En las últimas semanas se ha presenciado un inquietante proceso de descalabro en la convivencia y en la frágil institucionalidad de América del Sur. La crisis de Bolivia amenaza con un estallido, en una atmósfera que nos recuerda al Chile de 1972 y 1973. Quizás se apacigüe, aunque sólo tenemos certidumbre de la inseguridad.
Se ha añadido a ella la presencia de Chávez, que aspira a un liderato regional con el fin de determinar no sólo las políticas exteriores de la región hacia EEUU, sino que pretende también inspirar fórmulas políticas homogéneas a lo largo del continente, siguiendo los lineamientos de su ´revolución bolivariana´, con mucho ingrediente de teleserie. Premunido de un histrionismo pocas veces alcanzado, que recuerda a la era de los caudillos hispanoamericanos de la primera mitad del siglo XIX, lanza estentóreas bravatas antiestadounidenses, en la estela de la antigua tradición latinoamericana desde el 1900: culpar al imperialismo de todos los males de nuestra América.
Observando su diatriba, este caudillo resulta a veces patético. Un ex oficial, joven combatiente elevado al poder por un tipo de crisis institucional que está caracterizando a América Latina después de la Guerra Fría; con la verborrea, aunque sin la oratoria más articulada de un Castro; allí, de pie, arengando a las masas con ademanes de un matón de La Vega. Es la quintaesencia de su estrategia política, más próxima a Mussolini que a Perón. Las cosas no terminan ahí, ya que esgrime un poder significativo, habiéndose enseñoreado casi completamente de Venezuela, que en Sudamérica posee un poder considerable.
Como en el caso de muchos caudillos, ese poder crece por la audacia y la provocación, y son pocos los que están dispuestos a hacerle frente. A semejanza de la época de la Guerra Fría, se han creado fórmulas dirigidas por émulos en otros países, y quizás no hemos visto todavía el fin de este proceso de expansión. Las antiguas ideas de no intervención y de solidaridad latinoamericana —para no hablar de la ´Declaración de Santiago´, de la OEA, acerca de la ´cláusula democrática´— han quedado hechas trizas. Se crean estados que son a la vez partidos con un proyecto de transformación, cuyo programa —palabras sobre palabras— constituye una completa nebulosa, pasaporte al aventurerismo.
Por cierto, esto apunta a debilidades sustanciales de la historia latinoamericana. Son un síntoma de sus carencias como civilizaciones políticas y como sociedad civil, y constituyen también un obstáculo inexpugnable contra cualquier intento de consolidar un proceso lento y sistemático —como es inevitable— de mejoramiento de las condiciones de la sociedad. De todas maneras, por el camino de Chávez, ningún país, ninguna sociedad humana ha creado las bases de una democracia desarrollada moderna ni ha otorgado a sus habitantes beneficios perdurables en el largo plazo. Entretanto, seguir el camino de la novel Unasur, antes de que madure —para colmo, quizás liderada por Néstor Kirchner—, indiferente a los compromisos internacionales, es entregar el peso de la influencia al camino de Chávez, que no ha sido el del Chile de la Concertación. Y, como coronación, se arrojan al basurero la OEA, el TIAR y las regulaciones tradicionales con las cuales Chile ha construido sus relaciones vecinales y continentales. Con Chávez y los que lo siguen, habrá que olvidar un basamento de la política chilena, el ´respeto a los tratados´. Por el contrario, a partir de los resguardos ya asentados, se podrá desarrollar una política de coordinación y cooperación entre los países latinoamericanos.
*Joaquín Fermandois. Tomado de El Mercurio de Santiago de Chile.
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