Nacionalizar Wall Street, como forma de solución, es una derrota moral para los fundamentalistas del mercado. Algunos de nuestros revolucionarios nacionales deben estar mordiéndose las k\'aukas de alegría con las estatizaciones de varias instituciones en EEUU (Fannie y Freddie, Lehman, Merril, AIG y otras que están en la fila del abismo), los más aguzados y triunfalistas deben estar pensando que las nacionalizaciones son consecuencia del sabio proceso de cambio impulsado desde estos pagos. ¡El primer mundo va rumbo al socialismo del siglo XXI!
Sin embargo, cabe aclarar que éste es un socialismo para los ricos que tiene buenas conexiones con Wall Street; se socializan las monumentales pérdidas de los bancos usando el dinero de todos los contribuyentes norteamericanos. La Reserva Federal, junto con otros bancos centrales de los países desarrollados, ya han gastado más de 150 mil millones de dólares para salvar a sus sistemas. “¿Patria o banco? ¡venceremos!”, corean miles de hombres y mujeres vestidos con terno de 3.000 dólares y corbatas de seda pura.
La mejor caracterización de la crisis del sistema financiero de los EEUU no proviene de un economista, sino de un gran poeta, Bertolt Brecht, quien decía que “mejor que asaltar un banco, es fundar un banco”, y mejor si es de inversiones, donde se puede diversificar el riesgo. La crisis financiera de Estados Unidos parece no tener fin, las pérdidas en créditos no recuperados ya sobrepasan la astronómica cifra de dos billones de dólares; dinero suficiente como para resolver los temas de pobreza de varios países en el mundo. Los mercados de valores internacionales están al borde del ataque de nervios: sus índices suben y bajan abruptamente, lo que generan mayor incertidumbre.
La crisis actual se originó en el mercado inmobiliario norteamericano. A inicios de los años 90, bancos estadounidenses comenzaron a hacer préstamos para la construcción o compra de casas, departamentos u otros bienes inmuebles muy riesgosos, y sin saber a ciencia cierta si el prestatario podría pagar su hipoteca. Crédito a sola firma, plata fácil para su casa, eran las consignas de los marketeros. Dado que el negocio inmobiliario iba viento en popa, algunos bancos comenzaron a prestar dinero a diestra y siniestra, confiados porque podían cubrir los riesgos que estaban asumiendo con operaciones de cobertura (Hedging).
Quiere decir que los bancos estadounidenses dieron créditos inmobiliarios de calidad inferior (subprime mortgages) tomando riesgos elevados, pero sabiendo que podían titularizar estas deudas, es decir, crear una especie de bonos garantizados por las hipotecas de las casas que se las vendieron a los hedge fund (fondos de cobertura). De esta manera se transfería el riesgo de la operación. En sencillo, como ilustra Paul Krugman, los bancos actúan como los productores de salame: mezclan diferentes tipos de carnes —en este caso, diversas hipotecas—, crean un gran salame y lo venden en rodajas o cubitos a los fondos de inversión. Éstos, a su vez, reempaquetan los papeles en un nuevo portafolio de inversión, producen otro embutido y lo venden, en más pedacitos, a otros agentes financieros para repasar su riesgo. Esta operación se repite varias veces, hasta que alguien decide salir de la pirámide financiera, reclamar por la calidad del salame —que ya está muy grasiento— y crea un pánico bursátil en todas las bolsas del mundo y la quiebra de varios bancos de inversión y aseguradoras. La gravedad del problema fue muy bien ilustrada por Joseph Stliglitz, Premio Nobel de Economía, quien afirmó: “La caída de Wall Street es para el fundamentalismo de mercado lo que la caída del Muro de Berlín fue para el comunismo”. Paradójicamente, el templo del liberalismo está siendo salvado por el Estado.
El crecimiento del producto interno bruto estadounidense se basó en una enorme deuda interna que ahora nadie cumple. En otras palabras, miles de norteamericanos tienen muchas deudas y el valor de sus activos (sus casas y acciones) se está desplomando. Cuando un país, una empresa o una familia está insolvente, la salida, generalmente, es la reducción o alivio de la deuda; sin embargo, esta medida debe estar acompañada de un saneamiento financiero y macroeconómico severo. Cuando en nuestros países ocurrían este tipo de problemas, venía la gente del Fondo Monetario Internacional (FMI) a ajustarnos los bolsillos y apretarnos el cuello. Tal vez ahora es recomendable que se envíe una misión del FMI a Washington; se ahorrará mucho dinero en pasaje y estadía, porque los expertos del Fondo tendrían que caminar sólo algunas cuadras rumbo al Departamento del Tesoro o la Reserva Federal (el Banco Central gringo).
La economía gringa debería experimentar del remedio que ellos recomendaron durante muchos años. Nacionalizar Wall Street, como forma de solución, es una derrota moral para los fundamentalistas del mercado.
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