Expresión máxima de fauna y flora, donde el hombre apenas es capaz de perturbar el mágico espíritu de los paisajes y espacios naturales.
Texto: Sandra Verduguez G. • Fotos: Pedro Laguna
Cada vez que se abre una nueva ruta en medio de la espesura del parque, cientos de vidas abren campo a la sigilosa entrada de los visitantes del Corredor Amboró-Madidi. Valentín Luna Ríos, uno de los guías más antiguos del Parque Madidi, encabeza la columna que ingresa cautelosamente hacia el santuario de las parabas; la visita debe ser a paso lento y en voz baja para respetar la armonía y organización propias de la naturaleza. Valentín pertenece al pueblo tacana y los saberes que sus ancestros han desarrollado le sirven para mostrar las riquezas de la zona en la que vive.
El Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Madidi fue creado en 1995. Tiene una superficie de casi 2 millones de hectáreas que cubren las provincias Abel Iturralde, Franz Tamayo y Larecaja del departamento de La Paz. Los municipios de Ixiamas, San Buenaventura, Apolo, Pelechuco y Guanay forman parte del parque y en ellos viven los tacanas, quechua-tacanas, mosetenes, lecos y otras comunidades de origen quechua.
El parque tiene una gran variedad de climas, vegetación y suelos porque va desde los seis mil metros de altura en la cordillera de Apolobamba a los 180 metros en las pampas del Río Heath. Es uno de los espacios más biodiversos del mundo y en él habitan variedad de especies de mamíferos, aves, anfibios, peces y reptiles.
Donde la palmera camina
Aquí, donde predomina el verde en diferentes tonos y una infinidad de sonidos que deja saber de la presencia de aves de todo tipo, Valentín camina despacio, como formando parte del paisaje. Amablemente, recomienda a los visitantes que no se apoyen en ningún árbol, hoja o planta que encuentren en el camino.
A los pocos pasos aparece una palmera, cuyas raíces elevadas parecen desprenderse de la tierra. “Es una palmera caminante porque va en busca de la luz del sol para vivir”, explica.
El grupo sigue avanzando y pasa por lugares donde el sol apenas aparece. En este punto, uno de los visitantes frena en seco porque a la altura de sus ojos distingue una araña pequeña con dos antenas en la cabeza, que cruza de un lado al otro la senda cortando por unos minutos la travesía. “No es venenosa, pero tiene unas antenitas con punta que pueden meterse a los ojos de los que entran”, dice Valentín en señal de advertencia a los visitantes para que no se dejen sorprender por esta pequeña especie.
Llegando al santuario de las parabas, el grupo se instala en el mirador frente a la gran roca donde estos alados anidan. Las parabas son monógamas y tienen una sola pareja. Según Valentín, “si una se muere, es posible que la pareja muera muy pronto. Es un animal importante para nosotros porque es la única ave que dispersa semillas de palmera, árbol del que utilizamos las hojas, la corteza, la semilla, el tallo y sus raíces que nos dan aceite”
Después de unos minutos de espera, con muchos mosquitos alrededor, el corto vuelo en pareja de algunas parabas fascina a los visitantes que, ya conformes, inician el retorno a la barcaza para dirigirse al albergue ecológico de San Miguel del Bala.
El retorno se hace a través de las aguas del río Beni, pasando por un afluente del río Tuichi. La angosta barcaza transporta a ocho personas y aunque parece inestable, se mueve con armonía por la suave corriente de las aguas en época seca. Tiene un techo que protege del sol a los navegantes y la velocidad produce una brisa que refresca el calor del ambiente. Después de unos kilómetros, se llega un sector donde el agua está tan baja, que es necesario bajar para empujar la barcaza. El agua es fresca y llega a las rodillas y, con un poco de esfuerzo, se está otra vez en camino.
Valentín dirige el viaje y cuando retoma el ritmo de la navegación, comenta que trabaja como guía hace dos años. Antes se dedicaba a la agricultura, a la caza y a la pesca. “Eso me ha dado los conocimientos que necesito para ser guía. Tengo 44 años y ahora soy el más experimentado”.
Unos segundos de silencio y luego, en tono de reflexión, cuenta que antes de la creación de las áreas protegidas, su pueblo se abocaba a la naturaleza sin ser depredadores. “Parecía que nos habían quitado la mano porque todo era prohibido y no sabíamos que estábamos dentro de un área de manejo integrado”, añade. Aunque les ha costado mucho aceptar esto, han visto que pueden aprender nuevas cosas y también rescatar elementos de su cultura como la artesanía, que ahora la venden a los turistas.
