Debemos superar la cultura actual en la que la razón renuncia con frecuencia a la pregunta acerca de Dios. Durante su visita a Francia, el papa Benedicto XVI se dirigió a los intelectuales para hablar sobre los orígenes de la teología occidental y las raíces de la cultura europea, la cual proviene de los monjes, quienes se retiraban del mundo para encontrar a Dios.
Esa búsqueda exige a su vez, la cultura de la palabra. Pero no una palabra interpretada de forma arbitraria y subjetiva, sino abierta a los demás, basada en el amor, la razón y la fe. La Biblia no debe ser entendida literalmente, exige un mínimo de trascendencia que guíe la vida interior y se convierta en parte de nuestra propia existencia.
La cultura de la palabra es un medio que sirve no sólo para que el hombre exprese lo que siente, piensa y quiere, sino también para comunicarse con Dios. El lenguaje personal nos permite hurgar en la intimidad del ser humano, para delatar esa dosis de trascendencia, ese querer ir más allá de lo mundano. En ese sentido, la Biblia ha aportado mucho a la cultura occidental como medio para descubrir la palabra de Dios y hacerla vida misma.
La cultura monástica, como medio para encontrar a Dios, se ha ampliado en la actualidad, pues hoy hemos encontrado otras formas de descubrir a Dios, en medio del trabajo y las circunstancias diarias de la vida.
Precisamente también se habló de la importancia de una cultura del trabajo, sin la cual el desarrollo de Europa, su ética y su formación serían impensables. El trabajo resulta importante, toda vez que es un medio a través del cual podemos crecer y ayudar a crecer a los demás, siempre que sea digno y se ofrezca a la mejora del hombre.
El hombre necesita tener humildad para escuchar a Dios. Debemos superar la cultura actual en la que la razón renuncia con frecuencia a la pregunta acerca de Dios, eso puede tener consecuencias muy graves en el humanismo. La cultura europea debe considerar la libertad como unión —y no ausencia— total de vínculos.
El egoísmo es la peor arma con la que se puede atacar el espíritu de una sociedad, que requiere de amor, generosidad y respeto mutuo. La libertad hay que entenderla no en función de ese egoísmo absurdo que nos atrapa en una red sin salida. La libertad hay que descubrirla abriendo nuestro amor hacia los demás, porque vinculándome con ellos puedo fortalecer el amor que nos une.
Me parecen exageradas las críticas que algunos sectores políticos franceses le hicieron al presidente Nicolás Sarkozy, respecto a la alusión que hizo de una laicidad positiva con ocasión de la visita del Papa a Francia. Los críticos señalan que se da la impresión de tener un cierto privilegio hacia el culto religioso católico en comparación con otros cultos.
El buen recibimiento que el Presidente francés hizo a Benedicto XVI no se contradice con el respeto a la laicidad. Sarkozy reconoció públicamente las raíces cristianas de Europa, enfatizando el valor de la dignidad de la persona humana. Del mismo modo, el Mandatario galo afirmó que el secularismo no puede negar estas raíces.
Por su parte, el Papa enfatizó con claridad que la religión no es política. Acertó al confirmar la importancia de la religión en la creación de un consenso ético fundamental en la sociedad. Precisó que la fe es fruto de una laicidad sana. Los ciudadanos deben tener libertad para vivir su fe y dar testimonio de ella a la sociedad y al Estado. La fe no se contradice con la laicidad.
*Carlos Rosales P. es educador.
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