Las artesanías, la producción de miel, el aprovechamiento forestal maderable, son sólo algunas de las iniciativas por las que apuesta este pueblo, ubicado en el norte de La Paz.
Texto: Jorge Quispe Fotos: David Guzmán
Hacer un pescado y un sapote es lo más difícil. A esa conclusión llegó Enrique Marupa Mamío, de 61 años, mientras desliza la lija sobre una huella de tigre en forma de plato en la comunidad Bella Altura, al norte de La Paz. A 55 kilómetros, en Tumuphasa, Aizar Terrazas Achino trata con delicadeza a las señoritas, las obreras aladas de la miel.
Tiene las manos curtidas, una camisa desgastada, un pantalón remendado y un par de zapatos viejos. Enrique hace una pausa, piensa un instante y habla en su idioma. “Ekuanaju Tacana Kuala muda’umud’ ubaule”. El profesor Ángel Edín Cartagena traduce: “Nosotros los tacanas somos ahora productivos”.
Tras haber logrado la titulación de 371.933 hectáreas a favor del Consejo Indígena del Pueblo Tacana (Cipta), los comunarios quieren ser ahora autosostenibles con el aprovechamiento forestal no maderable, la crianza de abejas, la artesanía y el ecoturismo en la amazonia paceña, ahí cerca a las orillas del río Beni, al lado del Parque Nacional Madidi. Este nuevo emprendimiento es financiado por el Programa de Medio Ambiente de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) y apoyado por Wildlife Conservation Society (WCS) y Ayuda Obrera Suiza (AOS).
De las lágrimas a la artesanía
En el municipio de San Buenaventura nada se desperdicia. Los caparazones de pequeños caracoles, o Lágrimas de María, en las manos de las artesanas se convierten en bellos collares.
En el Centro Cultural Tacana, en San Buenaventura, no sólo se puede hallar la historia gráfica del pueblo, sino también mariscos, pescaditos de colgadores, sapitos de la fortuna, el sol tacana, yamachis, collares, aretes, cubiertos, cortinas, joyeros, trabajas, carteras de raquillas de palmera, portarretratos, utensilios de cocina, platillos y fajas tejidas en algodón.
“El sol es la vida y el sapo fortuna”, explica Rosa Serato mientras muestra un sol tallado en madera chonta con nueve puntas. “Las bolsas son mariscos y las mochilas son los yamachis”.
En aquel centro existen al menos unos 150 productos. Decenas de turistas llegan cada día para ver y comprar las artesanías, pero hace años la tristeza hizo presa de los artesanos tacanas.
“Sucedió a principios de los años 90, cuando entraron los ladrones por la noche y se llevaron todo”, recuerda René Mario, quien junto a Rosa administran el lugar.
En esa galería, las trabas para el cabello son el producto más barato, cuestan a 10 bolivianos. Mientras, la bandeja de chonta, de 40 por 20 centímetros, sale a 130.
Las artesanías se venden a visitantes nacionales y extranjeros. “Si el producto cuesta por ejemplo unos 35 bolivianos, nosotros sólo nos quedamos con dos”.
A 15 minutos de viaje de San Buenaventura está Bella Altura, una comunidad que provee artesanías al centro. Bajo un sol ardiente, Enrique Marusa Mamío trabaja sobre la huella de un tigre, un plato de chonta con cuatro pequeños surcos. Hace dos meses y medio cortaba madera en un aserradero de Ixiamas, pero hoy está a gusto con la artesanía.
“Lo más difícil es hacer los pescaditos”, confiesa Enrique mientras talla el colgador en forma de pescado. Junto a él trabajan sus primos Víctor y Marlene. Este mes, entre los tres, hicieron unos 15 trabajos en chonta y majo.
Enrique forma parte de la Asociación de Artesanos Tacanas del Madidi y uno de sus responsables es Víctor Mario Gonzales. “Mano de obra y talento tenemos, pero nuestro problema son las herramientas y la energía eléctrica. Tenemos un motor de seis caballos de fuerza que sólo alcanza para hacer funcionar una circular manual”, comenta Víctor.
Los tacanas ganaron tres veces el primer lugar en exposiciones en Rurrenabaque; una vez en Santa Cruz dieron el primer paso, y ahora el reto es La Paz.
Las señoritas obreras de Aizar
En Tumupasa, que en tacana significa “roca blanca”, todo pasa. En aquella comunidad del municipio de San Buenaventura, un grupo de señoritas son las más productivas en la región. Apenas miden medio centímetro y tienen una reina. También se pueden hallar dentro de las cajas a los zánganos, pero son muy pocos. Las señoritas son un tipo de abejas nativas (trigona tetragonisca angustula) que forman parte del proyecto de crianza de abejas que empezó el 2000.
