En un país donde se compran votos con bonos y prebendas, como el vergonzoso Bonosol y el irrisorio Juancito Pinto, no es ninguna novedad que todo el mundo quiera sacar ventaja y pedir lo que sea al gobierno; total, si la guita abunda y abundan los oligofrénicos que juran y perjuran que es mejor regalar la trucha que enseñar a pescar, aunque suene a cliché. La lucha hasta las últimas consecuencias de los discapacitados es justa y necesaria; pero hasta esta lucha que debería ser digna se ha embarrado en el fango que últimamente cubre a nuestra nación, el de la autodestrucción, el odio y la sandez; y ha degenerado en una alzada de manos indigna, mendigante, violenta y sorda, convirtiendo un derecho en un grotesco circo de miseria.
Las políticas asistencialistas de éste y los gobiernos anteriores nos han convertido en un país de pordioseros aprovechados. Así que todo el mundo se cree con el derecho de exigir lo que venga en gana; por tanto, en uso de esta atribución, yo quiero mi bono: Bono del Aguante podríamos llamarlo, por aguantar y callados todas las barbaridades que han sido y han de ser, por soportar con ese silencio tan parecido a la estupidez el salir todos los días para encontrarnos con bloqueos, marchas, piquetes y toda índole de manifestaciones, con el riesgo de ser quemados, linchados o apedreados por el sólo hecho de querer trabajar y producir. Por aguantar más de rodillas que de pie los embates de una economía que protege al que no paga impuestos, al que contrabandea y que sigue protegiendo a los ricos aunque el Gobierno se declare enemigo de todos ellos. Por seguir creyendo en los mesías predicadores del cambio, en la buena voluntad de las promesas electorales y acudir cada vez que les venga en gana a los poderosos de turno a votar con la sonrisa inocente del que cree todavía en esta democracia rentada.
Así es, merecemos un bono. Por seguir aguantando la perversa guerra entre dos bandos, por no decir pandillas, que hasta hoy no entienden al pueblo y en su nombre cometen las más grandes atrocidades.
(Además) entre ellos están los que hoy se llenan la boca de una palabra que nunca conocieron, porque es fácil ser demócrata con el estómago lleno, tanto como es fácil ser socialista cuando no se tiene nada que perder, ni la vergüenza.
Porque creímos en la revolución, pero una revolución no es tal sin salud para el pueblo, sin seguridad alimentaria y económica, sin los requisitos básicos que nos permiten llamarnos seres humanos.
¿Por qué en lugar de bonos, bonitos y bonazos no se ponen los pantalones, la camisa, el aguayo, la pollera, la corbata y caminamos todos en la misma dirección? Caminen con nosotros, no arriba ni abajo; no adelante ni atrás, sino al lado de todos los que queremos y soñamos una Bolivia mejor, aunque también suene a cliché.
*Jorge Oblitas es médico.
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