Leí en una reciente edición semanal de Le Monde una nota de un fallo judicial en Lille estableciendo la anulación de un matrimonio porque la esposa ocultó al futuro marido que ya no era virgen. Lo que ha producido reacciones airadas de asociaciones feministas, de organizaciones no gubernamentales y partidos políticos que ven en la sentencia una pervivencia de viejos tabúes y una negación de la igualdad jurídica de la mujer, aunque paradójicamente, como señala el articulista, la sentencia se basa en principios jurídicos actuales como el de la libre voluntad de los contrayentes y su buena fe. El esposo no se hubiese casado, de haber sabido que la novia había perdido la virginidad. Por supuesto, el dictamen no intenta rehabilitar la virginidad de la mujer como condición para el matrimonio.
Pero el caso resulta de interés no sólo para los franceses sino también para nosotros, porque descubre algunos de los dilemas que enfrentan las sociedades contemporáneas, una vez que las antiguas modalidades de orientación de los comportamientos se han debilitado y modificado.
Todavía a mediados del siglo pasado, los jueces se mostraban indulgentes con el hombre que rechazaba a la esposa que en la noche de bodas revelaba que no era más un doncella, inclusive en algunos lugares del Mediterráneo, la buena voluntad llegaba hasta imponer penas suaves a los maridos indignados y ofendidos que asesinaban a la mujer que había conocido varón o que comprendían la venganza de la familia contra el ofensor que había empañado su honor, aprovechándose de una de sus hijas sin casarse. No otra cosa cuenta la novela de G. García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, donde los gemelos Pedro y Pablo Vicario, ´de catadura espesa y buena índole´, esperaban en un ambiente cargado de premoniciones y signos precursores el regreso de Santiago Nasar, el alegre y despreocupado galán, no muy caballeroso, que sedujo a Pura Vicario, la novia devuelta. Casi todo el pueblo estaba al tanto de lo que iba a pasar, pero poco se hizo para impedirlo porque entendía el ánimo de venganza de sangre que movía a los injuriados hermanos, para compensar el daño hecho a su nombre y estirpe por el burlador.
Escuché de un suceso semejante a las amigas de mi madre en las charlas nocturnas que se hacían en la vereda de la calle en Santa Cruz, aunque no recuerdo ni el nombre de los personajes ni la fecha de los hechos. También leí en mis épocas de estudiante acerca de un padre italiano del sur que intentó asegurar la virginidad de su hija que debía viajar para trabajar en Alemania. Nadie quiso hacerlo. ¿Chocheras de un viejo? No. Probablemente era la expresión de la importancia en las prácticas sociales de entonces de la castidad prematrimonial y del simbolismo que las rodeaba. En algunas culturas, como la de los galos, también se valoraba esa cualidad en los varones que aseguraba guerreros fuertes.
En Bolivia, el Código Civil Santa Cruz, que retomaba en el capítulo de nulidades matrimoniales las pres-cripciones de la Iglesia, se referían ante todo al quebrantamiento de los lazos de consanguinidad o de parentesco espiritual, así como al error de identidad. Probablemente, un juez boliviano de ahora hubiese fallado como lo hizo el francés.
El caso visto, con claras deficiencias de consentimiento, muestra ciertas debilidades de los principios en los cuales se fundan las normas de la resolución. ¿Puede convertirse la virginidad en un requisito esencial de la persona, aun conviniendo que en el asunto tratado el libre consentimiento no se manifestó? ¿Y para el novio todo se reduce a un tema de vicios de la voluntad?, se preguntan los moralistas y los descontentos con la sentencia. Así, allí hay más, aparecen algunos de los problemas que enfrenta la sociedad en su paso de un orden pres-criptivo a otro electivo que caracteriza el mundo de hoy.
En el primero, todas las conductas, por lo menos las sociales, estaban claramente fijadas. Los dichos, refranes, máximas, cuentos e historias edificantes encapsulaban la experiencia vivida y tenían fuera de su interés narrativo la intención de señalar de manera clara y sucinta el comportamiento que se esperaba de cada persona. El texto de García Márquez, en despecho de su ironía, corresponde a ese ´saber prudente´ del pasado. El segundo impone a sus miembros el deber de elegir en todo momento y circunstancia así como de conciliar voluntades para crear la norma, reconociendo de esta manera la necesidad de vivir juntos sin compartir necesariamente las convicciones morales, religiosas que observa cada cual. Se trata de las sociedades ganadas a la multiculturalidad o a lo pluri-multi, como nos gusta subrayar en el país.
Las culturas se han vuelto menos impositivas, más libres y consensuales; dan mayor cabida a los argumentos racionales de las partes, a las críticas fundadas, aunque esas virtudes rápidamente pueden descontrolarse, produciendo el caos y la violencia que en varias sociedades ocupan el lugar de ellas.
Sin duda, no todas las tradiciones y simbolismos de antes han desaparecido, muchas personas se reapropian de ellas y las emplean como base de sus argumentos, si bien dándoles un giro renovado y reflexivo. Las añejas reglas de sabiduría popular sirven con frecuencia a las identidades modernas de criterios de autocontrol. Conviven con las creaciones de los medios de comunicación actuales, consideradas por algunos como las parientes pobres de los mitos y leyendas de otros tiempos.
Las protestas contra el fallo apuntan a la insuficiencia de las normas de derecho para lidiar con las aspiraciones del comportamiento humano. Más allá del alcance de la ley, el debate recuerda que en las antiguas relaciones de sexo, donde la virginidad era un valor, había un cosmos de sentidos que las relaciones presentes, creadas por los conocimientos y razones de la sociedad contemporánea, no reemplazan a cabalidad. ¿Acaso los atributos que ella asigna ahora a los hombres y mujeres agotan sus sueños?
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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