Los resultados del referéndum revocatorio fueron los previsibles, aunque el respaldo al presidente Evo Morales rompió todas las expectativas y encuestas: fue ratificado nuevamente por el voto de una clase social que durante décadas estuvo olvidada y marginada de las decisiones que se tomaban en el Palacio de Gobierno, pero también por el apoyo de la clase media y empresarial, que apuesta por la continuidad y la estabilidad gubernamental, cansada de un cambio de presidentes cada dos años que no le dio soluciones a los problemas económicos del país.
El desgaste de los partidos tradicionales del pasado, que hoy prácticamente ya no existen, se debe principalmente a que nunca tuvieron una lectura adecuada de la realidad boliviana. Su ceguera por mantenerse en el poder hizo que fueran pésimos administradores del Estado; la ambición y la corrupción los consumieron y, por otro lado, convirtieron a las instituciones públicas en botines de guerra, llevando al fracaso al país, dejándolo sumido en una profunda crisis estructural.
Esta crisis fue oportunamente aprovechada por Evo Morales, quien logró aglutinar a todos aquellos sectores sociales decepcionados de la política tradicional y constituirse en una alternativa para el país, obteniendo el 2005 una victoria inédita en las urnas. Y ahora, el resultado del revocatorio de mandato nos dio otra gran sorpresa: el Presidente ha aumentado considerablemente su respaldo a un 67 por ciento.
Este triunfo no es casual, el Jefe de Estado, desde el inicio de su gestión, se ha dedicado a mostrar que los políticos del pasado fueron los culpables de todos los males que aquejan a la población, que ellos causaron la quiebra de las empresas estatales y que llegó la hora del cambio; discurso que ha convencido a los bolivianos que todavía tienen esperanzas en que vendrán días mejores.
Por su lado, los prefectos autonomistas también han salido fortificados del revocatorio, tras optar por las autonomías como el camino al progreso y desarrollo de sus regiones. Sus habitantes los apoyan incondicionalmente y, con ello, han eliminado por completo al viejo sistema de líderes y partidos. El poder político ahora está en las regiones, los prefectos son los nuevos protagonistas y las políticas gubernamentales ya no pueden dictarse desde la plaza Murillo. El centralismo se terminó.
El presidente Morales y los prefectos ahora tienen un nuevo mandato otorgado a través del voto: compatibilizar y juntar las dos visiones de país. Todos les piden un cambio expresado en una nueva Constitución Política de Estado con autonomías departamentales. El respaldo que recibieron en las urnas debe transformarse en un nuevo pacto social que beneficie a todos. No acatar este mandato significará, para el Presidente y los prefectos, decepcionar la fe y la vocación democrática ciudadana. Ha llegado la hora de la reconciliación entre los bolivianos.
*José Luis Orihuela A. es abogado.
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