“Nuestras costumbres han cambiado por los turistas. Algunas mujeres han dejado el tipoy y los hombres ya utilizan cinturones y no las fajas”. Eso ha traído beneficios, pues ya no comen en la estera con la familia, gracias a organizaciones como el Programa de Conservación de Paisajes Naturales Trópico, que le permitió la capacitación para manejar el albergue de San Miguel del Bala, que mejora su calidad de vida.
Un albergue comunitario
El albergue es parte del turismo comunitario; tiene siete cabañas triples con baño privado y una cabaña común con 10 camas. Los turistas opinan que en medio de la frondosa vegetación tacana, disfrutan de un servicio de primera. El lugar tiene muchos visitantes extranjeros en época alta y es manejado por un directorio elegido por la comunidad.
Casi dos horas en la barcaza y los visitantes llegan al albergue, donde les espera un almuerzo preparado por los comunarios. El ascenso del río a las cabañas es corto y para entrar al comedor todos se quitan los zapatos. Adentro, todo está organizado y la mesa del buffet está preparada para los comensales.
El dorado (pez que mide hasta un metro y pesa hasta 20 kilos) cocido en las entrañas de una caña de bambú es uno de los platillos de la mesa, dispuesta ante la mirada vigilante de una voluntaria que sigue capacitando a los comunarios del albergue.
El almuerzo toma poco más de media hora y luego el guía regresa a todos a la barcaza. Con el motor de fondo, Valentín anuncia que el parque tiene enseñanzas que los turistas deben aprender.
Cuenta la leyenda que un indígena tenía que viajar a Guanay con su mujer y sus hijos para hacer trueques. El viaje era por río, pero en las noches tenía que acampar. Al amanecer del tercer día, la mujer preparó yuca y carne, mas no encontró patujú (hoja en la que se envuelve la comida para cocinarla). Buscó alrededor, y finalmente tomó una hoja parecida que estaba limpia; era la hoja de solimán. Apurada, envolvió la comida y reiniciaron pronto el viaje. Al llegar al descanso, la hoja se había oscurecido, pero aún así comieron. Cuando se disponían a dormir, fuertes convulsiones atacaron a la madre y a los hijos. El padre desesperado, tarde se dio cuenta que la hoja tenía veneno y sólo alcanzó a dar miel a la madre para salvarla. “Esta es una enseñanza de nuestros abuelos. La naturaleza nos da comida y vivienda, pero también nos enseña”, finaliza el guía.
La visita termina en la comunidad de Valentín, donde las casas con techos de jatata (palmera) y la rutina de la gente de su caluroso pueblo forman parte del paisaje. A la salida del parque, quedan atrás los sonidos y colores de la intocable e imponente fuerza de la vida silvestre de una parte del corredor Amboró - Madidi.
CARPAS
El carisma del soldado Vera pone en competencia a niños y niñas para imitar a un mono y a un jaguar en su carpa verde. El objetivo es lograr que los niños aprendan jugando a cuidar el medio ambiente. El proyecto tiene como ocho años y ha involucrado a casi 1.500 niños. “La primera carpa era grande como un circo, ahora son más pequeñas, pero siguen con los juegos educativos”, explica Boris Vásquez, responsable del Programa de Conservación de Paisajes Naturales. Ericka Naui, de nueve años, cree que las carpas le enseñan a no botar basura y a cuidar las plantas y los animales.
ECOCLUB
“Yo entré a formar parte del ecoclub hace un año. Creo que como jóvenes tenemos que crear conciencia sobre el medio ambiente porque somos uno de los pulmones del mundo. Por eso trabajamos para cultivar lo positivo de una persona hacia la naturaleza”. Kenzo Hirosi Velasco tiene 18 años y es uno de los líderes del ecoclub de San Buenaventura. Luz Meneses, de 17 años, está aún en el colegio; es su presidenta y asegura que su grupo hace expoferias, títeres y todo lo que esté a su alcance para fomentar el cuidado medioambiental. “Es un trabajo que me gusta mucho”.
CIFRAS
Aves. 914 especies presentes y 291 probables, hacen el 83 por ciento de las aves de Bolivia.
Mamíferos. 156 especies presentes y 27 probables, son el 51 por ciento de los mamíferos del país.
Anfibios. 172 especies estimadas, que representan el 85 por ciento de los anfibios de Bolivia.
Reptiles. 180 especies estimadas, el 70 por ciento de reptiles.
Peces. 1.296 especies estimadas, el 51 por ciento de la ictiofauna.