Dentro de mi trabajo en los temas de pobreza visité varias veces el oriente de Turquía, bastante equivalente a los departamentos andinos bolivianos. Regiones pobres, de minifundio tradicional, mujeres enfundadas en sus trajes oscuros por los que asoma una carita adusta; una cultura, un idioma y una visión desde el Islam, que los encierra —aun rodeados de mares— en un sentimiento permanente de guerra y enemistad en las fronteras. Una única ilusión: emigrar a Europa para engrosar los guetos islámicos.
Por otro lado, he conocido acá en Terneuzen, una docena de matrimonios de latinoamericanos con holandeses y holandesas integrados y felices; realmente tenemos mucho calor y color humano que aportar a estas sociedades; entramos con facilidad en su cultura una vez que superamos nuestra perversa vivacidad, mientras aprendemos a respetar minuciosamente los derechos de los demás, que de manera extraordinaria hace grandes y competitivos a estos pueblos. El mundo de los turcos acá, más blancos y altos que nosotros es, por lo contrario, el de minorías defensivas en barrios lúgubres con mujeres que como las campesinas bolivianas caminan presurosas y serias, vestidas tradicionalmente de pies a cabeza. No había pensado nunca que el oriente turco se pareciera tanto al occidente boliviano. También fueron un imperio grandioso que sucumbió ante Europa con un idioma que los aisló, hasta del mundo árabe. No hacen sentido desde esta perspectiva, las cifras sociales turcas y menos las de exportación y producción industrial.
Lo que encontré en estas dos semanas en la costa del Egeo visitando las ruinas de Efeso es otro país. La primera impresión, un aeropuerto ultramoderno en Esmirna, luego autopistas de estilo europeo que cortan un país cultivado con altísima tecnología (exportan casi la mitad de todas las frutas secas del mundo, por ejemplo) No hay pobres. Una población moderna, joven y preparada que recibe 30 millones de turistas anuales en hoteles con todas las ventajas y a precios razonables, sin picardías ni limosneros. Centenares de industrias, algunas enormes. Todas las viviendas, sin excepción, con energía solar. El viernes sagrado se trabaja, la justicia es independiente de la mezquita y no se ora en las calles al canto desde el minarete. Un Islam moderno democrático y progresista.
¿Qué hizo la diferencia? En 1923, luego de haber perdido la guerra, aliada con Alemania, Turquía iba a ser desmembrada. Surgió un líder como el doctor Paz, con la diferencia de que allá le creyeron plenamente —sin sacrificarlo— lo convirtieron en un dios-referencia nacional indiscutible: Kemal Atatürk. Sus ojos decididos y su pensamiento están en la conciencia de cada turco moderno. Nación laica, clave en la seguridad del mundo, miembro de la OTAN desde 1952, el único país islámico en proceso de entrar a la Unión Europea.
Jorge Zapp es consultor internacional.
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