Una piscina natural, un cañón de piedras y un albergue turístico construido por los tacana es la oferta en San Buenaventura.
Texto: Jorge Quispe Fotos: David Guzmán
El termómetro marca 32 grados centígrados y tras 45 minutos de caminata, una piscina cristalina y una cascada de 15 metros de caída se abren al turista. A una hora de viaje en bote, un cañón con rocas de paredes de hierba invitan a conocer por dentro algo de la amazonia paceña en San Miguel del Bala.
Es el lugar donde la leyenda del Babachibute, un personaje que raptaba a las personas para llevárselas a la copa de los árboles, se funde con la belleza de la flora y la fauna al norte de La Paz.
“Aquellos que llegan por primera vez a este lugar siempre quieren volver después”, invita Neide Cartagena Chuqui, vicepresidenta del Consejo Indígena del Pueblo Tacana (Cipta) que apostó al proyecto del ecoturismo comunitario con el albergue San Miguel del Bala. Es una iniciativa apoyada por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), Conservación Internacional, CARE y Wildlife Conservation Society, que se orientan al rescate de las tradiciones culturales tacanas.
Del remanso a la piscina
Después de instalarse en el albergue, dos botes esperan a orillas del río Beni en San Buenaventura. El destino son las faldas del cerro de San Miguel del Bala, que debe su nombre a una formación hueca similar a la que habría dejado una gigante bala. El viaje dura menos de diez minutos hasta llegar a un apacible lugar.
El sendero se abre, el sol asfixia, la humedad se siente a cada paso, mientras pequeños riachuelos serpentean el suelo. “Cada circuito tiene un tema, éste nos llevará a la piscina natural”, promete Valentín Puna Ríos, de 44 años, que trabaja en el albergue turístico.
Al subir una pequeña loma, árboles de almendrillo de cuatro metros de diámetro y una altura de 45 metros dominan el sector en pleno bosque. Un segundo riachuelo aparece en el trayecto con aguas cristalinas, es el momento en el que los turistas deben bajar una pared de rocas y hierba con una soga, entre hormigas, abejas y mosquitos por doquier.
A 50 metros espera una escalera hecha con troncos y, a lo lejos, la cascada de 15 metros. Han sido 45 minutos de caminata y el premio es refrescante. La piscina natural tiene forma triangular, la profundidad de un metro y 80 centímetros en el fondo y medio metro en la ribera. La elevada temperatura invita a un chapuzón en San Miguel del Bala.
Un cañón mide 150 metros
Dos arañas de 15 por 20 centímetros están paralizadas en la pared derecha que da ingreso al cañón de San Miguel del Bala, a 10 minutos de viaje en bote desde el albergue. Los visitantes se acercan para tomarles fotos y un par de murciélagos revolotean en el aire. “Están asustados, no hacen nada, tienen miedo al hombre”, advierte el guía Valentín Puna Ríos.
Rocas de 15 metros tapizadas con hierba están ubicadas a la izquierda y a la derecha de la puerta de ingreso al espacio que mide 150 metros de longitud. “Yo ya entré una vez, no hay nada al final”, sonríe Neide, con su hija Palmera en brazos. El lugar se llena de turistas entre diciembre y febrero.
Se puede ir a pie desde el albergue y caminar dos horas, pero también por bote. La embarcación llega hasta la ribera del ingreso, desde donde hay que caminar unos 3.700 metros.
Únicamente aquellos que se instalaron en el albergue pueden disfrutar del circuito ecoturístico.
Después de las visitas a la piscina y al cañón, una ducha fría espera en una de las siete cabañas edificadas en el albergue construido por la comunidad Tacana.
Tras el almuerzo, o la hora de la cena, los turistas pueden escuchar la leyenda del Babachibute, un pequeño ser que usa sombrero y que por las noches llega al pueblo para llevarse a los hombres, mujeres y niños malos, en protesta ante el rápido avance de la civilización que tumba los árboles donde él antes vivía.