que verbalmente, propensos.
La cuestión de de la capitalidad, como ejemplo, permite adivinar que el Gobierno, aunque más hábil que sus adversarios, tampoco está muy consciente de la importancia del liderazgo moral para crear una dominación de largo cuño, pese a los cacareos sobre Gramsci, la importancia de los valores, la conquista intelectual y la batalla de las ideas.
A Sucre, el Gobierno le planteó que la refundación del país no podía incluir los asuntos que considere incómodos. Sin embargo, reclamó por el uso político de la cuestión, acusando que el disenso en Sucre estaba prohibido. Contemporáneamente, el Prefecto de La Paz ha sido acusado por el oficialismo de traición por no apoyar el cabildo de los varios millones. Así que lo que en Sucre es disenso legítimo, en La Paz es traición. Interesante modo de ver la moral, que entre otras causas ha enajenado definitivamente a una ciudad antes favorable al Presidente. A su vez, el Prefecto de La Paz tampoco parece advertir que la elusión a dar información verosímil sobre los cuestionamientos a su moral, sólo refuerza a sus detractores, por más que legalmente, no políticamente, la presunción de inocencia lo respalde. Y, por último, los desbocados en la ciudad de Sucre patrocinaron una victoria moral del Gobierno, al cargar de tan buen grado con el sambenito de racistas.
La moral no sólo juega en contra de unos, como se ve. La prédica sobre la santidad de los movimientos sociales de quienes hoy ocupan funciones públicas, ha permitido estos días que uno, la COB, reclame, en el mismo lenguaje antes usado por los oficialistas, la suficiente justicia para demandar una Ley de Pensiones que el Gobierno descarta, a nombre de la responsabilidad.
Como las promesas morales ven para atrás y no dependen de la conveniencia, a diferencia de las utilitarias que ven para adelante y están sujetas al provecho, es evidente que imponer el interés general cuando no se lo ha valorado públicamente, lo pone a uno en problemas y no procura el liderazgo moral necesario para imponer, por la vía de la legitimidad y no de la fuerza, la visión que tiene del interés general.
La tarea de los políticos no es sólo calcular su ventaja, sino educar a la sociedad en los valores que pregonan, para los que una simple receta es la de siempre: consistencia ética y clara visión del contexto. No es fácil conjeturar qué pasaría el día en que el Presidente deba cabalgar un Estado en el que no sobre el excedente y tenga entonces que elegir, a nombre del interés general, no ya la realización de una medida redistributiva como la nacionalización, cómoda con el pueblo, sino el interés colectivo en vez del de una porción de su base electoral. ¿Le alcanzaría su capital moral?
La sociedad boliviana, en su mayoría creyente, ha favorecido en su historia el gobierno justo sobre el que promete prosperidad. De ahí la importancia del hombre providencial, del salvador. Algunas pruebas recientes revelan la verdad del aserto. La debacle del Gobierno el 2003 se explica no sólo por su falta de sintonía con los tiempos, sino por su percibida inmoralidad. El gesto de Carlos Mesa, de apartarse del gobierno alegando su rechazo a cohonestar la muerte, descifra su popularidad subsiguiente. Y así podrían verse varias carreras: la de Paz Estenssoro y la liberación de los pongos, un hecho de justicia respecto del que aquel rentó toda su vida (además de su sentido de realidad); o la capitalización política de Juan del Granado por su papel en el proceso a García Meza. Es obvio, incluso, por los ejemplos dados, que el capital moral es condición necesaria pero no suficiente para el liderazgo eficaz. Al final, la moral hay que tomarla con pinzas, para no invocar a los demonios de la pureza, étnica, ética o política, de efectos fúnebres. Pero no hay que relegarla, como se hace con liviandad estos días.
En el largo plazo, el Gobierno va a ser responsable de dejar de lado las consecuencias de lo que pregona y hace. Mientras, la oposición ha abandonado la batalla moral a favor de su macizo contrincante, a pesar de haber linduras dignas de atención, como el uso de cifras millonarias sin cuentas, ni trámites, o la dúctil perorata de la legalidad. Pero, claro, qué le vamos a hacer, si la oposición y el oficialismo se merecen mutuamente.
Gonzalo Mendieta Romero es especialista en trámites.