Soy el primero en darme cuenta de que no debería escribir sobre estas cosas que mellan la dignidad nacional. Esa “dignidad” a que es tan afecto el presidente Morales y que ya nos ha costado sangre, sudor y dólares. Pero cuando los dramas del país se convierten en melodramas, cuando a las tragedias se les pone música y letra de ópera, cuando se impone la sensiblería vulgar y peligrosa, ¿qué se puede hacer? ¿Callar y sufrir?
Mientras el canciller Choquehuanca —que va a pasar al anecdotario diplomático mundial— bebía un mate de coca y el embajador norteamericano lo acompañaba con un café, reponiendo cordialmente unas nuevas y fecundas relaciones entre los dos países, Choquehuanca recibió una llamada telefónica del Palacio Quemado, oyó algo y se quedó lívido. Colgó. Miró a su interlocutor, con cara de cordero degollado y le dijo: “Embajador, el presidente Evo Morales, me acaba de comunicar que ha anunciado que usted es persona \'non grata\' en Bolivia. Que debo transmitírselo mediante nota oficial”.
¿Le darían ganas de reír hasta revolcarse en el suelo al embajador? ¡O pensaría que estaba delirando! Pero, ¿y la ATPDEA, la Cuenta del Milenio, USAID, la cooperación en general? ¿En qué quedaba todo? Además: ¿Cómo se había decidido una medida tan insólita y precipitada? Porque para el embajador Goldberg —amable, cordial, cooperador— ha debido ser increíble que mientras negociaba con el jefe de la diplomacia boliviana, sucediera que a sólo cien metros de distancia, S.E. decidía echarlo del país. Es cierto que ya lo había amenazado varias veces, que hasta había tolerado que le quisieran quemar la embajada, pero, ¿tomar una decisión de esa naturaleza, sin consultarle nada al canciller y menos a su gabinete? ¡La hostia! ¡El País de los Cocos! ¡La dictadura más absoluta!
“¿He cometido algo incorrecto?”, le preguntaría el embajador al contemplativo y perdido Choquehuanca. “Lo que pasa es que usted conspira con Costas. Dice el Presidente que usted siempre conspira con los cambas de la media luna. Que está haciendo revolución con los de la Unión Juvenil Cruceñista. Eso no se puede pues. Y sabe también que usted armó un desmadre en Kosovo, que es experto en separatismo y genocidio. Y a mí me han dicho que los diplomáticos no deben inmiscuirse en asuntos internos de otros estados. Mala suerte embajador. Caray, justo cuando nos estábamos haciendo amigos…”.
Pero el melodrama no era entre dos ni entre tres. Era entre cuatro. La letra del melodrama era lanzada con un poderoso do de pecho, desde Caracas, por el patético y malvado presidente de Venezuela, don Hugo Chávez Frías. ¡Ahí estaba la madre del cordero! ¿La madre del cordero de todas las batallas? Porque el comandante Chávez le daba 72 horas de plazo para que raje al embajador norteamericano en Venezuela, Patrick Dudy, y retiraba al suyo de Washington. No esperó como Bolivia que los gringos echen al propio, al de la colita.
Y mientras Brasil y Argentina manifestaban su preocupación porque en Bolivia estaba corriendo bala y en Pando había muertos y heridos, Chávez, con voz profunda, sin importarle los difuntos, anunciaba a América que tengan mucho cuidadito, que si derrocaban o “mataban” a Evo Morales, él invadiría Bolivia para poner a los reaccionarios en su sitio. Dijo que seguiría “por el camino pacífico haciendo la revolución bolivariana”, pero como en este melodrama no podía faltar el Ché y las contradicciones, anunció que estaría firme “si tuviéramos que crear un Vietnam, dos Vietnam o tres Vietnam…”.
Todo quedó develado rápidamente. Al mero estilo de dos gamberros de avería, se habían puesto de acuerdo para dar un golpe escénico utilizando a EEUU. Eso, para que aflojara la enorme tensión social que estaba soportando Morales, pero sin sospechar que no sería válido ante los acontecimientos de anteayer en Pando, cuando los masistas quisieron dar un golpe de mano, matando a bala y recibiendo balazos también. El melodrama puede que concluya en un drama a secas. O puede que, mejor, Chávez no tenga motivos para cantar más.
*Manfredo Kempff S. es escritor y diplomático.
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