La lectura de los resultados del referéndum revocatorio ha creado la imagen de un empate, con dos ganadores (el Presidente y los prefectos), ambos fortalecidos. Así parece que todo sigue igual. Este empate, sin embargo, es más aparente que real, puesto que hay uno que es más ganador que el otro: Evo Morales. Detrás de ese aparente inmovilismo, en realidad se han movido cosas importantes, aunque sigamos teniendo un país dividido, con dos fuerzas antagónicas, cada una controlando su propio territorio, pero ninguna con capacidad de doblegar a la otra y hacerse de una victoria estratégica.
Dentro de un equilibrio precario e inestable, el péndulo se ha inclinado hacia el Gobierno. En una contienda hecha a la medida de Evo, el MAS ha sacado ventaja de la fortaleza electoral de su líder, el deseo de continuidad de los electores, el desconcierto de muchos en medio de una campaña confusa, un gran despliegue publicitario y otros recursos antidemocráticos (cohecho, prebendalismo, coacción estatal, presión sindical, fraude, sometimiento del poder electoral), pero sobre todo la ausencia de oposición organizada en el occidente. El MAS ha montado una poderosa maquinaria electoral, sólo contrarrestada por los triunfos de los prefectos de la Media Luna que, en cierto modo, emparejan el efecto político general.
Pero la alta votación de Evo es también fruto de la concentración del voto en dos opciones, propio de eventos como el referéndum —lo mismo ocurre en las ´segundas vueltas presidenciales´—. No se puede asumir que el 67% por el Sí a la gestión de Morales significa que el caudal del MAS ha subido en más de 10 puntos, como erróneamente se ha señalado. Y lo mismo vale para los porcentajes de los prefectos.
De cualquier manera, el MAS ha consolidado su votación en occidente —salvo Sucre—, principalmente en el campo, El Alto y la ciudad de La Paz, como sus bastiones estratégicos y electoralmente determinantes; ha realizado penetraciones mayores en la Media Luna, ganando incluso en sus zonas rurales. El Gobierno afianza así su predominio en occidente y expande sus cabeceras de playa en el oriente; revierte su caída de apenas dos meses atrás, y ahora luce revitalizado y con la iniciativa política.
Más difícil la tienen las regiones que, a pesar de su nueva demostración de fortaleza, han sido puestas a la defensiva. Su reto ahora es preservar el bloque interclasista e intercultural que han construido e impedir que las fisuras se transformen en fracturas mayores, en un momento en que son visibles los límites del movimiento autonómico y su dificultad para convertirse en proyecto alternativo al populismo gobernante.
El referéndum ha potenciado la tendencia hacia escenarios más catastróficos. Dado el triunfalismo que embarga al MAS, y en la lógica de ´guerra´ política en que se mueve este partido, es probable que se venga una ofensiva en gran escala para buscar el ansiado desempate y acelerar el ´punto de bifurcación´ —léase ruptura revolucionaria—, lo que podría traducirse en un mayor asedio sobre las fortalezas adversarias y una estrategia de desgaste, desestabilización y asfixia económica —que puede o no incluir la convocatoria anticipada al referendo constitucional—. Esto lo saben las regiones, y también por ello su decisión de cerrar filas, de mantener en apronte sus fuerzas y avanzar en la aplicación de los estatutos autonómicos.
De ahí que el choque parezca cada vez más inevitable. Y sería un error creer que ello es cuestión sólo del Gobierno y la Media Luna. El MAS tiene la certidumbre de que occidente es su retaguardia inexpugnable. Ello puede hacer que el espacio para la disidencia, el pluralismo y la diferencia se vaya cerrando, y que la tentación de usar este territorio como zona de experimentación del proyecto socialista que se ha anticipado se haga irresistible. Eventos decisivos están avecinándose, involucrándonos a todos, para bien o para mal.
*Henry Oporto es sociólogo.
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