Espejos por lo que tienen de reflejo, devolución de imágenes, magia que devuelve a la mirada la propia representación. Camino porque, como dijo el poeta Machado, todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Sin embargo, pasando, queremos quedarnos y quedándonos seguimos en el andar. De una manera rotunda los retratos al óleo son un desesperado afán de vencer al tiempo. Debe ser por eso que, en su victoria sobre el tiempo, terminan por expresarlo.
´Espejos en el camino´ se llama la exposición de Retrato civil en Bolivia, una muestra itinerante de medio centenar de retratos al óleo de personajes de la vida cotidiana, la vida ´civil´ del país entre 1820 y 1950, organizada por el Museo Nacional de Arte y el Centro Pedagógico y Cultural Fundación Simón I. Patiño.
La exposición comienza con los retratos de dos españoles prominentes del año 1820 y cierra con el de una chola potosina, en 1954. Las pinturas transitan entre esos dos extremos de un siglo con una serie de rostros que son, en sí mismos, la mejor paleta de construcción, negación, búsquedas y reconstrucción de nuestras mezcladas identidades. El recorrido sobre esos 52 rostros es una verdadera aventura en la que se combinan el placer que proporciona el arte con las inquietudes que suscitan los guiños que nos hacen los retratistas, en complicidad con los curadores de la muestra. Desde esas imágenes nos miran y nos gritan las múltiples facciones del mosaico de nuestras identidades, tan mezcladas en su origen como en sus sucesos posteriores. Tan difíciles de separar tajantemente que, sin la ropa y los atributos domésticos y de poder que las rodean, sería imposible etiquetarlas sólo por los rasgos físicos.
Hay varios códigos que sobresalen en la muestra, ofreciéndonos algunas claves que son parte del lenguaje o texto que construye la exposición. Por ejemplo, las personas de las élites tienen nombre completo, fechas y otros datos, de hecho están presentes y completas con sus atributos de poder, mientras que las de extracción campesina indígena son anónimas y se datan con denominaciones genéricas: mujer campesina, el bobo del pueblo, el capataz, etc. Así de anónimo y ausente es el mundo del oriente del país, ya que de las 52 pinturas hay sólo un retrato que titula Mujer oriental; obra de Arturo Borda. Y podemos apreciar los cambios estéticos, desde las bellezas rollizas del siglo XIX hasta los angulosos rostros de la primera mitad del siglo XX.
Un trabajo equivalente ya ha sido realizado por María Galindo, al escudriñar las representaciones de las mujeres y la sociedad paceña en los recovecos de los archivos de Fotos Cordero, ese inconmensurable arcón de nuestras imágenes en La Paz. En su trabajo se juntan las miradas agudas del fotógrafo de hace un siglo con la de la investigadora de hoy. Pero, estas muestras son infinitas en su interpretación, cuanto infinitas son las miradas de quienes se acercan a ellas. Así nos lo hace notar Édgar Arandia Quiroga, director del Museo, al resaltar que ´esta revelación nos permite seguir la secuencia histórica de la azarosa vida del Estado nacional que no termina de resolver la gran pregunta de su destino cultural. Construir, como entonces, sociedades paralelas o integrar éstas en un solo proyecto de nación´. Hagan un alto en el camino, vayan a ver la exposición. Mirémonos con nuestros ojos, pero también con los de otros, no sólo los de los pintores que, buscando retratar a los personajes, quizá se encontraron con su propia alma.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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