El programa es una de las iniciativas del manejo sostenible de productos no maderables del Cipta. Los primeros tres años, la crianza de estos animales fue experimental y la producción fue para el autoconsumo, pero en los últimos dos años se pudo extraer hasta 19 kilogramos de miel.
“Mis señoritas siempre están bien limpias y bien peinaditas, nunca me fallan”, describe Aizar Terrazas Achino, quien baja con cuidado una de las 10 cajas donde viven las abejas. El tumupaseño también cría las erereu o melipona, pero éstas no son nada señoritas, son de mal genio y pueden atacar si se las molesta.
Las señoritas pueden dar un cuarto de litro de miel por mes. El líquido de ellas es más dulce y más medicinal, todo lo contrario del que producen las erereu.
En las ferias de Santa Cruz, medio litro de miel pura puede costar hasta 200 bolivianos. Aizar, de 47 años, se dedica además a la agricultura, pero por ahora las abejas son sus consentidas.
“Cuando deben comer, abro las cajas para que vayan a los frutales a alimentarse y luego de media hora retornan a sus casas”.
Por el momento, el proyecto involucra a las comunidades de San Pedro, Santa Fe, Santa Rosa de Maravilla, Tumupasa y Tres Hermanos, que forman la Asociación de Productores de Miel Huasha Ena TCO Tacana, un programa financiado por el Fondo de Pequeños Proyectos que cuenta con el apoyo de WCS, el Programa Nacional de Biocomercio y de la Fundación Puma. El reto es instalar 1.000 cajas y ampliar la venta de la miel.
No a la tala indiscriminada
En el norte de La Paz, pocos árboles de mara aún siguen en pie y, si lo están, es porque se hallan en lugares inaccesibles para el hombre. La tala sin control campeó hasta hace unos 10 años y cobra su factura en la actualidad.
Las grandes empresas llegaron y arrasaron con todo. “Ahora nosotros aplicamos un manejo sostenible de nuestros recursos maderables”, aclara Kemel Fessy Gonzales, responsable legal de la Asociación de Pequeños Industriales Agroforestales Tumupasa (APIAT), que junto a Agrofort y otras cuatro agrupaciones lograron el permiso de la Superintendencia Forestal para sacar madera en el territorio tacana.
De 10 árboles, siete pueden ser talados, mientras que otros tres se quedan para garantizar la especie por los próximos 20 años. “Sólo así podemos preservar la naturaleza de la cual vivimos”.
La tarea se inicia con una reunión para determinar el área y las especies de madera que existen en el lugar, unas 59.082 hectáreas, que son el 15 por ciento del total de las tierras tacanas. Luego se presenta ante la Superintendencia Forestal el proyecto para que en unos dos o tres meses se pueda talar. “Se pica y entrega a una empresa que viene con su maquinaria para llevársela. Nosotros entregamos el árbol tumbado”, dice Kemel, quien sueña con que APIAT cuente algún día con su propio aserradero, para eso se necesitan unos 300 mil dólares, si se calcula que una pala mecánica puede costar 50 mil dólares.
“Nosotros estamos comenzando recién”, propone Kemel, para quien el objetivo de la agrupación es beneficiar a la comunidad. Todo lo contrario al pensamiento de algunos que incluso trafican con la madera. En el camino hasta el monte, donde trabaja APIAT, un grupo de tablones sale del camino. “Es madera ilegal, aquí deben haber por lo menos unos ocho mil bolivianos”, muestra Kemel frente a unos 30 tablones gruesos de madera que esperan un camión para ser vendidos.
Qué hacer si el negocio de la madera atrae a todos. Hace más de un año, un grupo de personas con motosierras talaba en una propiedad que no era la suya y con la ayuda de maquinaria de un municipio cercano.
Por otro lado, uno de los supervivientes de los grandes consorcios es Pablo Alpire Escalante, de 68 años, que se quedó como sereno de un aserradero, cuyos dueños nunca volvieron. Esperó seis años y luego fue echado por el Banco que se llevó las máquinas que fueron hipotecadas. Pablo vive hoy junto a dos perros y 35 pollos, conoce de madera como pocos y con la experiencia sugiere: “Si acabamos con todo, no habrá nada para nuestros hijos”.
BRÚJULA
¿Dónde está? Las comunidades de tacanas de Bella Altura y Tumupasa están en San Buenaventura, al norte de La Paz.
¿Cómo llegar? Para llegar al lugar se puede tomar un bus La Paz-Rurrenabaque por 65 bolivianos y el viaje dura 24 horas. También se llega por vía aérea. Luego de llegar se pasa a San Buenaventura para ir a los dos pueblos.
¿Dónde hospedarse? Hay hoteles desde 25 hasta 100 bolivianos.