Puede parecer un lamento, pero después de una visita a Potosí, y de manera particular a sus faenas mineras y a sus ingenios metalúrgicos, uno tiene la sensación de asombro y temor, en una rara mezcla que sólo se da en aquella mágica ciudad y su entorno; magia tan bien descrita en la novela homónima de un conocido escritor nacional.
Una febril actividad de explotación artesanal en las laderas y obscuros socavones del Cerro Rico, que obvia la seguridad y se confunde con viejas tradiciones y leyendas, produce diariamente más de cuatro mil toneladas de material mineralizado que se procesan en más de 35 ingenios metalúrgicos, muy rudimentarios y de añeja tecnología la mayoría de ellos. El trabajo cooperativo, el rescate de minerales, el mercado negro y el poco o nulo componente de cuidado ambiental en estas operaciones extractivas, nos trasladan a un entorno que parece sacado de leyendas coloniales; tal parece que don Antonio López de Quiroga, minero español que amasó una gran fortuna en el siglo XVII, pudiera aparecer a la vuelta de cualquier esquina o en cualquier bocamina de las centenas que tiene el Sumaj Orko.
Frente a estas faenas, en un angosto valle glaciar se está terminando de instalar una moderna planta metalúrgica que, con tecnología del siglo XXI, producirá seis millones de onzas de plata metálica al año de “pallacos” (material mineralizado suelto de las laderas) y desmontes del cerro, e implementará una cadena productiva de platería y joyería en la ciudad. Sólo en Potosí se pueden dar estas contradicciones y pueden coexistir dos visiones de desarrollo minero e industrial y de acumulación de capital.
Aguas abajo del río y del valle que colecta el drenaje de la ciudad y del cerro, dos endebles represas contienen tanto las aguas industriales de desecho como las de desecho doméstico, recordándonos que un “pasivo ambiental” muy delicado puede pasar a ser una bomba de tiempo si no se toman las medidas de control adecuadas. El área es parte de la cuenca alta del río Pilcomayo y éste, parte de una mega-cuenca que colecta drenajes de tres países (Paraguay, Argentina y Bolivia).
Ahora bien, ¿a qué viene el lamento? Lo cierto es que desde hace décadas el país se debate en la incertidumbre en lo que a políticas de desarrollo minero e industrial se refiere, y con la muletilla de los buenos precios de los metales y de los ingresos cada vez mayores que generan, se sacrifican la racionalidad y el tecnicismo en aras del rentismo puro y simple; se deja de lado la planificación en aras de la coyuntura y se hipoteca el futuro en aras de la ganancia fácil del día a día.
No podemos seguir eludiendo las grandes definiciones sobre el tema y seguir actuando en respuesta a presiones sectoriales e intereses coyunturales; o cambiamos hacia una racional política minero-industrial o llegaremos a un punto de “no retorno” donde los operadores artesanales no podrán seguir aportando a la producción minera de este país, por las limitaciones que seguirán a un cambio de escenario en los precios de las materias primas. Cuando escribo este comentario (08.08.08) el oro tiene un precio menor a 878 dólares por onza ($us/oz), la plata se cotiza en menos de 16 $us/oz, el zinc en menos de 0,80 $us/lb (por libra fina) y el plomo en menos de 0,90 $us/lb.
Para hablar de los metales más importantes de nuestra producción, sólo el cobre (3,40 $us/lb) y el estaño (9,29 $us/lb) mantienen un nivel expectable. Si comparamos con precios del año anterior, concluiremos que el cambio de escenario se acerca y no estamos haciendo nada para prevenir las consecuencias.
Es irracional mantener el grado de informalidad en la explotación minera en Potosí (y en otros distritos también). No se puede soslayar una realidad que raya en la irresponsabilidad al mantener operaciones de esa clase. El “boom” minero de Potosí de los últimos años ha generado mucha riqueza; se fundamenta en pequeñas operaciones de bajo costo pero de enorme sacrificio humano. Muchas vidas se pierden en aquellos parajes donde la habilidad tradicional del minero potosino se encuentra a veces con la fatalidad, por la falta de seguridad y de soporte técnico. El transitar hacia una racionalización de esas operaciones, parte de la cual ya se está encarando de cara a la necesidad por parte de algunas cooperativas mineras, debiera ser el objetivo principal de la política minera nacional. El moderno proyecto de plata mencionado líneas arriba es un ejemplo de lo que se puede lograr cuando se unen intereses empresariales, de cooperativas y pequeños operadores, con los intereses del Estado. No podemos seguir mirando a la colonia como un modelo a seguir en minería, mucho menos en un distrito tan famoso por su tradición minera y ubicado en una cuenca con un pasivo ambiental de delicado manejo y de interés internacional.
*Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, ex ministro de Minería y Metalurgia.
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