La radicalidad per se, plantear acciones de fuerza cuando éstas no responden a una estrategia de poder, es síntoma de debilitamiento y no de fortaleza. Hace una semana que cuatro regiones, frustradas por los errores e indecisiones al interior del Conalde, decidieron recuperar la iniciativa perdida tras el revocatorio asumiendo medidas extremas. Ayer, el hartazgo y la ausencia de dirección, estallaron en anarquía.
Para disimular la falta de consistencia política, el Conalde optó por hacer alarde de radicalidad. Para aplacar las dudas y la creciente disconformidad de las bases cívicas se dispuso el bloqueo económico, una medida de autoflagelamiento ajena a su cultura de movilización, que genera controversia y creciente malestar al interior de las regiones.
La falta de experiencia de lucha, de contenido popular, empujó a la emulación mecánica de la acción sindical, sin reparar en que medidas como la huelga de hambre o el bloqueo al aparato productivo sólo funcionan ante gobiernos responsables y con sensibilidad social. Pretender presionar a la oclocracia generando violencia callejera o destruyendo instituciones públicas es un absurdo que revela inexperiencia y escasa comprensión del momento político.
Cierta élite regional recién entendió las consecuencias del revocatorio y su reacción, tan violenta como errática, supura desesperación. El Conalde es un cíclope ciego e iracundo que lanza golpes a tientas. Castigar al occidente cortándole la provisión de carne, golpear mujeres de pollera o destruir la institucionalidad estatal, reaviva los viejos prejuicios sobre la autonomía; aquellos que debieron terminar con la incorporación de Savina Cuéllar.
La radicalidad no le devolverá a la media luna el terreno perdido. El revocatorio fue la prueba de fuego para ver si los líderes regionales daban la talla; para ver si la autonomía podía ser una alternativa nacional. Las élites autonómicas fallaron y toda la radicalidad callejera no logrará ocultar ese hecho.
Primó el cálculo antes que el razonamiento político. Resultó demasiado costoso y complejo poner en práctica la autonomía y se optó por ganar tiempo electoralizando la crisis. El costo político fue enorme: las urnas del fraude resucitaron al agónico enemigo de los pueblos libres; nos ofrecieron revocarlo en cinco regiones y hoy el Conalcam delibera en el corazón de la media luna y desde allí decide sitiar a las regiones.
El 10 de agosto, la causa autonómica perdió dos regiones del eje —y eso ya es mucho decir—, pero perdió, además, la iniciativa política y no ha recuperado la serenidad para hacer un balance, replantear objetivos y ajustar su estrategia. Hoy, por cálculo o por ineptitud, se conspira para inmolar a las regiones en una última carga suicida.
Debilitada por el cálculo y las indefiniciones, el Conalde ha convertido al movimiento cívico en una columna suicida, obligada a emprender una jornada sin retorno hacia la radicalidad. Sin dirección y sin estrategia, el movimiento autonómico es conducido a la autoinmolación.
*Erick Fajardo P., ex secretario ejecutivo de la Prefectura de Cochabamba.
A esta herencia no renunciamos
Habían transcurrido apenas algunas horas desde ese 16 de julio en que los paceños decidieron constituir el primer gobierno de los libres en Sudamérica y una de las primeras medidas fue la de prohibir el insulto étnico, bajo pena de muerte.
¿De qué otra forma...?
Antes de indicar a qué me voy a referir, quiero explicar de dónde sale esta pregunta. En realidad se trata de la contracción, en razón del reducido espacio para titular las columnas, de un eslogan publicitario —"¿De qué otra forma se lo tienen que decir?"—
El Síndrome de la Plaza Murillo
No le fue bien a Evo Morales en el referéndum. Aunque haya sido ratificado con el 67%. Lo advertimos oportunamente desde esta columna, provocando espanto en aquellos que se empeñan en seguir viendo al país con la miopía secular del Gobierno central.
Lacrimosa por un país en guerra
No me ninguneen si les confieso que con los años la sensibilidad se ha vuelto vitíligo doloroso en mi piel. Me sacó lágrimas mientras el Réquiem de Mozart acompañaba mi hilar líneas sobre el radialista Carlos Quispe Quispe