Nuestros abuelos nos enseñaron que uno, al hacerse viejo, tiende a considerar los fenómenos morales, los extravíos y degeneraciones de los hombres y los pueblos como caprichos de la naturaleza. Queda así el consuelo que después de cada catástrofe vuelve a hacer la hierba y brotar las flores y tras de cada aberración, los pueblos recuperan ciertos sentimientos morales que parecen comportar, pese a todo, una cierta normativa y estabilidad.
¿Qué sería de ellos que no sólo llevan un cuerpo gastado camino del fin y del olvido, si no fuesen poseedores de ese libro ilustrado que es el recuerdo de lo vivido, y con lo cual se sienten ricos? De viejo es cuando se ve por primera vez lo rara que es la belleza y el milagro que supone que crezcan flores entre las fábricas, y que entre los periódicos y los papeles haya también poesías.
En esta conducta, se presenta el anciano de las calles, el que forma largas colas para cobrar sus rentas que bordean los límites de lo indigno, descansando sobre unos hombros que muchos sobrellevan y que presentan la figura de otro anciano. A distancia parece asomar aquella juventud que evoca cada esquina del ayer inalcanzable. El recuerdo agiganta su vitalidad y cuando la mente permite volver a la niñez o a la adolescencia, la evocación suma horas y días en silencio mientras rememoran la pasada juventud bañada de sol en el claro invierno.
Ellos lograron conocer los resabios de sociedades que se fueron extinguiendo en diferentes ciudades, como también fueron testigos del esplendor económico que permitía el mantenimiento de ciudades atractivas y hospitalarias. Vivieron terribles hazañas políticas y procesos democráticos de diferente índole. Conocieron el esplendor de las épocas de antaño. Contemplaron con ojos admirados, cómo el asfalto se volcaba sobre calles pedregosas para darle aspecto de ciudades modernas. Asistieron a la Guerra del Chaco y repiten sin tregua cuánto hicieron por la patria, y cómo ésta sólo los recuerda una vez al año en oportunidades cívicas que son las que ellos viven como los últimos pasos de un camino largo y sin retorno.
Pero terminada la juventud, la naturaleza de la edad permite convertirlos en sabios, porque todo lo saben, pero ya no lo pueden hacer. Sólo está la vista, que observa silenciosa el ruido de mezcladoras de cemento, luces de neón, sonidos electrónicos y el estrépito de los aviones sofisticados. Todo lo moderno ya no es para ellos una novedad.
Si la sobrevivencia es un esfuerzo poco humano, ¿qué se podría decir de la alegría? La respuesta la dan ellos mismos, con tal sólo verlos cuando el alma se retira en un rincón de su cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando dan un aullido lastimero o enseñan los dientes a las personas que pasan, pues cuando forman largas colas para cobrar sus rentas, todas las cosas les parecen que hacen camino rendido bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros.
Este es el descubrimiento que ellos hacen por medio del dolor, como por medio de un microscopio: la soledad de cada cosa. Se apagan las reverberaciones que refulgían en sus flancos; nada suena, ni resuena, las gargantas son mudas, los oídos sordos y el aire intermedio, como paralítico, es incapaz de vibrar. Presentimos que hay dondequiera oculto un nervio que se entretiene en punzar rítmicamente.
En el ´día del anciano´ alegremos a nuestros abuelos que han llegado a viejos y tienen conciencia de ello. Podremos observar, este 26 de agosto, cómo —pese al declinar de las fuerzas y facultades— hay una vida que sigue creciendo y complicando con cada año la infinita red de sus relaciones y engarce, y cómo, mientras se mantiene despierta la memoria, nada se pierde del pasado y de lo transitorio.
*Julio Ríos Calderón es periodista y escritor. Dirige la revista GBT S.R.L. El Día del Anciano se celebró el 26 de agosto.
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